"Quiero que los gobiernos protejan la propiedad privada y los contratos pactados libremente y si alguien se ha hecho rico no quiero que sea expropiado injustamente", explica la doctora en Economía de Harvard que cree en el liberalismo como el sistema ideal para superar la pobreza. De esos y otros conceptos habló en una extensa entrevista para "El Líbero".
Publicado el 26.10.2016
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Deirdre Nansen McCloskey es doctora en Economía de Harvard. Enseñó en la Universidad de Illinois en Chicago desde el año 2000 al 2015 en las cátedras de Economía, Historia, Literatura y Comunicación. Ha escrito 17 libros y cerca de 400 artículos académicos en temas que van desde técnica económica y teoría estadística hasta la promoción del transgénero y la ética de las virtudes burguesas. Es conocida como una economista “conservadora” de la escuela de Chicago, donde enseñó economía desde 1968 a 1980, pero -ella retruca- se trata de “una mujer literaria, cuantitativa, postmoderna, libre mercadista, progresista, Episcopeliana de Boston que alguna vez fue un hombre”. “¡No una conservadora! Soy una libertaria cristiana”, sostiene enfática en esta entrevista.

McCloskey no ha sido siempre liberal. Cuando tenía 14 años, fue anarco comunista y a los 19 keynesiana. A los 30 años se inspiró en las teorías libre mercadistas de Milton Friedman de la Escuela de Chicago y a los 48 se acercó a la escuela austríaca y a Friedrich Hayek. Finalmente, a la edad de 68, acuñó el término “humanomics”, la economía de lo humano.

Deirdre McCloskey es tan fascinante como compleja. Para quienes recién la conocen, solía llamarse Donald, padre de dos hijos, quien –en 1995 y a la edad de 53– decidió convertirse en mujer. Desde entonces ha escrito un libro sobre esa experiencia. Crossing: A memoire fue citado “Libro Notable del Año” por el New York Times. A pesar que el cambio de sexo no afectó su carrera McCloskey escribe en este best seller sobre cómo esta decisión terminó separándola de su familia.

En una soleada tarde de octubre en el hotel W de Santiago, Axel Kaiser y Eleonora Urrutia la entrevistaron en exclusiva para “El Líbero“. Acá, lo que fue esa conversación con una de las pensadoras económicas líderes de Estados Unidos y recientemente nominada al Premio Nobel de Economía.

– En los últimos meses hemos estado preocupados en Chile por una supuesta crisis social que gira alrededor de la idea -compartida por una parte del país y especialmente por miembros del Gobierno- acerca de la desigualdad. Como sociedad y como personas, ¿deberíamos preocuparnos de que los ricos gasten mucho dinero comprando un Mercedes Benz o un Rolex o deberíamos concentrarnos en erradicar la pobreza? ¿Moralmente cuál es el dilema a resolver?

– No deberíamos preocuparnos en qué gastan su dinero los ricos, ellos son los tontos que compran un Rolex o un Mercedes y que dan la hora o transportan igual que un objeto que vale mil veces menos. Ya tienen un yate, pero necesitan un segundo, ¿para qué? Pero aunque en mi opinión es una conducta necia ésta no debería importar en la política pública de un gobierno, porque la mayoría de las personas que son ricas se han hecho ricas ofreciendo buenos productos o servicios para la gente normal y lo que ellos hagan con lo que ganan es su problema. Se han hecho ricos guiándose por beneficios y lo que la gente demanda y libremente elige, y eso está bien, es mucho mejor que ser guiados por el gobierno central que no conoce lo que la gente quiere o necesita. El problema no es la desigualdad, el problema es la pobreza. Mejorar a los pobres tiene muy poco que ver con la desigualdad. Aunque quisiéramos hacer iguales a todos, o tender a hacerlos iguales, inmediatamente las diferencias empezarían a notarse por el hecho que nacemos y somos todos distintos. Se han hecho muchos ensayos y experimentos para tratar de igualar a las personas y todos sin excepción han fracasado estrepitosamente. Ayudar a los pobres no tiene nada que ver con igualdad. La gente tiende a confundirse mucho y decir que está en contra de la desigualdad porque existe mucha gente pobre en el mundo pero hay que dejar claro que lo que importa, lo que les importa a la mayoría es la gente pobre, no que exista la billonaria francesa Liliane Bettencourt, heredera francesa de L´Oréal, aunque sea necia comprándose dos yates al mismo tiempo. Concentrar las fuerzas en reducir la desigualdad no ha solucionado el flagelo de la pobreza porque no ataca al problema.

– Entonces, no debemos comprar la idea de que tenemos que quitarle dinero a los ricos y que luego podemos hacer a todos mejor…

– No, de hecho esto es cuestión de sacar cuentas, de mirar los números reales y yo he hecho eso. Y veamos los números: le quitas a los ricos, incluso le quitas todo lo que tienen y se lo das a los pobres; sólo se puede hacer una vez, y va a ayudar una vez. Y además va a ayudar poco a pesar de toda la cháchara vulgar sobre los inmensos gastos que la gente rica hace. Ya se sabe, a veces los gastos son en obras de arte que terminan en los museos, otras veces gastan en educación, incluso gastan en fundaciones que hacen buenos trabajos. Mira a Bill Gates, se hizo millonario brindado un buen servicio y generando muchos puestos de trabajos. Y luego devuelve a la sociedad gran parte de su dinero. Bueno, eso no me suena tan mal a mí. El punto es que deberíamos estar preocupados en el problema real, la gente pobre, y la mejor manera de ayudarlos a salir de la pobreza resulta que no es la redistribución que está probado no sirve para mucho, sino ayudar a los pobres a tener trabajo, lo que hay que hacer es crear más trabajo. Hecho que a su vez es mucho más digno que obtener algo gratis.

– En la historia de la humanidad ¿cuál ha sido el sistema económico que más ha ayudado a los pobres a salir de la pobreza? ¿Cuándo y dónde empezó?

– Lo que ha ayudado más no ha sido la vieja aristocracia, por un lado, obviamente. Tampoco el socialismo. Lo que más ha ayudado, basado en los estudios que he hecho de la historia de la humanidad, es el capitalismo porque permite dejar que la economía trabaje y permitir que las personas innoven. El problema con la aristocracia y todo el viejo sistema imperante en Europa hasta el siglo XVI es precisamente que estancó la innovación. El problema del socialismo moderno es exactamente el mismo. ¿Qué es lo que se quiere? ¿Se quiere una sociedad y una economía en la que la gente se persuada unos a otros como libres e iguales o se quiere una sociedad que sea obligada por el noble o por el gobierno? Yo prefiero una sociedad libre.

Lo que nos hizo modernos, y ricos, fue un cambio ideológico, o retórico. Primero en la pequeña Holanda y luego en Gran Bretaña, una nueva dignidad y libertad para la clase media liberó la innovación. Una ola de inventos única, y luego un tsunami, incrementó el ingreso de $3 a $30 por día y más aún. Las usuales explicaciones materialistas no funcionan –el carbón, la esclavitud, la inversión, el comercio exterior, la plusvalía, el imperialismo, la división del trabajo, la educación, los derechos de propiedad, el clima, la genética-. La modernidad vino de la mano de la libertad alrededor del mar del Norte alcanzada a partir de las guerras desde 1568 a 1688, y sobre todo, como resultado de una revaluación de la vida burguesa.

– Cuando escucho la palabra “capitalismo” tiendo a pensar en acumulación de capital, en el señor que se sienta sobre sus lingotes de oro y esa caricatura poco tiene que ver con una sociedad de la que usted habla…

– Exacto. Ese es el problema. Se asocia la palabra capitalismo con una imagen incorrecta. La palabra capitalismo fue creado por los enemigos de la sociedad libre y aún sigue usándose por comunistas y fascistas para hablar en contra de la sociedad libre. Yo prefiero llamarlo mejoramiento a través del comercio (trade tested betterment) o para buscar una sola palabra lo llamo innovación o “innovismo” (“innovism”) y lo que es genial de la innovación es justamente que crea algo nuevo. Y esa capacidad de crear cosas, bienes, servicios nuevos o combinaciones nuevas es lo que ha hecho a los pobres menos pobres y, en muchos casos, también ricos.

– ¿De dónde viene esto del “innovismo”?, ¿cuándo empezó?

– Viene del liberalismo, en el sentido más profundo del término. La idea de que tú y yo y todos aquí somos iguales. De modo que en un sentido peculiar, se trata de igualdad, paradójicamente. Pero es una igualdad de dignidad, igualdad ante la ley, igualdad para tener una meta, como dicen los ingleses. Y ese tipo de igualdad es una idea nueva del siglo XVIII, es una idea de Voltaire, de Smith, de la filósofa Mary Wollstonecraft, fue la gran idea de los intelectuales en Europa en los 1700. Y luego hubo otras dos grandes ideas de los intelectuales en Europa en 1800. Nacionalismo y socialismo. Fueron ideas terribles, siendo agosto de 1914 un ejemplo de lo pésimo que puede ser el nacionalismo; octubre/noviembre de 1917 lo terrible que puede ser el socialismo y si se quiere nacionalismo y socialismo juntos, pues basta mirar al Nazismo. El liberalismo es una gran idea, tratar a la gente con dignidad porque resulta que cuando se trata a la gente con dignidad se transforman en personas inmensamente creativas. Alguien puede empezar un salón de belleza en el vecindario y logra que su pequeño negocio se vuelva realmente próspero, porque está dando un servicio que antes no existía. O tomemos el caso de Uber, el servicio de taxi, es un perfecto ejemplo de destrucción creativa en el sentido Schumpeteriano. Le permite a personas normales tomar un auto si quieren, aunque sea en un vecindario pobre donde usualmente los taxis oficiales no van. Lo que necesitamos es una sociedad en la que muchos se vuelvan creativos, que invente nuevas formas y nuevas cosas accesibles a todos y la única condición para eso es que la sociedad sea libre.

– Muchas personas de Chile provienen de círculos conservadores que creen que el capitalismo es una fuerza corrosiva, que degrada la naturaleza humana, nos hace malos y que previo a la instauración del capitalismo la gente trabajaba más unida y que no era tan avara. ¿Cuál es su respuesta a ellos?

– Esa es una idea muy común de los conservadores, pero está equivocada y es un error. Soy una estudiosa de la agricultura medieval de Inglaterra, y puedo decir con conocimiento de causa que en ese retrato de la Inglaterra medieval y en sus casos legales la gente era tan codiciosa en el feudalismo como lo era bajo el capitalismo o el socialismo. La codicia es una falla humana, es un pecado, es una violación del Espíritu Santo. El pecado característico de la aristocracia es el orgullo, el pecado característico del capitalismo es la codicia, el pecado característico del socialismo es la envidia. ¡Pero todos ellos son pecado! Pero no hay ninguna prueba que establezca que el capitalismo hace a la gente inusualmente codiciosa. Al contrario, creo que la gente que cree esto debería considerar sus propios comportamientos y ver los de los demás en los mercados, cuando compran el periódico en la calle a la misma persona quien termina convirtiéndose en una especie de “amigo” a lo largo de los años. Esa no es una actitud codiciosa del estilo “tengo lo mío, ahora vete”. Otro ejemplo, si tienes un trabajo y consideras que el trabajo es sólo una manera de hacer dinero pero odias a tu jefe o tratas mal a tus clientes, vas a tener una vida infeliz, vas a ser un mal “capitalista” y no vas a tener éxito. Así es que en efecto creo que el capitalismo hace al menos que la gente sea cortés. La propina que se deja en un restaurante va de la mano con la cortesía que se brindó al cliente. Mientras que en el socialismo nadie hace nada por nadie. Ya conocerán la vieja broma que los socialistas suelen decirse entre ellos: “Este ese es un sistema en el que ellos pretenden que nos pagan y nosotros pretendemos que trabajamos”. Hay algo intrínsecamente fraudulento y tramposo en esta frase y vivir bajo el engaño trae consecuencias nefastas desde lo moral. Desde lo económico ya sabemos qué catástrofes produjo.

– ¿Lo que está diciendo, entonces, es que el liberalismo no sólo es más eficiente para superar la pobreza sino que además es el sistema más moral?

– Es claramente el sistema más moral y esa es la clave. Bajo el feudalismo las personas estaban obligadas a hacer las cosas por medio de la violencia. Bajo el socialismo, las personas están obligadas a hacer las cosas por medio de la violencia. En el medio, en el siglo XIX y principios del 1900 aparece el liberalismo, sistema en el que la gente no es forzada, sino que es persuadida, es pagada, es inducida mediante un pago a hacer las cosas, y se hablan unos a otros y cooperan. Las personas a menudo piensan sobre el capitalismo como competencia, “el perro que se come al perro” decimos en inglés, y seguro en español hay un equivalente. Pero eso no es lo que es el capitalismo. Por supuesto hay competencia, gracias a Dios porque eso nos protege de los monopolios, porque hay entrada al mercado, hay nuevos capitalistas entrando al mercado. Otra vez el ejemplo Uber, que es una ejemplo sencillo de competencia y fácil de imitar. Si Uber entra en el mercado tú tienes que ofrecer autos limpios y precios de viajes más baratos. Sin embargo, alguien más puede hacer lo mismo que Uber y así nadie tiene la posesión de un monopolio.

Y es entonces en este período medio, entre el feudalismo por un lado y el nacionalismo y socialismo del siglo XX por el otro, cuando llegaron cantidades masivas de innovación. Esto es entre 1800 y principios de 1900. Y luego estas dos ideas de nacionalismo y socialismo, combinadas por Hitler en el nacionalsocialismo que frenaron la innovación pero porque negaron la libertad y dignidad de todos, o lo que es lo mismo, la igualdad de todos. En términos de Latinoamérica estas ideas fueron aplicadas muy entusiastamente por Argentina, incluso antes de Perón. En 1880/90 la Argentina era uno de los países más ricos del mundo ahora es más pobre que Chile.

Por eso lo que las personas deben preguntarse es qué quieren como sociedad, qué quieren como país. Desde un punto de vista moral y económico: ¿Quiero que no exista libertad de contratar, de elegir, de comerciar, de producir? Quiero que se otorguen subsidios a tal o cual, quiero regulaciones asimétricas, impuestos cruzados, más impuestos, entonces sólo tienes que dar una mirada a la historia de la Argentina o si quieren un ejemplo mucho más rápido miren la historia reciente de Venezuela. Y un ejemplo moderado es Brasil. ¿Quieren ser los chilenos como Brasil? Y si ellos dicen que no, que no quieren ser como Venezuela o Argentina, por Dios, entonces los chilenos están a favor del liberalismo, a favor de una sociedad libre.

– Bueno, es que normalmente decimos que no, que no queremos ser como Argentina o Venezuela, pero en cuanto a igualdad cierto grupo de la sociedad chilena insiste en que es un problema y para erradicarlo hay que regular, limitar, prohibir. De hecho Piketty habla de eso. ¿Es cierto lo que plantea Piketty?

– Fui elegida para escribir una reseña, que hice en inglés y está traducida en español sobre el libro de Piketty, al que tanto le rinde culto la izquierda. La hice sin leer ninguna otra reseña porque quería darle la oportunidad a Piketty para que me persuadiera, si es que podía hacerlo; quería darle una oportunidad, porque él es un hombre serio. Pero lo que él dice está mal, eso es todo. Estoy segura de que Piketty no es un hombre malo, es un hombre serio pero está equivocado. Piketty sólo habla de riqueza financiera como si fuera la única forma de capital que existiera. Sólo se enfoca en el aspecto financiero del capitalismo. Y descuida por completo la fuente de la mayoría de los ingresos en el mundo hoy en día, en el mundo desarrollado, en los países avanzados, tal como Chile, y que es el capital humano. Y el capital humano ha aumentado la igualdad en los últimos 30 años. El sistema de universidades de Chile por ejemplo, es un motor de igualdad en ese sentido. Del capital viene el ingreso y el ingreso es más igualmente distribuido que este capital financiero del que habla Piketty, que es de lo único que habla. Y del ingreso viene luego el consumo. Y el consumo es necesariamente mejor distribuido que el ingreso porque nadie puede usar dos pantalones al mismo tiempo. Puedes tener 100 pantalones en el closet pero sólo puedes usar uno por vez. Vas de ningún pantalón a un pantalón, o a dos, aún mejor. Pero tener 100 pantalones no es tan significativo como tener lo básico. Las necesidades básicas de consumo: tener un techo sobre tu cabeza, tener algo de ropa, tener la oportunidad de educación, tener un sistema de salud razonable, tener la oportunidad de salir de vacaciones ocasionalmente, tener un auto pequeño o una scooter. Todas estas cosas constituyen un gran logro en comparación con nuestros ancestros, y en este aspecto en Chile, Estados Unidos, Sudáfrica, todos estos países que son calificados como desiguales, en los últimos 30 años han logrado aumentar su igualdad. Hay más igualdad de la que tenían antes pero sobre todo hay más igualdad en indicadores que no aparecen medidos en el libro de Piketty como mortalidad infantil, esperanza de vida al nacer, etc. Seguro me dirán que no, ¡Ay tú, la neoliberal!, que McCloskey debe ser una terrible persona. Pero es que las cosas no están sólo en los números, pero es que alrededor del mundo la desigualdad ha caído como una piedra en los últimos 30 años. Y eso se debe principalmente a que países como China e India, que concentran gran parte de la población mundial han adoptado ideas de libre mercado, y ¡bang!, acá van datos para China: en los últimos 30 años setecientos millones de chinos han superado la pobreza, la migración más grande de la historia de la humanidad acaba de pasar en China. Se han mudado del oeste o del centro hacia la costa, donde están los centros de manufacturas e industriales. Y como consecuencia, las grandes hambrunas han desaparecido. La última gran hambruna fue bajo el mando de Mao, bajo el comunismo. Millones y millones de personas se murieron de hambre en el “Gran Salto Adelante” (Great Leap Forward). Y otro “Gran Salto Adelante” fue la hambruna ocurrida en Ucrania en 1930 causada por Stalin. Pero las hambrunas han desaparecido por la revolución en el transporte, por la “Revolución Verde” a la que se opuso la izquierda, por las mejoras tecnológicas que continúan día a día.

– También escribiste una reseña muy interesante sobre el libro de Michael Sandel, What money can´t buy? que se ha vuelto muy influyente en este país, tanto en el círculo conservador como en el socialista, quienes lo han tomado por igual como una suerte de revelación, pero entiendo que tú estás en desacuerdo con él.

– Sí, es cierto que hay cosas que el dinero no puede comprar y que no debe comprar. No deberíamos vender niños por ejemplo. Y en realidad cuando se vuelven adolescentes a veces desearíamos que existiera un buen mercado de segunda mano (risas). Y en efecto, es interesante que en la época feudal, tiempos pre capitalista existía una especie de intercambio a la edad de alrededor 13 años por el que se enviaban a los hijos a la casa de algún primo y viceversa. De modo que existía una especie de mercado de segunda mano de adolescentes. Pero lo que está mal con su libro es que se supone que él es un filósofo, un filósofo político, Sandel. Hice una revisión de su libro también. Y es un libro muy superficial, porque dice “Oh, es terrible, algunas cosas se cobran, deberíamos eliminar los precios”. Está hablando de “Shakespeare in the Park” que es teatro libre en el Central Park en Manhattan. Lo que por supuesto no es gratis porque hay inmensas filas y hay gente que puede pagar lugares en la fila, pero además se paga a través de impuestos toda la puesta en escena, etc. así que es lo mismo. Y objeta por completo el sistema de precios. Lo que equivale al socialismo. Bueno, si eso es lo que quiere, una mala economía que no funcione para nadie, que funcione como Alemania del Este o Corea del Norte entonces que Chile elimine el sistema de precios. Pero comparto completamente con él que existen cosas que son sagradas. Existe lo sagrado y lo profano. Y lo que es tan tremendamente chocante en su libro es que pasa completamente por alto explicar cuál es la diferencia entre ambos. Por ejemplo no hace nada con la teología. Por ejemplo, yo soy anglicana, soy cristiana y creo que lo sagrado y lo profano es algo muy profundo en nuestra cultura. En otras culturas no es tan profundo; en Japón por ejemplo no es tan claro pero en la nuestra lo es y debe ser honrado. Hay ciertas cosas, como las condiciones básicas de los pobres, es un deber sagrado de nuestra parte como liberales atender esta cuestión.

– Esto apunta a un tema muy importante y que sólo algunas personas de negocios entienden y es que las ideas son importantes, los intelectuales importan, los profesores son importantes y los libros son esenciales. En este país, y en el mundo ha sido difícil persuadirlos que no es irrelevante el tipo de retórica que se usa en el discurso público.

– Este es un problema, uno en el que el Competitive Enterprise Institute (CEI) en Washington DC está muy interesado. Es la falla de los empresarios defender a la sociedad y al sistema en el que viven. Si eres un gran empresario o empresaria, presides una gran corporación, tienes cientos de abogados y asesores y puedes manejar cualquier regulación que el gobierno de turno emita. De modo que no te importa que vengan nuevas regulaciones mientras las conozcas. De hecho, y esto es importante, es una ventaja para los grandes negocios cuando hay grandes regulaciones porque presiona y destruye a los pequeños competidores. Esto pasa una y otra vez. Las regulaciones son una carga terrible sobre las pequeñas empresas innovadoras. Bueno, este es un gran error, porque si la ideología de una sociedad está hecha para decir “Oh, bueno, está bien…tengamos más regulaciones” va a estancarse para mal de todos. Necesitamos tener una ideología liberal apoyada por la gente de negocios. Lo que no significa que van a poder eliminar el poder de los sindicatos pero sí significa que tienen que empezar a ocuparse de las ideas. Es cómo la historia de la rana en el agua hirviendo, al principio dice que está frío, luego se va calentando de a poquito y sin darse cuenta al final la temperatura llega a los 100°C y la rana se muere.

– Existe la creencia bastante generalizada que el hecho de habernos enriquecido como sociedad, y en particular que el comercio, significa un empobrecimiento cultural, mal arte, malos artistas. ¿Podrías desarrollar esta idea?

– Esto es un cliché. Las grandes épocas de creaciones artísticas han coincidido con las grandes épocas comerciales a lo largo de la historia. El siglo V a. C. en Grecia, particularmente Atenas, el llamado Siglo de Oro, época del gran comercio griego en particular del aceite y del vino coincidió con una enorme expansión artística. La Italia del 400, del Renacimiento cultural fue una sociedad fuertemente comercial. Estamos ahora en la época de la novela, de la ficción, a partir de Cervantes que la inaugura, y viene gracias a la sociedad comercial en la que vivimos. Es cierto que a la par se produce arte que puede ser malo y que funcione comercialmente pero esto también pasaba en el siglo XVII durante la época de los grandes pintores holandeses. A la par de Van der Meer y Van Gogh existían pintores malos. No soy gran fanática del rock pero quizás sea bueno, no lo sé. Por el sólo hecho de ser popular quizás no deje de ser buen arte. De Hollywood han salido muy buenas producciones, y es un mundo netamente comercial. Los artistas sólo recientemente se han vuelto anticomercio, lo que no deja de ser una paradoja en muchos casos. Jane Austin, por tomar uno de tantos ejemplos, no era hostil a la burguesía. Su hermano era banquero y se enorgullecía de ello. No existe ninguna prueba sobre el contraste entre arte y comercio. Más aún, mientras más rica es una sociedad más puede darse el lujo de financiar el arte.

– ¿Qué comentarios le merecen las supuestas malas condiciones en las que vivían las personas durante la Revolución Industrial en Inglaterra, hacinadas, niños trabajando, muertes por infecciones, etc.?

– Esta caricatura de la Inglaterra de la época surge de las lecturas de Charles Dickens en primer lugar. Pero Dickens no sabía nada de la industrialización. Fue a Manchester una sola vez en su vida, por dos semanas, para reportar sobre una huelga y esa fue toda su experiencia con la revolución industrial. Fue la única vez que visitó el norte de Londres. Vivía en Londres que era un centro de manufacturas tradicionales antiguas, no industriales. Pero la gente lee a Dickens y a Balzac en Francia, con una posición similar, y dicen “Balzac nos dice que el sistema industrial era muy malo”. ¡Sin embargo estos autores no conocía ni entendía nada de economía! Pero hay gente de esa época que sí conocía y entendía del proceso industrial que se estaba llevando a cabo, como  Macaulay en Inglaterra y Bastiat en Francia. Acá hay una forma fácil de ver cómo esa historia económica está equivocada. La explotación de los pobres, como se aduce, no pudo haber producido la revolución industrial y el Gran Enriquecimiento. La Revolución Industrial ya había pasado antes, en el siglo XV en Venecia y Florencia, con la Dinastía Song en China, en el siglo IV y V en Grecia, Atenas especialmente. Las invenciones, el comercio ya habían sucedido anteriormente muchas veces. Lo que fue diferente esta vez, a partir del siglo XVII fue que este Gran Enriquecimiento continuó durante el siglo XIX y el siglo XX. De todas maneras, robarle a los pobres como sugieren quienes dicen que se los explotaba en la Inglaterra de la época no es una buena idea, más bien es un plan estúpido. Si se va a robar, mejor robarle a los ricos. La explotación de los pobres mediante condiciones de trabajo extremo no tuvo nada que ver con el Gran Enriquecimiento. Por el contrario, fue la liberación de las personas lo que dio lugar a la explosión de ingeniosidad que continuó en los siglos siguientes. Y hay un punto factual a favor de las zonas industriales como áreas de mejoramiento de las condiciones de los pobres. Las personas se mudaban a las ciudades voluntariamente. No eran, como decía Marx, echados de sus granjas por las políticas de privatización de las tierras. Soy una estudiosa de las políticas del “enclosure” (supuesta privatización de áreas antes comunes), he escrito sobre esto. Y eso no es lo que pasó. Las personas que fueron a trabajar a Manchester, a Liverpool, a Sheffield en el siglo XIX no venían de granjas. O si venían lo hacían voluntariamente, incluso sabiendo que podían contraer cólera. ¿Por qué lo hacían? Porque era una mejora sobre las condiciones que tenían. Las ciudades representaban una mejora en su calidad de vida.

– Qué les respondes a las personas que te dicen “Profesora McCloskey, usted defiende a los empresarios, defiende a los ricos porque su sistema defiende a los que más tienen”.

– No, estoy muy en contra del capitalismo. Como lo estuvo el gran Adam Smith, con su libro “La riqueza de las naciones”. Yo no quiero que los gobiernos protejan a las grandes corporaciones y a los grandes empresarios a través de sus regulaciones y monopolios. Quiero que los gobiernos protejan la propiedad privada y los contratos pactados libremente y si alguien se ha hecho rico no quiero que sea expropiado injustamente. Básicamente quiero que el gobierno se quede afuera de la economía, no que defienda a los ricos. Sabes, tengo un pequeño auto, un Smart. Es negro y amarillo canario. Sonrío cada vez que lo veo estacionado en Chicago. Y en la parte de atrás tengo una pequeña pegatina que dice “Separación de la Economía y del Estado”. Eso es lo que quiero.

– Si quisieras transmitir una idea para la chilena o el chileno, esas personas que no han estudiado economía, que están leyendo esta entrevista y que quieren lo mejor para su país, ¿cuál sería esa idea?

– Esta es la gran idea: cuando dejas libres a las personas comunes se vuelven increíblemente creativas. Ese fue el experimento social hecho en el siglo XIX. Chile lo sabe bien porque bajo el mando de la corona española no podía exportar y estaba sometida a una especie de sistema socialista en el que todo reportaba al rey. Cuando a mediados del siglo XIX y, liderados por las ideas de Andrés Bello y Courcelle Seneuil, se abrió al libre mercado empezó a crecer como nunca lo había hecho, superando en términos relativos incluso a la Argentina de esa época. Y pasa que las sociedades libres son más creativas, porque el conocimiento y las habilidades están en la cabeza de las personas, dispersas y hay que dejar que las cosas pasen y que las personas interactúen libremente para que surja lo nuevo. Esa es la idea básica del liberalismo.

 

*Deidre McCloskey es autora de la trilogía sobre la Era Burguesa. The Bourgeois Virtues (2006) recientemente traducido al español, que intenta responder si el participante de una economía capitalista puede a la par tener una vida ética (en breve, la respuesta es un rotundo sí); Bourgeois Dignity: Why Economics Can´t Explain the Modern World (2010) que argumenta que fue un cambio ideológico, más que el ahorro o la explotación lo que nos hizo ricos; y el recientemente publicado Bourgeois Equality: How Ideas, not Capital or Institutions, Enriched The World (abril 2016) que explora el ascenso de la burguesía de Holanda y luego Gran Bretaña, desde la época de Shakespeare y Adam Smith a partir de la razón que se le dio a la gente común de innovar.

Para quienes estén más interesados en la autora: http://www.deirdremccloskey.com/