Necesitamos defensas convincentes del capitalismo –de los acuerdos libres entre personas en los intercambios- que sean más precisas y que apelen a los sentimientos morales de la mayoría de nuestros ciudadanos si queremos que nuestro país prospere en paz y libertad para beneficio de todos, especialmente de quienes menos tienen.
Publicado el 05.08.2017
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En su libro Commanding Heights de 1998, Daniel Yergin y Joseph Stanislaw describían lo que Keith Joseph –abogado y político conservador británico, miembro del gabinete durante cuatro primeros ministros y principal creador del movimiento conocido como Thatcherismo- pensaba luego de la caída del gobierno de Heath en 1974: “La fuente del problema era el consenso de la postguerra, con su promoción del estado intervencionista. El enemigo era el ‘estatismo’. Lo que debía ser cambiado era la cultura política del país, y la forma de hacerlo era a través de una guerra de guerrilla intelectual”.

Este pensamiento tiene más relevancia hoy de la que debería tener si pensamos en el mundo occidental en general, en Sudamérica en particular o en Chile en singular. En la medida en que el intervencionismo es utilizado no porque funciona sino porque se acomoda al interés de unos pocos que logran impunemente y sin vergüenza acomodarse en el poder, mientras un porcentaje importante del país vote por candidatos que prometen nacionalizar todo lo que se mueve, gravar lo que no se mueve y subsidiar a la clase media, necesitamos urgentemente regresar al tipo de pensamiento de Sir Keith Joseph.

El meollo del problema es un común e infundado ataque a los libres acuerdos entre personas que no pasan por una imposición totalitaria o “comunitarista” y en particular a aquellos acuerdos que se llevan a cabo en el mercado: los acusan de hacer a las personas avaras y egoístas, y de erosionar los valores morales. En una era en la que no sólo los medios de comunicación sino también nuestro sistema educativo exaltan las emociones al tiempo que ignoran los hechos y la lógica, quizá no debería ser tan sorprendente que haya tantos que expliquen lo relativo a la economía recurriendo a la codicia.

El influyente filósofo estadounidense Michael Sandel, justamente a quien muchos de nuestros líderes vernáculos siguen en materia de comunitarismo, ha argumentado que la infusión de los mercados en áreas de la vida ha llevado a la expulsión de virtudes tales como altruismo, generosidad y solidaridad.

Lo extraño de este tipo de afirmaciones es que no van acompañadas de ninguna evidencia que pruebe que los libres acuerdos de las personas, se lleven a cabo en los mercados o en otro ámbito, alientan la avaricia. ¿Sea quizás ello porque la evidencia –y la lógica desde luego– sugieren que la verdad es exactamente lo opuesto?

Dejemos en claro una verdad evidente. Existe una robusta correlación entre niveles de prosperidad de los países y su grado de libertad económica. Experimentos sociales como la Alemania Oriental y Occidental, Nor y Sur Corea, y Hong Kong y China continental han demostrado que las economías de mercado tienden a mucha más prosperidad que las economías totalitarias. Esto resulta en mayores recursos para causas benéficas, sea a través de actividad individual o socializada a través de la recolección de impuestos. Puede decirse sin margen de error que las economías de libre mercado facilitan las oportunidades para ser más compasivos y generosos. Tal como dijo un Primer Ministro inglés, “nadie recordaría al Buen Samaritano si sólo hubiera tenido buenas intenciones; tenía también dinero”.

Pero desde luego las oportunidades que brinda una economía de mercado podrían no ser aprovechadas. ¿Qué sugiere entonces la literatura sobre mercados y codicia, y si acaso llevan a un comportamiento egoísta e inmoral?

En el trabajo experimental de Herbert Gintis[i], analizando el comportamiento de quince sociedades tribales de alrededor del mundo, incluyendo “cazadores recolectores, horticultores, pastores nómades y granjeros sedentarios de pequeña escala en África, Latinoamérica y Asia, a través de una serie de juegos económicos, descubrió que las sociedades expuestas al libre cambio de mercado estaban más altamente motivadas por consideraciones de equidad no financieras que aquellas que no lo estaban. “La noción que la economía de mercado vuelve a la gente avara, egoísta e inmoral es simplemente falaz” concluyó Gintis.

Esta afirmación tiene sentido. Haciendo un rápido barrido histórico, se puede observar que el auge de las economías de mercado y de la gran riqueza material que ellas conllevaron coincidió con una mayor tolerancia de los demás, incluyendo menor complacencia a la explotación del otro. Como resume Gintis, “los movimientos para la tolerancia religiosa y de estilo de vida, equidad de género y democracia han florecido y triunfado en sociedades gobernadas por el intercambio de mercado y en ninguna otra parte”.

En otras palabras, podríamos esperar que la avaricia, el engaño y la intolerancia sean más prevalentes en las sociedades donde los individuos sólo pueden cumplir sus deseos egoístas a través de tomar de los otros, del abuso de poder o de una posición política dominante para extorsionar a los demás. Los mercados en realidad alientan la colaboración y el intercambio entre las partes que de otro modo no actuarían. Esta interdependencia desalienta la violencia –cuyos resultados son siempre inciertos para las partes y generan además represalias– y construye la confianza y la tolerancia.

En un estudio de 2014[ii] los economistas testearon la disposición de los residentes del actual Berlín de engañar en un juego de dados, en el que los resultados autoinformados implicaban recompensas monetarias. Los participantes debieron presentar pasaportes y carnets de identidad a los investigadores, lo que les permitió evaluar sus antecedentes.

Los resultados fueron claros: los participantes pertenecientes a familias de la antigua Alemania Oriental estaban por mucho más dispuestos a engañar sobre los resultados que aquellos de la Alemania Occidental. Incluso más, “mientras más tiempo habían estado los individuos expuestos al socialismo, más probabilidades tenían de engañar”.

Todo lo cual sugiere que la sabiduría moderna convencional está equivocada. Los libres acuerdos entre personas no nos hacen avaros ni inmorales. Pero abrazar al socialismo sí puede lograrlo.

Sin duda, se trata de temas serios. Precisamente por ello, molestan las imprecisiones cuando de ellos se trata. Exagerar y mentir sobre la inmoralidad de los acuerdos voluntarios, mercados libres, libertad y voluntad para sacar algún tipo de rédito resulta realmente nauseabundo. Todos sabemos que la izquierda no tiene nada que ofrecer salvo intentar convencernos de que ellos van a salvarnos a todos. Los incautos de clase media pican y les votan porque están preocupadísimos por estos temas, en particular sobre lo inmoral que estamos siendo si somos libres y hacemos nuestros propios acuerdos buscando nuestro interés, aunque no dañemos a nadie y por ello todos estemos mejor, especialmente los más pobres.

Para terminar vale recordar los argumentos de Adam Smith, tal como los dijo y no como ha sido distorsionado. Primero, que en una economía de mercado, normalmente todos ganan si se apela al amor propio (self-love) de alguien, más que a su amabilidad. El carnicero es más probable que provea de carne si es un intercambio provechoso para las dos partes que si simplemente se le pide que la regale. Esto es, y debería ser, de sentido común. No es egoísmo y menos avaricia.

Segundo, existe una diferencia entre el interés propio y el simple egoísmo. Cada vez que alguien se lava las manos o se coloca sus vacunas o se apresura para ir al trabajo puntual o mira a ambos lados de la calle antes de cruzar un paso peatonal está persiguiendo su interés propio -pero ninguno de estos actos es egoísta-. De hecho se deberían hacer estas cosas para evitar ser una carga a los demás. La codicia, en contraste, es una especie de interés propio desordenado e ilimitado. Adam Smith, el filósofo moral, siempre la condenó como un vicio.

Tercero, Smith nunca sostuvo que cuanto más egoísta seamos mejor funciona el mercado. Su punto, sin embargo, es que en un mercado libre todos podemos perseguir nuestros fines dentro de nuestra estrecha competencia y preocupación -nuestro “interés propio”- y aun así emergerá un orden que excede por mucho las intenciones de cualquiera.

Finalmente, y más importante, Smith argumentó que el capitalismo canaliza la codicia. Reconoció que los seres humanos no somos tan virtuosos como deberíamos, lo que también debería ser de sentido común y experiencia propia. Mientras que muchos pueden vivir vidas modestamente virtuosas bajo las condiciones adecuadas, es raro el individuo que llega a alcanzar una virtud heroica. Dada esta realidad, deberíamos desear un orden social que canalice el adecuado interés propio y el egoísmo hacia resultados socialmente deseables. Cualquier sistema ideal que no pueda canalizar el egoísmo humano está condenado al fracaso. Ésa es la grandeza de la economía de mercado.

Y ese es el problema con el socialismo y con todos los tipos de prescripciones regulatorias del estado intervencionista o totalitariono se adecuan a la condición humana. Concentran enorme poder en las manos de unos pocos líderes políticos y esperan que permanezcan sin corromperse por el poder.

Luego, a través de una redistribución agresiva de la riqueza y de la hiper-regulación, desaniman la persecución productiva del interés propio, a través del trabajo duro y la iniciativa individual o común pero libre. En vez de ello, se anima a la gente a perseguir su propio interés pero en formas improductivas como el acaparamiento, el lobbying, o conseguir que el gobierno robe por ellos.

En contraste, el capitalismo se adecua a seres humanos reales y falibles. “A pesar de su natural egoísmo y rapacidad”, escribió Smith, la gente de negocios “es conducida por una mano invisible […] y así sin procurarlo, sin saberlo, avanzan los intereses de la sociedad”. Nótese su “a pesar de”.

Su punto no es que el carnicero debería ser egoísta, ni que el egoísmo del carnicero sea de particular ayuda. En cambio, argumenta que incluso si el carnicero es egoísta, él no puede hacer que compre su carne. Tendrá que ofrecerle la carne a un precio al que alguien esté dispuesto a comprar. Tiene que buscar formas de establecer un intercambio mutuamente provechoso. Eso es bueno, desde luego.

Así es que un mercado libre puede canalizar la codicia de un carnicero. Pero eso no es lo único que puede canalizar. También el noble deseo del carnicero de alcanzar la excelencia en su oficio, o su deseo de servir a sus clientes bien porque le agradan sus vecinos, o su deseo para construir un negocio exitoso que permita a su brillante hija ir a mejores escuelas y desarrollar plenamente sus dones. El capitalismo no requiere de la codicia. De lo que sí requiere el capitalismo es de la creatividad e iniciativa humanas.

En la búsqueda del “espíritu del capitalismo”, Max Weber sostuvo casi un siglo atrás, que “la avaricia desenfrenada no es en lo más mínimo el equivalente del capitalismo, y todavía menos de su espíritu”. El mito de la codicia, pensaba, era “ingenuo” y “debería ser desechado de una vez por todas en el jardín de infancia de la historia cultural”.

Siguiendo a Weber los chilenos haríamos bien en acabar con esta caricatura sobre que los mercados envilecen a las personas y exaltan sus peores defectos. Necesitamos defensas convincentes del capitalismo –de los acuerdos libres entre personas en los intercambios- que sean más precisas y que apelen a los sentimientos morales de la mayoría de nuestros ciudadanos si queremos que nuestro país prospere en paz y libertad para beneficio de todos, especialmente de quienes menos tienen. Estas defensas no podemos esperarlas de la izquierda. Y por lo dicho, la derecha tiene mucho de qué enorgullecerse por ellas y sería bueno que actúe con la confianza y seguridad que le brindan.

 

[i] https://bostonreview.net/archives/BR37.3/ndf_herbert_gintis_markets_morals.php

 

[ii] https://papers.ssrn.com/sol3/papers.cfm?abstract_id=2457000