Dos encuestas de YouGov e ICM dieron la semana pasada más de cinco puntos de ventaja a la opción salida (…). Pero en el inicio de esta semana hemos visto las bolsas repuntar aduciendo que el escenario a favor de una permanencia se habría estabilizado.
Publicado el 21.06.2016
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Estamos ante las postrimerías de la campaña de Brexit; la posibilidad que el Reino Unido vote por la salida de la Unión Europea se materializará por sí o no el próximo jueves de esta semana en un referéndum nacional. Las aguas están divididas y nadie arriesga un pronóstico contundente dado las fallas de las encuestadoras en la última elección, cuando los conservadores ganaron en una forma que nadie esperaba.

Parte de la dificultad para establecer este pronóstico viene porque la Unión Europea es, en tantos aspectos, diferente a otras instituciones políticas que existen o que han existido en el pasado reciente. No es un estado federal de soberanía completa, como Estados Unidos o Canadá, pero tampoco una alianza convencional o una organización internacional como la NATO o las Naciones Unidas. Esto hace que sea muy difícil predecir su curso futuro, dado que hay muy escasa evidencia comparativa.

Dos encuestas de YouGov e ICM dieron la semana pasada más de cinco puntos de ventaja a la opción salida. Pero además, la trascendencia para el país y para toda Europa del resultado de la votación del próximo jueves ha convertido a este referéndum en el evento político que más dinero está moviendo en el mercado de las apuestas, cerca de 63 millones de euros -las elecciones de Estados Unidos de 2012 movieron en apuestas unos 50 millones de euros-.  Ellas también tienden a favorecer levemente la salida. Pero en el inicio de esta semana hemos visto las bolsas repuntar aduciendo que el escenario a favor de una permanencia se habría estabilizado. No es extraño que el Reino Unido se encuentre en esta encrucijada. Gran Bretaña se encontraba en su mejor momento en el siglo XIX cuando se convirtió en la pionera del comercio global. Sin embargo, el siglo XX con sus guerras y el establecimiento de los llamados derechos sociales del trabajo, básicamente el otorgamiento de monopolios sindicales todopoderosos, terminó con esa prosperidad. Estancada y nacionalizada, Gran Bretaña se unió en los ´70 a la UE para disfrutar de parte del milagro económico alemán de la postguerra, pero a poco andar fue sacudida con múltiples regulaciones emitidas por los molestos franceses. El hombre europeo es diariamente obstaculizado por la burocracia: las duchas están sujetas a 91 regulaciones. En la city de Londres llaman a Bruselas la “Unión Soviética Europea”.

Un aspecto interesante del debate sobre Brexit es la forma en que atraviesa las líneas ideológicas. El primer ministro conservador, David Cameron, se le opone, incluso haciendo campaña invocando la muerte de la parlamentaria Jo Cox -asesinada el pasado jueves a manos de un fanático con trastornos mentales- lo que seguramente aumentará el número de partidarios por la permanencia. Pero muchos en su partido, incluyendo al anterior y mediático alcalde de Londres, Boris Johnson, están en la vereda opuesta. Por su parte, existe suficiente apoyo a la campaña del Brexit en la izquierda, particularmente entre las figuras de la extrema izquierda, como George Galloway. Pero el líder del Partido Laborista Jeremy Corbyn se opone, aunque es cierto que su defensa parece más que tibia a los eurófilos de su propio partido.

En esencia la retórica de campaña pro Brexit hizo especial hincapié en preservar la cultura británica y controlar la frontera. La inmigración se erigió como la figura del elefante en el dormitorio, imposible de ignorar. Pero Brexit tiene otra preocupación apremiante: las posibilidades de un libre comercio sin restricciones. Brexit: the Movie, estrenada hace un par de semanas en Londres con bastante éxito refuta la idea del aislamiento en que quedaría sumida la Gran Bretaña de votar a favor de una salida y la presenta como un himno de alegría a mayores aspiraciones, menores barreras aduaneras y más bajos impuestos. ¿Cómo llegó a esta instancia el Reino Unido? ¿No es cierto acaso que una zona ampliada de comercio favorece, justamente, al comercio? ¿Por qué entonces aducir que no hay más ni mejor comercio dentro de la Unión Europea? Todos concuerdan en que lo que comenzó en 1957 en Europa como la Comunidad Europea o el Mercado Común, fue positivo para los europeos. Creó lo que su nombre implicaba, una zona de comercio extensa, promoviendo el comercio a lo largo del continente. Evitar levantar barreras contra la inmigración y la renacionalización de empresas, por mucho que no sea políticamente correcto decirlo, ha favorecido a Europa y al mundo. Crear una economía europea ayudó a tener economías más grandes y productivas, precisamente como la inglesa, y a estados más pequeños a escapar del socialismo, incluyendo a los antiguos miembros del bloque soviético.

Desde otro lugar y en otro tiempo, impedir que se erigieran las barreras comerciales estatales también fue uno de los grandes objetivos de la Constitución de los Estados Unidos. El gobierno federal recibió autoridad sobre el “comercio interestadual” para prevenir que los estados protegieran de la competencia a los poderosos intereses locales. Un par de centurias más tardes los americanos disfrutan de enorme prosperidad de su propio “mercado común”.

Pero la Comunidad Europea se fusionó en la recién creada Unión Europea en 1993. A partir de ahí, y desafortunadamente, la Unión Europea se ha deslizado desde el libre comercio hacia el capitalismo prebendario y hacia el proteccionismo, todo rociado por una capa de burocracia todopoderosa en Bruselas, que añade inercia a una proceso político ya esclerótico. Está más preocupada en regular el comercio que en expandirlo. Las reglas burocráticas colisionan, incluso, con excentricidades culturales inofensivas como la de los comerciantes británicos que desean usar los pesos y medidas imperiales, por ejemplo. Bruselas es opaca, difícil de hacer responsable por sus decisiones y no deja de emitir regulaciones interminables sobre todos los temas, desde las horas laborales permitidas hasta el almacenamiento del aceite de oliva.

Y quizás aquí se encuentre una de las piezas clave del fracaso de esta gran zona de libre mercado. Mientras que en los Estados Unidos el gobierno federal tenía como misión impedir que los estados levantaran barreras arancelarias y comerciales pero buscaba garantizar la diversidad y competencia entre ellos, Bruselas tuvo in mente desde su inicio en 1993 hacer a todos los competidores iguales. Su visión de libre comercio implicaba como condición política necesaria nivelar la cancha del juego. Para poder comerciar entre los países de la Unión Europea, todos los trabajadores debían tener el mismo salario, los mismos horarios, los mismos beneficios y la misma capacitación, aun cuando los puntos de partida fueran distintos. Los euroburócratas desconocieron, o quisieron desconocer que lo que nivela la cancha de juego es el crecimiento consecuencia del comercio y no de sus reglas previas. Pero al pretender igualar a todos mediante reglas políticas lo que hicieron es eliminar la diversidad estancando el progreso. Por eso Bruselas choca con los regionalismos y, por ejemplo, los productores de queso cottage de la campiña inglesa quieren frenar las regulaciones sobre cómo almacenar el producto que por centurias ha elaborado cada familia.

En esencia, los eurocráticos que dirigen Bruselas quieren convertir al continente en los Estados Unidos de Europa. Parecen desconocer que las instituciones políticas y legales del Reino Unido han evolucionado de manera muy distinta de las europeas continentales, encajando mal en el rompecabezas de la Europa del continente. El Westminster de Inglaterra, la fuente de la democracia parlamentaria por centurias terminaría, de seguir por este camino, sometido a una extensa burocracia ilimitada a través del Canal de la Mancha.

El 23 de Junio los ingleses enfrentarán un dilema similar al que dividió a federalistas y anti federalistas en el debate de la Constitución de los Estados Unidos. La unidad agranda el mercado y crea un estado más poderoso para resistir daños extranjeros. Pero también crea amenazas domésticas contra la libertad y la comunidad, y existe una manifiesta tendencia de la autoridad de pretender saberlo y regularlo todo, por lejos y desconocida que le sea la materia.

Pero de lo que sí están seguros los ingleses es que -cualquiera sea la opción ganadora Brexit o Bremain- este referéndum obligará a los políticos menos autistas de Bruselas a sentarse a conversar sobre cómo mantener las ventajas de pertenecer a una unión comercial tratando de evitar las desventajas que tan potentemente percibe Inglaterra. Que a estas alturas, son también las que perciben otros países que están en la fila.