¿Se ha preguntado Ud. sobre los orígenes de esa supuesta superioridad moral que se atribuyen ciertas corrientes colectivistas?
Publicado el 01.11.2017
Comparte:

Para su promoción, el uso y abuso del idioma es una de sus estrategias predilectas. Mediante lenguaje vago –pero de cuidadosa prefabricación, normalmente– se nos acusa a quienes creemos en una sociedad libre de defender un sistema que fomenta el egoísmo. Sin pretender ser exhaustivo, la lista de adjetivos que se nos asigna incluye, entre otros, no ser solidarios,  ser individualistas, no inclusivos, no igualitarios, etc. El significado preciso de cada término es otra cosa. ¿Se referirán acaso –perdonando la ironía– a aquella gratificante solidaridad provista con el esfuerzo ajeno? La igualdad de la que hablan ¿se refiere a la de resultados o a la de igual trato ante la ley? ¿Al verdadero o al falso individualismo a que se refiere Hayek? El manejo ideológico del lenguaje no solo se utiliza para hostigar con adjetivos calificativos a quienes son sus detractores, pues según conveniencia se aplica también a ciertos sustantivos. Tal actitud en ocasiones me evoca la genial expresión a la que se hace referencia en la biografía de Steve Jobs –escrita por Walter Isaacson–, en el sentido de que pareciera pretenderse activar una especie de “campo distorsionador de la realidad” con tales juegos de palabras.

Como botones de muestra, daría la impresión que activando tal campo distorsionador se buscara eliminar el sustantivo “déficit” y sustituirlo por la lozana expresión “holgura negativa”. También hemos sido notificados que el término “aborto” será sustituido por “embarazo interrumpido” y –más recientemente, y sin que amerite mayor comentario– ha hecho pomposa arremetida la palabra “legado”.

A veces pareciera que uno debiese dar explicaciones por existir y por sostener que  somos individuos libres y que tenemos el derecho a buscar nuestro desarrollo y felicidad. Pero más allá de pirotecnia y retruécanos, ¿qué hay de fondo que fundamente tal actitud?

De partida, el solo hecho de arrogarse superioridad, en mi opinión, revela algo. ¿Coincide Ud.?

Pero ¿qué se nos ofrece? La pregunta parece pertinente porque la evidencia ya es abrumadora en que en el campo de la ejecución práctica, sus ideas han fracasado estrepitosamente y solo han sido pródigas en la repartición de pobreza. Hace ya algunos años, Michael Novak, en su celebrado libro El espíritu del capitalismo democrático, advertía que dentro de sus propias filas habría ya evidente desencanto del socialismo. Afirma Novak que entre sus más emblemáticos adherentes habría una desilusión con la teoría y el programa, y que se advertiría un retiro hacia el plano más seguro –y, por cierto, cómodo– de la defensa de sus ideales morales.

Entre los problemas medulares del colectivismo sobresale su arrogancia de pretender imponer, mediante la coerción, la emergencia de un nuevo ser humano puramente virtuoso a sus ojos. Simplemente se resiste a reconocer nuestra naturaleza tal cual es, con sus luces y sus sombras. Le repele el ejercicio que las personas puedan hacer de su libertad. Las considera solo un instrumento de su idealizada entelequia colectiva. No se trata de que la limitación de un bien tan valorado como la libertad represente un precio alto a pagar por un objetivo superior; se trata, según sus convicciones, de que ella sería prescindible en aras del interés colectivo.

En cuanto a la aproximación que ofrece una sociedad libre, permítanme, a modo de contrapunto, citar a Hayek en su ensayo “Individualismo: el verdadero y el falso”: “No sería ciertamente una exageración sostener que el mérito principal del individualismo que Adam Smith y sus contemporáneos (Locke, Hume, Ferguson y Burke) defienden, consiste en que se trata de un sistema en que los hombres malos pueden hacer el menor daño. Es un sistema social cuyo funcionamiento no depende de hombres buenos que lo gestionan o de que todos los hombres se hagan mejores de lo que son, sino que es un sistema que considera a los hombres en toda su variedad y complejidad, a veces buenos, a veces malos, a veces inteligentes y con frecuencia estúpidos. A lo que tendían era a un sistema bajo el cual debería ser posible garantizar la libertad a todos, en lugar de limitarla –como querían los franceses contemporáneos a ellos– a los buenos y sabios”.

¡Que lección de realismo y  humildad!

Ante la idea de que una sociedad libre fomenta el egoísmo, Hayek también aclara que es posible que la interpretación literal que se ha hecho de los escritos de los clásicos del siglo XVIII hayan inducido a confusión al considerar una definición de egoísmo referida a las propias necesidades inmediatas de una persona en particular. A esto agrega que, de hecho, el interés propio incorpora (evidentemente) también el interés en la familia, los amigos y cualquier otra cosa que pudiese ser de interés de la persona en particular, y que podría evitarse la confusión si conviniésemos que a todos se les debiese permitir luchar por todo lo que ellos consideren deseable.

Pero mucho más importante que lo anterior, según Hayek, es la limitación objetiva del conocimiento del hombre. Cada persona conoce solo una pequeñísima parte de toda la sociedad y –por lo mismo– todo lo que puede formar parte de sus motivaciones son los efectos inmediatos que sus acciones tendrán en el ámbito que conoce. En tal contexto, ya sea tratándose de altruistas o egoístas, las necesidades humanas que pueden objetivamente interesarle a un individuo en particular corresponden solo a una parte infinitesimal de las necesidades de la sociedad, consideradas ellas en su conjunto.

Por ello, para el fin que interesa, sería irrelevante que las personas sean o no guiadas por propósitos egoístas. La pregunta verdaderamente pertinente sería si se les debe permitir seguir sus motivaciones o se le debe inducir a lo que pareciera apropiado  a otro, que se estima pueda conocer mejor el efecto del resultado de sus acciones en la sociedad en su conjunto.

Pero, por ser la libertad individual una condición altamente valorada,  la norma general debiese favorecer el poner el peso de la prueba en su favor. De lo contrario ¿con qué fundamento podría un hombre –esencialmente ignorante– emitir un juicio definitivo sobre las capacidades que otro posee?

Por todo lo anterior, el verdadero individualismo promueve una rigurosa limitación a todo poder coercitivo o exclusivo.

Novak, por su parte, en el texto ya citado arriba nos recuerda que en materia de política económica hay dos frustrantes formas de combatir el pecado: la conversión de los corazones y la imposición de la virtud por la fuerza. La sociedad libre –inspirada en el individualismo verdadero– ofrece una vía alternativa. Según ella, una menor atención merece ponerse en las intenciones individuales y más atención a las consecuencias globales, incluyendo aquellas no buscadas intencionalmente. En sociedades complejas hay demasiados agentes, intenciones y acciones, por lo que el vínculo entre intenciones y resultados es imposible de seguir ex ante para cualquier mente humana.

Ciertamente fue un hito clave la comprensión de que el mercado es un instrumento que permite de forma eficaz que el hombre, al procurar satisfacer sus propios anhelos, alcance también fines que no forman parte de sus objetivos en beneficio de la comunidad.

Fue también un hito clave la validación del mercado como instrumento de política pública, lo que ha permitido que parte importante de la humanidad haya podido salir de la indigencia en tan solo los últimos dos siglos.

Citando nuevamente a Novak: “El capitalismo democrático no promete eliminar el pecado. Ciertamente no promete igualdad de resultados –un resultado inconsistente con la naturaleza y la justicia. Ni siquiera promete que aquellos que tienen riqueza o que aquellos que la obtengan, lo hagan de acuerdo a merito moral. Su sentido de meritocracia no es un juicio respecto a los individuos, pero sí respecto del sistema. Sostiene que un sistema que permita en el tiempo que familias individuales puedan emerger y caer en riqueza en consecuencia con sus propias acciones y circunstancias, recompensará mejor, en el agregado, el desempeño familiar que cualquier otro tipo de sociedad. El juicio de los casos individuales puede ser dejado a Dios”.

Volviendo a la pregunta inicial, ¿de dónde nace la superioridad moral de un sistema que ha fracasado en su implementación y cuyas bases están en entredicho por sus mismos seguidores?, ¿con qué fundamento se asignan culpas y pecados a un sistema alternativo que no tiene más pretensión que permitir que las personas, tal cual son, puedan libremente buscar la satisfacción de sus anhelos?, ¿cómo puede desconocerse el sorprendente mérito de un sistema basado en la libertad por haber permitido sacar de la indigencia a una parte importante de humanidad en tan solo dos siglos?