Si nuestro valor moral superior es la vida humana, es un imperativo moral no precipitar anticipadamente el ocaso de los combustibles que hoy sustentan nuestro bienestar.
Publicado el 13.07.2015
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Es muy incorrecto políticamente defender a los combustibles fósiles, petróleo, gas natural y carbón. Parecieran ser los culpables de todos los males de la humanidad y del planeta. Las Naciones Unidas, el G7 y cualquier asamblea que congregue a grupos activistas se comprometen una y otra vez a prescindir de ellos poniendo metas drásticas y perentorias.

Sin embargo, los combustibles fósiles que no son otra cosa que la vegetación de millones de años atrás sometida a distintos procesos geológicos –o sea, lo natural de lo natural–, integran la columna vertebral del inmenso progreso que en calidad y expectativa de vida ha tenido la humanidad en los últimos siglos. Están en la raíz de toda la energía barata, abundante y confiable que permite abrigarnos, vestirnos, alimentarnos, mantenernos saludables y vivir más años como nunca en la historia.

Sin duda el ingenio humano potenciado por las oportunidades inimaginables que nos provee el desarrollo basado en los combustibles fósiles los superará en algún futuro con una tecnología hoy impensada. Pero hacerlo forzadamente, cuando todavía no existe un sustituto real que los supere en costo, conveniencia y ubiquidad, condenaría a una parte importante de la humanidad a la miseria. Los buenos deseos, las honestas esperanzas y, por qué no decirlo, los argumentos tendenciosos e incorrectos sobre potenciales alternativas no bastan. Necesitamos realidades concretas que hoy no existen.

Se han inventado distintas premisas para crear la mala imagen política y social que detentan los combustibles fósiles. Enfrentamos la paradoja que los cimientos del progreso y mejoras que todos anhelan, demandan y los políticos irresponsables ofrecen, no tiene defensores y, peor aún, es atacada por todos y tratada despectivamente. En el resto de estas líneas analizaremos los argumentos para ponerlos en la óptica que creemos correcta y demostrar, a partir de allí, que si nuestro valor moral superior es la vida humana, es un imperativo moral no precipitar anticipadamente el ocaso de los combustibles que hoy sustentan nuestro bienestar.

Los ecologistas pasan por alto que el enorme progreso vivido por la humanidad en los últimos trescientos años se debe en gran parte al uso de los combustibles. El fenómeno económico y social más relevante de la humanidad es el gran salto experimentado a partir de la revolución industrial iniciada en Inglaterra. En poco más de dos siglos se avanzó a una velocidad muy superior a la de los milenios que precedieron. El bienestar se multiplicó por 30 e incluso 100 veces si consideramos la calidad y naturaleza de productos y servicios. Este progreso no es sólo de números; la expectativa de vida se duplicó y la mortalidad infantil pasó a ser insignificante en términos históricos para los países que se subieron al tren del progreso y en particular para los sectores más pobres.

Ese avance está indisolublemente unido al uso de los combustibles fósiles para producir y disponer de energía en una cantidad infinitamente superior a la proveniente del uso del cuerpo humano o del animal, y a inventos que de ello se derivan y que van desde la máquina de vapor de Watson hasta los motores modernos de combustión interna o turbinas a gas. Negar u omitir esta realidad pretendiendo eliminar la base que la sustenta es inmoral.

Quienes esto pretenden suelen apoyarse en tres argumentos para exigir abandonar el uso de los combustibles fósiles: que se agotarán pronto, que las fuentes alternativas de energía los eliminarán del mercado y que no podemos costear las consecuencias climáticas de quemarlos.

Ninguno de los argumentos es verdadero ni válido. Una evaluación realista de la situación energética y ambiental sugiere que, en las próximas décadas, seguiremos dependiendo en gran medida de los combustibles fósiles que han contribuido tan dramáticamente a la prosperidad y el progreso del mundo.

Cerca del 90% de la energía que se consume proviene de combustibles fósiles: el petróleo empleado principalmente para el transporte, el gas para calefacción y el carbón empleado mayormente para la electricidad. En la última década, el volumen total de consumo de combustibles fósiles se ha incrementado marcadamente, pero con una tendencia ecologista alentadora: una menor cantidad de emisiones de dióxido de carbono por unidad de energía producida. La mayor contribución a la descarburación del sistema ha sido el cambio del carbón, alto en carbono, al gas, de menor contenido de carbono, para la generación de electricidad.

El colapso del precio del petróleo en los últimos seis meses es consecuencia directa de la abundancia: los altos precios del crudo en años recientes, que estimularon innovación en la fracturación hidráulica, perforación horizontal, sismología y tecnología de la información. Incluso si los actuales precios bajos ahuyentaran a algunos productores de alto costo, los perforadores de esquisto pueden regresar al negocio cuando repunte el precio. Y cuando se globalice la revolución de esquisto el petróleo y gas en densas formaciones rocosas proveerán al mundo de abundantes reservas de hidrocarburos por décadas, si es que no siglos. En la fila para aprovechar los próximos avances tecnológicos está el hidrato de metano, una fuente de gas en el fondo marino que supera en cantidad a todo el carbón, petróleo y gas del mundo combinados.

Es notable constatar que los agoreros de siempre, que en los ´70 y ´80 predicaban el fin de los combustibles fósiles, son los mismos que hoy siguen estando detrás de este argumento: John Holdren, asesor del Presidente Barak Obama quien predijo en 1986 que las hambrunas inducidas por el cambio climático matarían a mil millones de personas para el año 2020; James Hansen, quien predijo que las temperaturas subirían un grado Fahrenheit entre 1990 y 2000 y de 2 a 4 grados en la década siguiente; Paul Ehrlich, para quien el Reino Unido del año 2000 sería un grupo de islas empobrecidas habitadas por 70 millones de personas hambrientas, el mismo que en 1974 escribiera que los Estados Unidos no tendrían más energía ni comida abundante y barata; Life magazine que reportara en enero de 1970 que conforme los modelos científicos en una década los transeúntes deberían usar máscaras de gas para sobrevivir a la polución ambiental y que en 1985 la polución del aire habría reducido la luz solar que llega a la Tierra a la mitad; Paul Ehrlich nuevamente que en 1970 en la Universidad de Stanford dijera que la polución del aire se iba a llevar cientos de miles de vidas en los próximos años y rematara afirmando que “si yo (Ehrlich) fuera un apostador, apostaría que Inglaterra ni existirá para el año 2000”.

El segundo argumento para deshacernos de los combustibles fósiles es que los nuevos rivales, las energías renovables, pronto los sacarán del mercado. Si esto se verificara y fueran el sustituto perfecto, sería una razón económica importante para dejar de utilizarlos. Pero esto no está sucediendo y estamos lejos de contar con una fuente de energía alternativa que sea confiable, abundante y barata como la que nos proveen los combustibles fósiles. Las dos candidatas a reemplazarlos, la energía nuclear y la hidroeléctrica, son también las más odiadas y por ello castigadas por los ambientalistas.

La producción de energía nuclear ha descendido de 6% en 2003 a 4% en 2015 debido a su costo. Para satisfacer las exigencias de seguridad de los ecologistas, los políticos y reguladores agregaron requisitos de concreto extra, acero y tuberías, e incluso de abogados adicionales, papeleo y tiempo. El efecto fue convertir a las plantas nucleares en enormes despilfarros que sólo pueden competir con los combustibles fósiles cuando son subsidiadas. La energía hidroeléctrica es la proveedora más grande y barata de las renovables, pero tiene la menor capacidad de expansión y cuando la tiene, impiden su construcción como en nuestro país.

Las tecnologías que aprovechan la energía de las olas y la marea siguen siendo poco prácticas y financiables. La energía geotérmica es un sector pequeño. Y la bioenergía -la madera, el etanol hecho a partir del maíz y la caña de azúcar, y el diesel del aceite de palma– es un desastre ecológico: motiva la deforestación y las alzas de precios de alimentos que causan devastación entre los más pobres y en cuanto a energía producida por unidad, genera incluso más dióxido de carbono que el carbón. La energía eólica alcanzó 1% del consumo mundial de energía en 2013 y la energía solar ni siquiera eso: si redondeamos al número entero más cercano, representa el 0% del consumo mundial. Peor aún, tanto la energía solar como la eólica dependen de subsidios, incluso para la poca viabilidad económica que tienen (alrededor de US$10 por gigajoule), cantidades que son pagadas por los consumidores a los productores, por tanto tienden a transferirse de los pobres a los ricos.

Para desechar los enormes beneficios de los combustibles fósiles, se tiene que tener una muy buena razón. La que se invoca con más frecuencia es que estamos arruinando al planeta.

Efectivamente está en la esencia del hombre afectar al ambiente. La naturaleza es intrínsecamente cambiante y hostil para el ser humano. Frente a ella, el hombre es débil y para sobrevivir debe modificar su medio ambiente. Pero la vara contra la que contrastar resultados es el hombre; si la vara fuera no afectar el medio ambiente, la vida humana desaparecería probablemente. Y esto no es de ahora. Por citar sólo algunos ejemplos, el 65% de los grandes mamíferos se extinguieron entre 50.000 y 12.500 años atrás por la caza y la quema de los entonces recientes arribados humanos a Australia y las Américas, la emisión de dióxido de carbono unos 7000 años atrás fue producto de la deforestación del Holoceno hace 11.600 años y la expansión de emisiones de metano de la agricultura arrocera unos 5000 años atrás fue consecuencia de la revolución agrícola neolítica.

Sin duda el carbono físicamente produce un efecto invernadero pero es decreciente en la medida en que aumenta su emisión. Esto significa que las partículas iniciales por millón de CO2 producen la mayoría del calentamiento de nuestra atmósfera. Pero el efecto de calentamiento de cada incremento adicional de CO2 es cada vez más pequeño. Por ello, aunque el mundo se ha calentado desde el siglo XIX, el nivel de calentamiento ha sido lento y errático. No ha habido un aumento en la frecuencia o severidad de tormentas o sequías, ni aceleración en el alza del nivel del mar. El hielo del océano Ártico ha decrecido, pero el del océano Antártico ha incrementado. Pero quienes propugnan los efectos catastróficos del carbono lo hacen en base a sinergias con otros elementos de la naturaleza como nubes o partículas en suspensión generando modelos –simplificaciones– del sistema climático global que suponen una realimentación de alta sensibilidad. Sin embargo, es cada vez más posible que está equivocada. Según Patrick Michaels, 14 estudios realizados desde el 2000 con revisión de pares y publicados por 42 autores -muchos contribuidores clave de los informes del IPCC- han concluido que la sensibilidad del clima es baja ya que las realimentaciones netas son moderadas. En promedio, descubren que la sensibilidad es 40% menor que los modelos en los que el IPCC se basa.

De ser acertadas, estas conclusiones explicarían que la superficie de la Tierra no se ha calentado con la rapidez proyectada durante los últimos 40 años, un periodo en que el nivel de calentamiento no ha alcanzado a siquiera dos décimos de un grado por década y se ha desacelerado a virtualmente nada en los últimos 15 a 20 años.

La remanida frase de los políticos respecto que el 97% de los científicos climáticos concuerdan que existe un calentamiento global y que el ser humano es su principal causa, es falsa. Proviene de un trabajo de John Cook, autor del popular sitio web SkepticalScience.com, que creó una categoría llamada “apoyo explícito sin cuantificación”, esto es, publicaciones en las que el autor no dice si el 1, el 50 o el 100% del calentamiento es creado por el hombre y otra llamada “apoyo implícito” para las publicaciones que implican, pero no dicen, que existe algo de calentamiento global pero no lo cuantifican. En otras palabras, Cook creó dos categorías que etiquetó como “apoyo” (endorsing), de visiones que no apoyaban lo que Cook afirmaba. Numerosos científicos cuyas publicaciones fueron clasificados por Cook protestaron (Tol, Idso, Shaviv, Scafetta, etc.) pero el 97% ya había cobrado vida propia como una licencia para intimidar.

Finalmente, está la secuela de eventos catastróficos pronosticados, que no sólo no han aumentado ni ocurrido sino que además cada vez producen menos muertes gracias al uso de energía fósil. Y esto es así en tanto son los países más industrializados, como Japón y Estados Unidos, los que a pesar de tener zonas densamente pobladas registran cada vez menos muertes por eventos climáticos. Por dar sólo un ejemplo, los Estados Unidos han tenido cero muerte por sequía en los últimos ocho años, siendo que históricamente la sequía es la causa climática número uno en muertes.

Sabemos que gracias a la energía proveniente de combustibles fósiles la vida del hombre y del medio ambiente ha mejorado. Como escribe Alex Epstein en su libro The Moral Case for Fossil Fuels, el uso del carbón detuvo y después revirtió la deforestación en Europa y Norteamérica. El cambio al petróleo puso alto a la masacre de ballenas y focas para extraer su grasa. El fertilizante fabricado con gas redujo a la mitad la cantidad de tierra que se necesita para producir una cantidad determinada de comida, lo que ayudó a alimentar una creciente población al mismo tiempo dejando más tierra libre.

Incluso desde la tradición judeo–cristiana se lee en el Génesis que Dios le da al hombre la facultad de dominar la tierra, y en esta misma línea también la ya ultra famosa Encíclica de Francisco, Laudato Si, coloca a la dignidad de la naturaleza humana creada a imagen y semejanza de Dios sobre las cosas no humanas; no hay panteísmo entre Dios y la naturaleza, la Tierra no es “madre” que sustituye al Padre creador. En el análisis de esta tradición el ser humano no es hijo de la naturaleza, sino de Dios, y por su dignidad natural es ontológicamente superior a la naturaleza. Pero ambos, ser humano por un lado y tierra y demás seres vivos por el otro, son hermanos en creación y esa relación de hermandad debe ser la de armonía, donde la naturaleza sirve a las necesidades del hombre, pero no justifica la arbitrariedad, la destrucción o la crueldad que curiosamente son las sociedades menos industrializadas, las que supieron ser comunistas y las que hoy se acercan al populismo, las que más la exhiben.

Desde esta perspectiva los liberales han insistido siempre que el mercado libre tiene mucho que ofrecer para el cuidado del medio ambiente, sobre todo a través de la internalización de externalidades negativas y privatización de bienes públicos estatales, todo ello a través de una mayor definición de los derechos de propiedad y autores partidarios de la sociedad libre, como Hayek y Feyerabend, criticaban ya hace varias décadas al racionalismo constructivista, a la unión entre estado y ciencia que han llevado a una planificación racionalista y que no es otra que el intervencionismo que rebatía Mises.

La vara de referencia cuando se analiza el cambio en el medio ambiente debiera ser la vida humana y no el clima, pero no se trata de hacer lo que se quiera con la naturaleza.

No es bueno para los países dejarse arrastrar por las frases fáciles que proponen los populistas, especialistas en aspirar al poder para después servirlo en su propio beneficio, utilizando como armas las ideas simples para problemas complicados, y las del rencor de todos aquellos que son desfavorecidos por épocas crueles, apareciendo como salvadores para argumentar barbaridades en forma de eslogan que siempre encuentran quien las compre.

 

 

FOTO: JUAN GONZALEZ/AGENCIAUNO