En la medida que el Acuerdo de París dañe el crecimiento económico, la ironía es que dejará al mundo peor preparado para enfrentar un clima que cambiará, estemos o no como especie en el planeta.
Publicado el 05.06.2017
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Corría el 12 de Diciembre de 2015 cuando los titulares de los principales periódicos del mundo celebraban el histórico “Acuerdo de París” firmado por todas las naciones del mundo para disminuir las emisiones de carbón, hecho histórico que frenaría el cambio climático. O por lo menos así lo enunciaban estos medios, como si las élites internacionales que participaron en tal evento fueran las encargadas de decir qué es y qué no es historia, y como se hace para modificar su curso.

Desde luego ningún medio respetable le daría entonces espacio a las voces disidentes de los “negadores del cambio climático”, aquellos numerosos grupos populares que justificadamente se presentan escépticos respecto a las políticas regulatorias y redistribucionistas que pretenden imponer desde el movimiento del cambio climático. Este recelo no es en vano. En décadas pasadas personajes parecidos se agrupaban bajo el manto del enfriamiento global, pero vinieron años de calentamiento y hubo que realizar un giro semántico. Por ya mucho tiempo la izquierda ha predicado un marcado pesimismo sobre el clima, siempre en el error y su única solución ha sido dirigir y controlar la economía, y lucrar del tema.

El Acuerdo de Paris fue un pacto “voluntario”. Sus arquitectos sabían que jamás pasaría el Senado de los Estados Unidos como un tratado por la sencilla razón que se basa en la obligación para las agencias regulatorias del gobierno de los Estados Unidos de imponer mandatos extremos al sector energético americano: cómo debe funcionar, qué tipo de emisiones deben producir, la mejor manera de proveer energía (léase, excluyendo los combustibles fósiles) y entregando al mundo en desarrollo billones de dólares en ayuda, una transferencia directa de riqueza de los contribuyentes americanos a los regímenes del resto del mundo. Recordemos que el Protocolo original de Kyoto sobre cambio climático fue rechazado 99-0 en el Senado americano, con el voto negativo incluso del senador Kerry, quien luego fuera candidato demócrata a la Presidencia de los Estados Unidos. Sin embargo Obama con su visión autoritaria y omnipotente de la presidencia de su país, decidió que aún sin presentar el acuerdo al Congreso podía, en base a lo que él estimaba eran las facultades del Poder Ejecutivo, cumplir con sus cláusulas.

También el 12 de Diciembre de 2015 Donald Trump se encontraba en el medio de una gran batalla por la nominación Republicana. Era ampliamente considerado un candidato payasesco a quien sin dudas el sistema electoral americano, manejado por las élites, resistiría por demagogo. Además los mismos medios que proclamaban con bombos y platillos el Acuerdo de París lograrían avergonzar a cualquiera que se atreviera a apoyarlo. Imposible que ganara. Para ser justos, la prensa pretendía que no existía. El Huffington Post colocaba la cobertura de su campaña en la sección humorística.

Y entonces el Presidente Obama volvió de los encuentros de París aclamado por la gente correcta. Él sólo había tomado la elección responsable y correcta en nombre de todo un país de firmar el acuerdo; había elegido por cada negocio, cada trabajador, cada consumidor, cada individuo que viviera dentro de los límites de los Estados Unidos y que usara cualquier tipo de energía sobre cómo se la utilizaría en su país de ahora en más.

La élite tecnócrata mundial hablaba de cómo los Estados Unidos “habían acordado” cortar las emisiones de combustibles fósiles y financiar la construcción de sectores libres de este tipo de energía alrededor de mundo. Era extraño leer en los medios tales afirmaciones ya que los “Estados Unidos”, país democrático por excelencia, no habían acordado nada: ni un solo votante, trabajador, propietario o ciudadano había votado o se había expresado por tal acuerdo. Y principalmente ni la Cámara de Representantes ni el Senado – órgano constitucional designado para la aprobación de tratados internacionales – habían estado involucrados. El Presidente Obama no presentó el Acuerdo de París al Congreso para su ratificación o debate, sentando de paso un precedente dictatorial gravísimo de haber sido cumplido.

Los globalistas que han tratado de hacer que Paris funcione tienen una sorprendente falta de autoconciencia. Actúan como si no existiera una sola duda legítima sobre el problema del cambio climático, sobre su análisis de causa y efecto, del discernimiento de sus expertos seleccionados, o de la solución coercitiva que proponen. Como ha ocurrido con incontables otros planes estatistas y centralistas en los últimos cien años, creen que es suficiente reunir a las personas que ellos consideran correctas en un hotel de lujo, acordar una lista de deseos, firmar unos pocos documentos y sentarse a ver el curso de la historia conformarse a sus deseos.

Y entonces habló Trump. Dijo que ese asunto de París era un mal acuerdo para los americanos y que unas élites globales, sin un solo voto del Congreso presumían del control sobre áreas masivas de la economía, obstaculizando un importante sector productivo que beneficiaba a todos y transfiriendo billones de dólares fuera del país, con aquiescencia del partido en el poder.

Y Trump ganó la presidencia. Y el pasado jueves 1 de Junio anunció, para horror de las élites verdes mundiales, que los Estados Unidos se retiraban del Acuerdo de París. En una ceremonia en el Jardín de la Rosa, Trump rompió con el acuerdo de 2015: “Nos retiramos. Comenzaremos a renegociar y veremos si existe un mejor acuerdo. Si lo logramos, fantástico. Si no lo logramos, pues así será.” Esta indiferencia inspiró una crisis política predecible, con el lobby anti carbón invocando la muerte de la humanidad, el desastre planetario y una mancha histórica permanente.

Pero en medio de la indignación, los agraviados todavía no han llegado a resolver la contradicción inherente a París, ser un acuerdo que permitiría ahorrar emisiones de carbón a nivel planetario, pero fallar en sus propios términos. Es una promesa de falso progreso. Las 195 naciones signatarias ofrecieron sus propios compromisos de reducción de emisiones de carbono o INDCs pero de poco sirve su palabra de disminución de emisiones “alrededor” de 2030, y tal vez más tarde o nunca, ya que París no incluye mecanismos de cumplimiento para prevenir las trampas. Aún con lo propensa a la planificación que era la administración Obama, nunca identificó un programa de impuestos y regulaciones que estuviera cerca de cumplir con su propia promesa de reducción de emisiones del 26% al 28% respecto de los niveles de 2005 para 2025. París es, por lo tanto, un ejercicio de elocuencia moral y social que probablemente ejercería poca o ninguna influencia sobre el CO2 atmosférico, mucho menos sobre las temperaturas globales y el complejo sistema climático de ser implementado, pero sí lograría un grave efecto económico y gran bonanza monetaria para abogados y lobistas.

La manera más segura de “negar el futuro”, expresión usada por Obama ante el retiro de los Estados Unidos el pasado jueves, es recargar la economía con nuevos controles políticos porque el crecimiento económico es el que permite el desarrollo del ingenio humano y el progreso tecnológico. Estas son las principales fuerzas que desatan las transiciones energéticas para generar mayores riquezas con menores recursos. Por caso, sin intervención de París, la intensidad de la energía – la cantidad de energía necesaria para crear un dólar del PIB – ha caído 58% en Estados Unidos desde 1990. En los últimos cinco años las emisiones en el país del norte han caído 270 millones de toneladas. En el mismo período, la intensidad declinó sólo 37% en la OECD, 20% en Japón, 22% en México y 7% en Korea. De hecho es el dinamismo e innovación liderado principalmente por los Estados Unidos los que generan los cambios tecnológicos que han permitido alcanzar estas disminuciones.

Una sociedad más próspera en un siglo o más es una meta más importante a conseguir que pedir al mundo que acepte un nivel de vida más bajo hoy a cambio de beneficios simbólicos. Las naciones más pobres en un mundo donde 1.35 millones de personas viven sin electricidad nunca aceptarían tal intercambio en ningún caso.

La evidencia indica que el cambio climático no es un tema para preocuparse demasiado sino que hay que confiar en que la humanidad encontrará formas de adaptarse.  En la medida que el Acuerdo de París dañe el crecimiento económico, la ironía es que dejará al mundo peor preparado para enfrentar un clima que cambiará, estemos o no como especie en el planeta.