Invocando la soberanía del ciudadano y derechos espurios mediante la política del cabildeo, las libertades más básicas podrían verse amenazadas.
Publicado el 05.06.2016
Comparte:

A propósito de cabildos y cabildeos en torno a la Constitución, últimamente he recordado con alguna frecuencia a Sir Winston Spencer Churchill, a quien se le atribuyen las siguientes frases:

“El mejor argumento en contra de la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio”

“La democracia es el peor de todos los sistemas políticos, con la excepción de todos los sistemas políticos restantes”

¿Qué habrá querido decir Churchill? Ciertamente no era anti demócrata. ¿Por qué razón entonces, al menos en apariencia, sería tan crítico respecto del sistema y tan escéptico del buen juicio del votante medio? ¿Pensaría acaso que las personas comunes, como Ud. y yo, somos tontas? ¿Cómo conciliar estas frases con su indiscutida estatura de estadista y su trayectoria política? ¿Qué enseñanza podrían aportar a nuestra realidad actual en el país?

Pareciera que Churchill tenía la convicción que la democracia es un medio y no un fin. De hecho, una interpretación literal de sus dichos la calificaría en algo así como la menos mala de las opciones de gobierno hoy conocidas o, alternativamente, como un mal necesario.

Los seres humanos estamos permanentemente expuestos a distintos tipos de males necesarios. Pero, claro está, un hombre juicioso buscará racionalmente no exponerse a sus efectos adversos. A modo de ejemplo extremo: para un enfermo de cáncer es común que el tratamiento médico contemple la aplicación de quimioterapia, pero “solo el mínimo necesario”, con el fin de intentar evitar un mal superior. Que yo sepa, no se ofrecen promociones de irradiaciones como obsequios navideños.

En mi opinión, Churchill no pensaba que fuésemos tontos, pero sí creía que el juego de la democracia puede ser muy peligroso cuando se desnaturaliza e invade terrenos que no le son propios.

De partida, lo que entendemos cada uno por democracia puede ser radicalmente distinto.

Nacen entonces algunas preguntas atingentes a nuestros cabildeos locales. ¿Cuál es el rayado de la cancha sobre el cual vamos a cabildear? ¿Cuáles son, dentro de tal rayado, los méritos propios del cabildeo? ¿Cuán probable es que el proceso sea capturado por grupos de interés ideologizados que puedan instrumentalizar el proceso constituyente para sus propios fines o lucro político?

Respecto del rayado de la cancha, en un extremo tenemos el enfoque colectivista –que propician algunos sectores de nuestro país–, según el cual se debiera votar sobre casi todo y donde la mayoría de votos siempre gana. Según esta lógica –y ya lo sugerimos hace algún tiempo en este espacio– se podría llegar a extremos en los que dos hombres puedan determinar la esclavitud y aún la muerte de un tercero porque solo se les ocurrió y se pusieron circunstancialmente de acuerdo “democráticamente” por una “mayoría de votos”. Desde luego, de acuerdo a esta visión el cabildeo no tiene rayado ni límites.

En contraposición, tenemos a la –en mi opinión– más refinada idea de gobierno democrático hasta hoy conocida; la que inspiró a la declaración de independencia (1776) y luego la Constitución de los Estados Unidos de Norteamérica en 1787 (complementada con la carta de derechos en 1791, conocida como Bill of Rights). El espíritu central que subyace tras el modelo político americano es que la persona es anterior al Estado; que este último está al servicio del primero y no viceversa. Con este nuevo sistema político por primera vez se pone el peso de la prueba en favor de la libertad de los individuos. En tal contexto, los espacios de cabildeos están –por definición– limitados.

Personalmente, desconozco la posición específica de Churchill respecto del rayado. Lo que sí sabemos es que en Inglaterra no hay una Constitución en el sentido literal de la palabra y, por lo tanto, no hay rayado explícito, aunque sí una rica historia en tradiciones usos y costumbres.

Recordemos que en el Reino Unido el sistema político evolucionó desde una monarquía absoluta a una relativamente más moderada (con el contrapeso de la nobleza) con la promulgación de la Carta Magna –hacia el año 1215– para, posteriormente, establecer un sistema político parlamentario con  la Revolución Gloriosa del año 1689. Presumiblemente, habría que contextualizar los dichos de Churchill dentro del sistema político de su país.

Así las cosas, una interpretación posible de sus dichos consistiría en que él no tuviera realmente la convicción de que el votante medio, y de paso nosotros, seamos tontos. Más bien, sus dichos representarían una advertencia de algunos de los riesgos del sistema por presumir la vigencia de una condición irreal e inexistente, determinada por nuestra limitada naturaleza humana. En efecto, parece poco probable que contemos con un juicio siempre acertado, sobre todo si el sistema político induce a discutir y determinar colectivamente amplios ámbitos del quehacer humano. Normalmente desarrollamos y contamos con juicios bien fundamentados respecto de temas que nos atañen y afectan de forma directa nuestras vidas, especialmente cuando asumimos cabalmente las consecuencias de nuestros errores y aciertos. Esto es, normalmente somos competentes en lo nuestro, pero casi siempre muy ignorantes en casi todo el resto. Es decir, zafaríamos del agravio, pero reconociendo humildemente nuestra falibilidad humana, especialmente nuestra ignorancia respecto de la vasta cantidad de temas que no nos son familiares.

El problema es que la humildad no es una virtud que abunda entre nosotros; bien lo saben los agitadores y cabilderos de profesión. Invocando la soberanía del ciudadano y derechos espurios mediante la política del cabildeo, las libertades más básicas podrían verse amenazadas.