En este filme, que se estrena hoy y que protagoniza Charlize Theron, uno puede imaginarse a la producción haciendo un esfuerzo para que muchos de los jóvenes trabajadores nacidos luego de la caída del Muro de Berlín tomen conciencia que el comunismo en Europa alguna vez existió y para que sepan cómo terminó. Se trata de una película que nos lleva al pasado y nos muestra qué se siente vivir bajo una tiranía y por qué estaba condenada a terminar.
Publicado el 31.08.2017
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Hoy se estrena en Chile Atómica (Atomic Blonde), el exitoso thriller de David Leitch, respuesta femenina a John Wick y una adaptación de la previamente conocida The Coldest City. La protagoniza la inmensamente talentosa Charlize Theron (Mad Max: Fury Road).

Tal como se ve en la saga encabezada por Keanu Reeves, también en este caso se puede apreciar en cabeza de Killer Queen un despliegue de violencia estilizada, impecable fotografía, destacadas coreografías y reconocidas figuras: James McAvoy (Wanted, X-Men: Apocalypse), John Goodman (The Big Lebowski, 10 Cloverfield Lane), Til Schweiger (Inglourious Basterds), Eddie Marsan (The World’s End), Sofía Boutella (Kingsman: The Secret Service, Star Trek Beyond) y Toby Jones (Captain America: The First Avenger).

Kurt Johnstad (300: Rise of an Empire) escribió el guión, basándose en la novela bestseller creada por Anthony Johnston. Y si bien en su forma literaria es un thriller de acción vertiginosa que seguirá a la asesina más letal del MI6 a través de una Berlín convertida en una bomba de tiempo con jaurías de revolucionarios y colmenas de traidores, el film es una pieza seria de historiografía política. Se trata de recordar. Uno puede imaginarse a la producción haciendo un esfuerzo para que muchos de los jóvenes trabajadores nacidos luego de la caída del Muro de Berlín tomen conciencia que el comunismo en Europa alguna vez existió y para que sepan cómo terminó. Se trata de una película que nos lleva al pasado y nos muestra qué se siente vivir bajo una tiranía y por qué estaba condenada a terminar.

Seguramente a los responsables del marketing no es ésta la arista que más les importó destacar. En lo que a sus intereses concierne, el film versa sobre una rubia apasionante que golpea, patea, apuñala y mata por un sueldo, interpretada por una de las actrices más solicitadas del planeta. La protagonista es bella y hace cosas duras y en el límite. Esto es lo que atraerá a la gente al cine. Fin de la historia.

Y en efecto es esto lo que posiblemente seducirá a los espectadores. Lo que obtendrán, sin embargo, es una muy importante y necesaria lección acerca de uno de los más espectaculares momentos de la historia moderna, uno que está condenado por siempre a ser ejemplo para los oprimidos de este planeta.

La trama cubre aquellas excitantes y tumultuosas últimas semanas en que la Alemania Oriental pasó de ser un espantoso estado-prisión a estar abierto a Occidente, resultado final de un vasto movimiento de resistencia desde una base popular que logró tirar abajo en cuestión de pocas horas el Muro de Berlín, de 155 km de largo, de los que 127 estaban electrificados, con 302 torres de control, 20 bunkers y más de 11.000 soldados custodios y que se mantuvo en pie durante 28 años.

El Muro cayó y eso es lo que se vio en el mundo entero, pero lo que trasunta la película y por lo que Berlín queda como ejemplo es que fue mucho más que eso. Se trató de una nueva manera de pensar acerca de la política hacia el final de la Guerra Fría: se logró pasar del total control estatal, del panóptico literal a la libertad en menos de lo que pestañea el ojo. Dejando de lado las trompadas y los tiroteos, Atómica captura el ritmo vertiginoso del período, un tiempo en el que los eventos se desarrollaron más rápido de lo que los medios pudieron cubrir. Muchos pensaron que la Guerra Fría duraría por siempre. Y de repente, un día, se acabó.

Al inicio del film toda la dinámica de la Guerra Fría está en juego, con los miembros del estado matando a cualquiera que tratara de escapar del Muro y espías y contraespías trabajando en sus redes. Buscar un fin al Muro o intentar atravesarlo equivalía a firmar la propia sentencia a muerte. La vida real lista 134 asesinatos de personas que trataron de cruzarlo, pero se estiman fueron cerca de 1.008 el total de asesinatos si se incluyen los intentos por todos los pasos a lo largo de la frontera entre la Alemania dividida.

En cada escena de la Alemania Oriental socialista/comunista se palpan la pobreza, el despotismo, la corrupción y la desesperación. La película cuenta la amarga verdad que la actual izquierda socialista de moda tan convenientemente olvida. Podrán decir lo que quieran sobre los gloriosos ideales socialistas pero, en la práctica, el socialismo degenera en un control despótico de arriba hacia abajo de parte de un estado policial que anula a la disidencia hasta llegar a su asesinato. Sólo transcurre subsistencia del otro lado de un inmenso Muro, lleno de cañones de pistolas donde quiera que se vaya.

Conocer la verdad de este período histórico importa. La economía es una ciencia imperfecta porque, a diferencia de las ciencias llamadas duras, es difícil comprobar los experimentos y eso condena a economistas y analistas a realizar propuestas a menudo contradictorias de políticas económicas. Pero la historia, excepcionalmente produce laboratorios: las dos Alemanias permitieron comparar las virtudes y los defectos de la economía socialista frente a la economía liberal y puso de manifiesto la eficacia relativa de la economía abierta frente a la economía autárquica. Occidente experimentó lo que dio en llamarse el milagro de la prosperidad. El Este, en cambio, se congeló en el tiempo, tal como cualquier otro caso de socialismo, convertido en una tierra de miseria, estatismo y empobrecimiento.

La película comienza con el discurso del 12 de junio de 1987 del entonces presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan, con motivo de celebrarse los 750 años de la fundación de Berlín, oportunidad en la que demanda con la ya famosa frase: “Sr. Gorbachov, tire abajo este muro”. Inmediatamente se muestra un texto en el que se asegura al espectador que la película no versa sobre ello. Pero en realidad, tal como resulta, ello es precisamente de lo que se trata.

Se introduce acto seguido el submundo de la Alemania Oriental de 1989 con sus obsesiones por el rock punk, los jeans y el contrabando ilícito de todo tipo. Se lo podría llamar corrupción si se quiere, pero es la forma que la revuelta tenía aquellos días: era personal, no institucional. El estado totalitario había quebrado cualquier tipo de fe que las personas pudieran haber desarrollado en códigos de normas, de civilidad y de moralidad y había obligado a la anemia religiosa, y aquella anarquía individual era lo único que quedaba bajo el amparo de nadie y a resguardo del estado convertido en un asesino. Los jóvenes alemanes de entonces anhelaban una vida libre, lo que fuera que ello significaba ya que tras 28 años de existencia del Muro gran parte de la juventud de la Alemania Oriental había nacido bajo la vigilancia del Estado.

A mediados de los ’80 no se conocía mucho de este movimiento en el resto del mundo. No existían noticias de la vida diaria tras el Muro y había muy poco contacto, tal como sucede con Corea de Norte hoy a pesar de los avances tecnológicos. Se sabía que existía un régimen tiránico gobernando el lado Este de la alguna vez unida Alemania, pero se tenía muy poca noción de la existencia de un movimiento de resistencia que eventualmente asistiría en la demolición del Muro.

Es justamente en Atómica, a través de Lorraine Broughton, la agente de inteligencia Británica que entra al Este para encontrar la lista de doble agentes declarados en Rusia y Alemania para llevarlos al Oeste antes que sean sacrificados, que se le da al espectador un asiento en primera fila para observar alguna de las estrategias usadas por el movimiento de la resistencia para frustrar la violencia del cruel régimen estatal bajo el cual vivían.

Pero he aquí lo que es particularmente interesante. La película se trata sobre espías y estados, pero no son los actores los que impulsan la narrativa política. Lo que se muestra entre líneas es una revolución de base popular aunque individual, cómo el pueblo unido por el objetivo de la libertad jamás será vencido. Sin importar cuan poderoso y sangriento pueda ser un régimen, es impotente frente a una población que se rehúsa a someterse al dominio de unos pocos armados.

Y sí, desde luego están esas escenas de pelea mano a mano que requirieron de Charlize Theron un largo período de entrenamiento (“mis entrenadores básicamente me hicieron vomitar de cansancio día tras día”). Se rompió sus dientes de apretarlos tan fuertemente y tuvo que someterse a cirugía para repararlos. Los resultados son espectacularmente excitantes a medida que ella usa su inteligencia y habilidades para superar hombres que la doblan en tamaño. Y sí, también se la podrá criticar por su falta de realismo, tal como podría hacerse con cualquier película de James Bond o Misión Imposible. Pero eso no quita la sacudida que se obtiene al ver secuencias de acción tan bien logradas.

Recordando los inmensos daños que causó el comunismo –la maldad del eterno líder de la Alemania Oriental Erich Hoenecker y su mujer, la apodada Bruja Púrpura- y la emocionante excitación de aquellos días cuando el régimen cayó tan dura y repentinamente en la región, es frustrante ver cómo la aspiración socialista es retratada por Hollywood: bella, valiente e idealizada. Sus poderosos y habitualmente populares simpatizantes –que suelen vivir en inmensas mansiones en Los Ángeles- se las arreglaron para desprestigiar en la pantalla grande al nacionalismo, al fascismo y al nazismo pero quienes se atreven a manifestar su desaprobación del comunismo militante en términos igualmente vehementes corren el riesgo de verse denunciados como neo-nazis racistas. Atómica es, por ello, un respiro muy bienvenido de tal sinsentido. Muestra la tiranía por lo que fue. Hasta incluye una línea horrorosa de disidentes que son torturados simplemente por ser opositores ideológicos, por pensar distinto.

Atómica hay que verla por las peleas. Hay que verla por su chica. Hay que verla por la acción. Pero cualquiera sea el motivo que lleve a las personas a verla, no podrán perder su mensaje político. Ese Muro, y la tiranía que ocultó, también se irán a las casas entre sus escenas coreográficas ultraviolentas.