Para quienes honestamente están preocupados por mejorar la condición de los seres humanos, la pobreza es el verdadero dilema moral a resolver y superar. La desigualdad no es más que un desvío profano para buscar su propia gloria por el camino popular.
Publicado el 20.08.2016
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Las preguntas sobre los hechos son muy diferentes a las preguntas sobre los valores, los objetivos o las políticas. Podemos someter explicaciones contrarias de las disparidades económicas a pruebas fácticas e incluso definir los términos de manera semántica lo suficientemente precisa para que por lo menos podamos saber en lo que no estamos de acuerdo. Así, mientras que las diferencias de opiniones sobre los temas son inevitables, las confusiones sobre los hechos no lo son.

Desde esta premisa es que abordaremos el resto de este escrito y que va encaminado a responder a la siguiente pregunta: ¿Por qué existen diferencias de ingreso y de riqueza entre individuos, razas, naciones o civilizaciones? La respuesta es que no existe “la” razón. Existen todo tipo de factores – y muchas combinaciones entre ellos. Nadie los ha enumerado y no es seguro que sea posible hacerlo. Pero lo que sí es claro es que las posibilidades que resultan de estas combinaciones son demasiado numerosas para que razonablemente podamos esperar resultados económicos iguales, sea entre naciones o hacia dentro de las naciones.

En términos de lo que ocurre hacia dentro de las naciones, el tan familiar cliché sobre “la paradoja de la pobreza en una sociedad rica” es sólo una paradoja para aquellos que parten de una preconcepción artificial de un mundo igualitario, desafiando a la historia de la humanidad, y sienten indiferencia frente a la naturaleza arbitraria de la definición gubernamental de la palabra “pobreza”. Muchos de los embates de los redistribucionistas contemporáneos van dirigidos a la reducción o eliminación de las disparidades en la riqueza o de las brechas entre varios grupos. Pero la promoción de la igualdad y el alivio de la pobreza son cosas muy distintas y que a menudo entran en conflicto, como destaca el distinguido economista de la London School of Economics, Peter Bauer. Por ejemplo, si el ingreso de todos los habitantes se duplicara mágicamente, ciertamente se reduciría drásticamente la pobreza; sin embargo también se ampliarían las brechas en los ingreso y aumentarían las desigualdades. Desde otra perspectiva, el estado de bienestar puede reducir o quizás hasta eliminar la pobreza en su sentido material, pero también disminuye la necesidad de muchas personas de obtener un ingreso, especialmente si al hacerlo se excluye su elegibilidad para obtener beneficios del gobierno, y por lo mismo se amplía la brecha entre ingreso y desigualdad.

Cuando se aborda el tema de las diferencias entre naciones, en general la pregunta que se realiza es por qué fallan, o por qué un país es más pobre que otro; cuáles son las restricciones que impiden a un país volverse próspero. Y en general los estudios comparan típicamente al país pobre con los Estados Unidos como símbolo de país próspero. Implícitamente también tratan al proceso de creación de riqueza de este país como una suerte de regla, como si fuera lo que pasara naturalmente y que de alguna manera ha sido frustrado en el país pobre. Existe un famoso estudio sobre por qué Egipto es tanto más pobre que los Estados Unidos (http://whynationsfail.com/preface/). Pero lo que olvida es que la pobreza de Egipto de las últimas centurias es mucho más típico de lo que ha pasado en el mundo, a lo largo de la historia, que el caso de los Estados Unidos, que es más bien lo atípico.

Efectivamente la genuina pobreza ha sido el destino de la mayor parte de la raza humana  durante la mayor parte de la existencia de la especie y, por lo mismo, no tiene mucho sentido preguntarse sobre su origen. Es lo que hay, desde siempre. Una pregunta más conducente, y que también aparece en el estudio mencionado, es si estaba histórica, geográfica, cultural o étnicamente  predeterminado que la Europa Occidental, los Estados Unidos o Japón se volvieran mucho más ricos que el África Subsahariana, Latinoamérica o China en los últimos doscientos años. Mientras que nada predetermina que una nación o personas en particular sean más prósperas que otras, muchos elementos facilitan o impiden su desarrollo económico.

En otras palabras, preguntar por qué fallan las naciones es tratar nuestra concepción del éxito como la norma en lugar de la rara excepción que ha sido en la historia de la existencia humana. Es una tendencia humana entendible apropiarnos de lo que pasa en nuestro entorno y aceptarlo como usual o natural. Adaptarnos a las expectativas, al éxito o a las mejoras y desde allí pretender más es una característica gracias a la que hemos avanzado como especie. Pero esto no convierte a los avances en la regla ni en algo dado.

Por ello el verdadero desafío al discutir riqueza y pobreza es tratar de entender la peculiar combinación de circunstancias que permiten el nivel de prosperidad de lugares como Japón o Europa Occidental, Estados Unidos o Australia, combinación que tampoco ha estado presente desde tiempos inmemoriales en estos países, una prueba más de que no se trata de predeterminación. En la antigüedad países completamente diferentes estaban en la frontera del avance de la civilización. Notablemente Egipto, China e India entre ellos.

La pobreza ocurre automáticamente pero es la riqueza la que debe ser producida y explicada. Por ello se debe estudiar la producción y sus factores influyentes (geografía, cultura, demografía y política), siendo el ingreso un subproducto de la producción. Esto que parecería tan obvio, no lo es para quienes tratan a la distribución del ingreso como un tema con vida propia mientras que dejan desvanecer a la producción en el olvido, como si los patrones del ingreso pudieran ser modificables para acomodarse a nuestros deseos sin ninguna repercusión en la producción, sobre la que depende por completo los estándares de vida de una población.

Cuando se analiza la distribución del ingreso se utilizan mayoritariamente dos tipos de estadísticas para mostrar su tendencia a lo largo del tiempo. Un tipo de estadística utiliza un conjunto de individuos idénticos, las mismas personas que son seguidas en el tiempo, cuyos ingresos son tabulados a lo largo de los años en un estudio determinado. Pero hay otro tipo de estadística muy distinta – y que lamentablemente es la mayormente citada en la prensa, por los políticos y usada en la academia – que está basada en tabular los ingresos de cualquier mezcla de personas que coyunturalmente estén en el quintil superior, el quintil inferior o los quintiles del medio en un año determinado. Una serie de esas tabulaciones en una serie de años sirven luego como la base para las conclusiones sobre los ingresos ganados en cada uno de los quintiles.

Este último tipo de estadística es a menudo citada para aseverar que los ingresos de las personas del quintil superior (“los ricos”) están creciendo en relación a los ingresos del quintil inferior (“los pobres”). Aunque estas afirmaciones están hechas como si se compararan los ingresos de conjuntos específicos de individuos en el tiempo, están comparando los ingresos de quintiles que contienen un mix de personas en permanente cambio, ya que los individuos se mueven de un quintil a otro en el curso de sus vidas. Y esto se comprueba contrastándolos con los estudios que sólo siguen a un mismo conjunto de individuos en el tiempo y que llegan a conclusiones diametralmente opuestas, no sólo diferentes. Los alarmistas de la desigualdad no hablan de gente de carne y hueso, sino de categorías abstractas como el 10% más rico o el 10% más pobre. Siempre habrá estas diferencias, salvo que todas las personas tuviesen el mismo nivel de ingresos. No obstante, estos grupos no contienen a la misma gente durante el paso del tiempo: detrás de las estadísticas sobre desigualdad están las realidades de personas que se enriquecen o se empobrecen, en un marco de continuos cambios y evoluciones.

Para la mayoría de los estadounidenses – que es sobre quienes más se hacen estudios y sobre los que más se publicitan como es el caso de Piketty – envidiar o resentir al decil de ingresos superiores es equivalente a envidiarse a sí mismos. Esto no es siquiera “guerra de clases”, es confusión entre clases sociales y grupos etarios. Pero las estadísticas sobre las diferencias de ingreso son casi automática y universalmente discutidas como si fueran diferencias entre clases sociales en lugar de diferencias entre personas de diferentes edades. Si los adolescentes tienen menos ingresos que sus padres y éstos que sus abuelos, es bien distinto a decir que los individuos son ricos o pobres a lo largo de sus vidas. Sin embargo esto último es una insinuación común, adornada con números. Y aún si nos limitamos a los adultos, los adultos jóvenes no son iguales a los adultos viejos así como las disparidades económicas entre personas de diferentes edades no son iguales a las diferencias económicas entre clases.

Si se analiza el estudio de Mark Rank y Thomas Hirschl[1], que siguió a estadounidenses de entre 25 y 60 años durante 44 años, vemos que el 73% de los estadounidenses ha estado entre el 20% más rico del país durante al menos un año de sus vidas. Un 56% ha llegado a figurar entre el 10% más acaudalado, mientras que el 39% ha llegado a ocupar un puesto entre el 5% más afortunado.

Aún el tan declamado “uno por ciento superior” es un nivel alcanzado por el 12% de la población estadounidense en algún punto de su vida. La mayoría de ese 1% en 1996 ya no formaba parte en 2005. Sin embargo para Piketty por ejemplo, este 1% superior no sólo vive en su mundo separado sino que también ejerce significativa influencia en el paisaje social y en el orden económico y político.

Existe una diferencia fundamental entre estructura y proceso y pareciera que Piketty pasa por alto el proceso por el que los ingresos de las personas cambian sustancialmente a lo largo de sus vidas e incluso en una década. El error crucial de Piketty es convertir un proceso fluido en una estructura rígida, con un permanente 1% viviendo aisladamente del resto de la sociedad, la que está supuestamente bajo su control. Más de la mitad de los contribuyentes se movieron a un quintil de ingreso diferente entre 1996 y 2005, y lo mismo fue cierto para la década precedente. Entre las personas del quintil medio, por ejemplo, 42% se movió al quintil de ingreso más alto, mientras que el 25% cayó a un quintil más bajo y sólo el 33% se mantuvo en el quintil medio.[2]

La rotación es aún más pronunciada entre los que tienen los mayores ingresos. Menos de un cuarto de quienes tuvieron los 400 ingresos más altos en 1992 estuvieron en el mismo grupo más de una vez hasta inclusive el año 2000 y sólo 13% estuvo en ese grupo de ingresos extremadamente altos más de dos veces en esos 9 años. La explicación es sencilla: en los niveles más altos de ingresos, éste es probable que provenga más de inversiones que de salarios, las que tienen una naturaleza mucho más volátil. En resumen, más que en la mayoría de los otros grupos de ingresos, la mayoría de las personas entre los recipientes de los 400 ingresos superiores en los Estados Unidos son transitorios. Por ello, estos individuos son dudosos candidatos a los roles poderosos o siniestros que pretenden asignárseles en mucha de la retórica política o ideológica. Esto no significa que no se trate de personas ricas con estilos de vida lejos del resto de la sociedad. La pregunta es si son las mismas personas que aquellas que aparecen en un grupo de ingresos en un momento en particular. Caso contrario, cuál es el punto de citar esas estadísticas, basadas en siempre cambiantes mezclas de personas y hablar de ellas como si se tratar de datos sobre un grupo dado en el tiempo de seres humanos.

Los datos de Mark Rank y Thomas Hirschl no son aislados. En mayo del 2014 se publicó un   interesante informe centrado en analizar la movilidad social en Estados Unidos, producido por el equipo del prestigioso economista de Harvard Rai Chetty. Las conclusiones son significativas. De acuerdo con el documento, “hoy existen las mismas posibilidades de movilidad social que en los años ´70. No es cierto que un joven que llega ahora al mercado de trabajo lo tenga más difícil para llegar a disfrutar de un nivel de ingresos superior al de su familia”. Según los autores del informe, la ratio de “movilidad social” se ha mantenido “extremadamente estable. La probabilidad de que un niño nacido en el último quintil de ingresos llegue a formar parte del 20% más rico del país es del 9% para los nacidos en 1986 frente al 8,4% que registraban quienes llegaron al mundo en 1971. De hecho, si algo ocurre es una ligera mejora de la “movilidad social en EEUU“. Pero hay más. Informes del MIT explicaron en el 2009 que, de hecho, las tasas de movilidad registradas en los años ´70 eran muy similares a las de las décadas de 1950 y 1960. Estos hallazgos fueron confirmados a finales de 2013 por los trabajos de Markus Jäntti y Stephen P. Jenkin. Por tanto, la tendencia a largo plazo que sugieren estos estudios es que apenas se han dado cambios entre 1950 y la actualidad, por lo que la movilidad social sigue siendo elevada y significativa, refutando tesis de economistas como Thomas Piketty.

Con muy pocos de los elementos involucrados en la creación de la producción económica disponibles igualmente para todos, es difícil entender cómo se ha instalado la expectativa de igualdad en los resultados económicos, tal que las desigualdades de ingreso – disparidades, inequidades o brechas – son tomadas como extrañas si es que no como siniestras. Pero las desigualdades en los resultados son inmensas en todo tipo de esfuerzos humanos alrededor del mundo, incluyendo aquellos que difícilmente puedan ser explicados por la discriminación, explotación u otro pecado humano, que por cierto existen.

Los resultados no son parejos o aleatorios en ningún campo del quehacer humano debido a que las personas no se comportan casualmente sino con propósito. Un estudio internacional de figuras históricas europeas determinó su origen geográfico altamente concentrado en lugares particulares que no incluía Rusia, Suecia, Noruega, Finlandia, España, Portugal, los Balcanes, Polonia, Hungría, Prusia, Irlanda, Gales, Escocia, un cuarto de Italia y un tercio de Francia. El mismo estudio en Estados Unidos halló que la mitad de los individuos importantes en las ciencias y artes hasta la mitad del siglo XX estaban concentrados en un arco desde Maine  hasta el sur de New Jersey. Los estados de Nueva Inglaterra más New York, Pennsylvania y New Jersey produjeron más de siete veces el número significativo de figuras americanas  comparados con el resto de los estados de la Confederación durante la Guerra Civil. [3]

Las mismas diferencias las encontramos en el deporte, siendo las últimas Olimpíadas de Río de Janeiro un notable ejemplo con el nadador Michael Phelps, ganador de 23 medallas de oro en su carrera. En el caso del golf, entre los pocos profesionales que han sobrevivido a las dos rondas finales de un torneo del PGA, el 53% nunca ganó un solo torneo. Del restante 47% casi todos ganaron uno, dos o tres. Pero Arnold Palmer, Jack Nicklaus y Tiger Woods cada uno ganó docenas de torneos y más de 200 entre los tres. Lo mismo sucede con los títulos de Grand Slam en tenis, baseball y ajedrez. De los 100 primeros maratonistas del mundo en 2012, 68 eran keniatas. Durante el siglo veinte, sólo ocho veces un mismo jugador de la liga mayor de baseball robó 100 bases o más. Las ocho veces el jugador era de raza negra.

Estadísticas similares se relevan para los grados académicos y así, en cada área del quehacer humano, las disparidades son infinitas e imposibles de enumerar. Pero a pesar de estas evidentes diferencias en todos los contextos humanos que están lejos de presentar una distribución igual o aleatoria, aún en situaciones en que la discriminación puede ser claramente descartada, persiste la asunción implícita que los resultados desiguales o no aleatorios son extraños o sospechosos. Y no son sólo opiniones sino también conclusiones que se transforman en fallos, leyes y políticas de peso, en función de estas asunciones y a pesar de lo definitorio de los hechos.

La magnitud de las diferencias estadísticas puede decir muy poco acerca de la condición de los seres humanos. Dos a uno de diferencia en la cantidad de comida disponible sería muy doloroso si significara que aquellos en el extremo menor no tuvieran para comer. Pero una diferencia de mil a uno de precio entre usar un Rolex y un Timex, que son exactamente los casos que discute Piketty, es algo que puede ser dejado a los alarmistas, especialmente dado que ambos relojes dan la hora con la misma precisión.

Un ejemplo extremo de buscar la igualdad de ingresos fue la China de Mao. Como resultado el ingreso promedio en 1961 era igual al de 1913. Solamente cuando se dejó de lado la búsqueda de la igualdad de ingresos y se concentraron en la reducción de la pobreza mediante políticas pro-crecimiento fue que China logró reducir su pobreza de 98% en 1981 a 36% en 2005 y la indigencia de 85% a 15% en igual período, todo esto mientras se aumentó considerablemente la desigualdad de ingresos. Algunos economistas podrán menospreciar ese progreso, pero los chinos que hoy pueden comprar leche, carne y medicinas para sus hijos, seguramente lo valoran por encima de la igualdad. Para quienes honestamente están preocupados por mejorar la condición de los seres humanos, la pobreza es el verdadero dilema moral a resolver y superar. La desigualdad no es más que un desvío profano para buscar su propia gloria por el camino popular.

[1] “The Social Dynamics of Economic Polarization: Exploring the Life Course Probabilities of Top Level Income Attainment”, Paper presented at the 2014 Annual Meetings of the Population Association of America, Boston, May 1-4, 2014.

[2] US Departament of the Treasure “Income Mobility in the US from 1996 to 2005”, November 13, 2007.

[3] Charles Murray, Human Accomplishment: THe Pursuit of Excellence in the Arts and Science, 800 BC to 1950 (New York: harper Collins, 2003)