El presidente Obama fracasó en su proyecto de imponer la moral y la mentalidad propia de los idealistas, más aún, de aquellos liberales; las buenas intenciones son solamente pensamientos y los pensamientos no son hechos.
Publicado el 20.01.2017
Comparte:

La agonía de lo políticamente correcto será larga. ¿Puede usted visualizar la imagen del Presidente Obama, su estampa de faraón nubio y su agilidad felina enclaustrada en oscuros trajes a la perfecta medida sin que su mente vea de inmediato flamear la melena vikinga de Donald Trump? No aludo a lo racial; no me parece un punto trascendente en la cuestión. Lo que hay en juego es más trascendental.

La llegada de Donald Trump a la presidencia de la primera potencia del mundo es agresiva, es áspera, ofende a los cultores de lo políticamente correcto.

¿Cabe considerar que Barack Obama asumió un papel importante como líder de Occidente, con  todo lo líquido que parezca ese concepto? Fue, sin duda, el conductor de una élite de idealistas -y su consiguiente “establishment” idealista. La administración Obama osciló entre gobernar en el marco de las duras exigencias de la máxima potencia o dar favor al particular establishment anti-sistema. Semejante contradicción responde a una división interna más que aparente, profunda. Ésta no sólo se manifiesta en Norteamérica: nace del mal que corroe las bases de un paradigma democrático occidental que ya no es capaz de lidiar con sus insondables desafíos. El mayor: la confianza se ha volatilizado y la desesperanza llama urgentemente a  un cambio de paradigma –tanto en la teoría como en la práctica. Y eso es precisamente lo que se espera del cambio de mando en Washington, muy a contrapelo de los vaticinios mediáticos que aborrecen la renovación y anuncian debacle.

El gobierno norteamericano saliente ha hecho sentir su presencia –más que nada mediática- durante ocho años. Cuentan que Barack Obama es el Presidente de los Estados Unidos que más veces ha abordado el “Air Force 1” para recorrer el mundo en toda suerte de misiones. En Chile estuvo 24 horas. Sea como fuere, Obama realmente volcó gran parte del potencial norteamericano hacia el exterior, buscando establecer acuerdos comerciales y tratados de toda índole: inspiración para la globalización, no sólo comercial, sino que de costumbres, principios éticos y morales, alojados en una dictadura de lo políticamente correcto. Sin embargo, el bumerán volvió para golpear y la globalización parece dar paso a nuevas guerras comerciales.     Y se generarán nuevos paradigmas científicos e históricos para leer los sucesos inabarcables ya por su proliferación. Sin temor a errar, vale destacar algunos de los principales hitos y consiguientes paradigmas que determinaron la historia de los últimos 70 años: la reconfiguración poco feliz del mapamundi post segunda guerra mundial, el triunfo de la imagen como factor dominante en la cultura, la crisis de los misiles cubanos, la caída del “muro”, el advenimiento de la sociedad de la información y ahora… Donald Trump. El presidente Obama fracasó en su proyecto de imponer la moral y la mentalidad propia de los idealistas, más aún, de aquellos liberales; las buenas intenciones son solamente pensamientos y los pensamientos no son hechos.

Las lágrimas de Obama al final de su discurso de despedida impactaron por reflejar al idealista derrotado. De su carismático porte, de su mirada algo abstracta y de su agilidad atlética, pasó al llanto y al desarreglo. En política no hay peor consejero que los ideales no aterrizados, ya sean filosóficos, económico-financieros, o religiosos y culturales. Los idealistas suelen no ser conscientes de la diferencia entre lo posible y lo no-posible, entre lo posible y lo temerario, entre lo temerario y lo catastrófico.

Echemos una mirada al idealismo predicante a lo Jimmy Carter y otros. A partir de mayo de 1968 el aura revolucionaria romántica europea se  amalgamó con el romanticismo revolucionario tipo “Ché”. Esa amalgama sobrevive hasta el presente. Y más cuajada. No se trata de negar la enorme bondad humana, aunque en el actual nivel de desarrollo humano hay que armarse para mantener la paz. Al respecto no debemos olvidar que el Presidente Obama “empoderó” a todos los idealistas y “bienintencionados” que a su alero cultivaron programas sociales y valóricos de repercusión mundial, en su mayoría originados por y alojados en un variopinto abanico de ONGs, que se convirtieron en plataformas destinadas a cambiar con intelectual violencia los fundamentos del derecho natural y a descalificar a las personas con inclinaciones religiosas o conservadoras. La gran paradoja política de los tiempos modernos es que los idealistas liberales a todo trance pavimentan la senda a los revolucionarios totalitarios. Mantener las riendas firmes a comienzos del siglo 21 es una obligación para quienes todavía creen en la racionalidad del ser humano.

Por su origen, Barack Obama responde a lo que  entendemos por representante nato del establishment: un estrato social bien afincado en aquella sociedad que lo genera y que antes que nada en el mundo busca el status quo. Al respecto no debemos olvidar la “nomenclatura” soviética: es que el establishment no tiene color ideológico. Tiene una dinámica propia. La tranquilidad, la habitualidad de las funciones, del ejercicio de los cargos, sumada a la total indolencia frente al eje moral que mantiene unidas a las sociedades, bien pronto conducen a una parálisis de la efectividad. ¿Debe acaso extrañar que tras ocho años de un gobierno altamente idealista y “tolerante” el racismo haya crecido a niveles sorprendentes en la potencia del norte? Barack Obama encargó la búsqueda de soluciones precisamente a “su establishment”. Como es sabido, el establishment siempre surgirá  de un segmento de la clase media alta intelectual que, ocasionalmente, incorpora a personas “de a pie”, pero que no ejerce definitivamente el poder, sólo lo administra. Mucho se habla de los “poderes fácticos”. ¿Por qué mejor no hablar de élite? Donald Trump es un claro representante de la élite norteamericana, además de ser un pragmático que conoce sus respaldos y capacidades. Que sabe con quién cuenta. Es agresivo, proactivo, deslenguado, intolerante… porque sabe que tiene poder y porque sabe usarlo. Y  porque sabe que debe tirarle el mantel al establishment de los idealistas. La guerra civil entre este último y la élite va a consumir gran parte del primer año presidencial de Trump. La duda que ronda es si más adelante el inevitable y autogenerado establishment republicano podrá resistir los embates de los “bienintencionados de este mundo”, que tan sólo en los Estados Unidos suman decenas de millones.

Ahora, ¿qué viene a significar la medida tomada por Obama en la agonía de su mandato respecto del ingreso de cubanos que buscan asilo en los EE.UU.? Un abierto guiño al régimen de los Castro y su eterna represión de la libertad de desplazamiento, para decir lo menos. ¿Cómo calzar este detalle con el abierto liberalismo de los idealistas que abandonarán la Casa Blanca? Las izquierdas mundiales siempre han minado las estructuras levantadas por los idealistas. Estas son frágiles. Véase lo que revela la próxima defenestración del “Obamacare”: se culpará a la mayoría republicana del Parlamento. ¿Y por qué no se culpa al deficiente diseño de la ley o a los acuerdos nunca buscados o al amor por las utopías?

No diremos que el Presidente Obama no haya traído buenas nuevas, para nada. Sin duda su aporte y eventual legado son parte de la historia de comienzos del siglo 21. Lo da a entender la alta aprobación al término de su mandato. Pero, en nuestra perspectiva, el presidente saliente quedó más al debe que otros antecesores. A pesar de su reiterado mensaje público de paz y entendimiento, Barack Obama dio curso a las más variadas operaciones bélicas en el mundo, especialmente en Oriente medio. Operaciones que parecen fallidas y que tienen un alto e irreversible costo en vidas, que acarrean sufrimientos humanos deleznables y pérdidas materiales, además de patrimoniales inconmensurables.

El afán del pensamiento idealista es imponerse, a como dé lugar. Así, los idealistas del establishment que influyeron sobre Obama precipitaron la llamada “primavera árabe”. ¡Vaya qué eufemismo! para “liberar” a países de religión y estructura política islámica de la “opresión” de sus reyes o dictadores. ¿Preguntó alguien por los acervos culturales de estos países, por su idiosincrasia, por sus contradicciones internas, por su eventual capacidad de gobernarse democráticamente? Así el sombrío imperialismo de los idealistas de la libertad.

Entre los ‘al debe’ más destacados de Obama debe señalarse la guerra del petróleo sirio (sic), que se ha convertido en el conflicto subsidiario más impactante del último decenio: un juego de ajedrez político cuyo probable resultado será suma cero. También deberíamos ponderar otra de las deudas mayores: cuando Barrack Obama subió al estrado de los triunfadores tras ser elegido, tocaron a batir los tambores en toda el África, en los Estados Unidos y otros países con poblaciones de origen africano. ¿Pero, qué hizo que numerosos afronorteamericanos votaran por Trump? Su frustración, pues, ¿qué queda de la autoproclamada nueva era? Y por qué no agregar que también el público partidario bebió esperanzas hasta la total borrachera. ¿Qué queda de ellas? Acusaciones de ida y venida, confusión, la casi total extinción de la esperanza. Y frente al maremagnum de los desesperanzados, de los frustrados rabiosos del establishment, se desata la peor campaña de desinformación desde los tiempos de la Gestapo nazi o de la KGB soviética. Los hilos del terror tejen la última defensa de los idealistas, de los utopistas y de los libertinos. El ninguneo del pragmatismo, del realismo y de un retorno a los valores sólidos, se entreteje con estrategias de violencia callejera, protestas raciales y otros factores que parecen ser los últimos pataleos de la bestia herida. De paso, el Partido Demócrata norteamericano se halla ahora enfrentado a un dilema: ¿La ruta de Sanders, o la de Kennedy?

Por último, miremos los problemas mundiales futuros más acuciantes que esperan a la nueva administración norteamericana. Antes que nada, dar a entender que Rusia y Unión Soviética son dos realidades aparte. Y la Rusia de Putin no amerita los ataques macarthistas inspirados esta vez por los idealistas de siempre. Quien sepa de historia pronto se percatará de algo innegable: nunca ha habido un enfrentamiento bélico o comercial entre Estados Unidos y Rusia. La guerra fría fue un gélido capítulo de gallitos y amenazas, un choque de ideologías. En perspectiva histórica, ambas naciones siempre fueron aliadas y mantuvieron buenas relaciones comerciales y geopolíticas (Alaska, Antártica). Babel no está en Moscú, sino que en nuestras mentes.

A lo anterior ha de agregarse que el gobierno de Donald Trump deberá enfrentar situaciones globales altamente inflamables: Corea del Norte, Oriente medio con todos sus matices, la amenaza de enfrentamientos entre Irán y Arabia Saudí, la guerra comercial con China, las escaramuzas del jaqueo que anticipan la gran guerra del futuro: aquella de los satélites. El mundo del siglo 21 depende netamente de las comunicaciones y de la información. ¿Y dónde están las antenas y los transmisores de la era de la comunicación? Pues, arriba, en el solitario espacio sideral. ¿Qué tal si se desatan conflictos cuyo objetivo sea “bajar” los satélites enemigos? Esta amenaza ya ha sido denunciada por embajadores europeos ante Naciones Unidas. No es broma: podría prescindirse de la guerra nuclear apagando el mundo de las “señales”.           Otro gran problema será encarar la probable y paulatina reforma o liquidación de la OTAN y la des-unión de Europa. De paso, el llamado Brexit revela la sagacidad de tanto el electorado británico como de la conducción política de Downing Street; se va de Europa, abraza a Trump. Gran Bretaña nunca se sintió cómoda en la UE. No tiene un gobierno idealista pero sí dos mil años de historia. El mundo que se viene trae una completa revisión del equilibrio entre las potencias y de sus áreas de influencia. Implica una nueva cartografía y una revisión de la autoimagen del ser humano.

Y, para cerrar: resultado del balance de la gestión de Barack Obama: Donald Trump. Es que al árbol se lo juzga por los frutos, pero a la semilla se la juzga por el árbol.

 

Martín Bruggendieck,  filósofo de la cultura, escritor y traductor.