Los autores escogieron algunos pasajes del libro publicado en septiembre que hoy adquieren mayor relevancia luego del triunfo de la centro derecha en la segunda vuelta presidencial. Serán tres artículos que “El Líbero” publicará a partir de este miércoles y que se titulan “El Frente Amplio y la amenaza populista”, “Los dilemas de la centroderecha y los liberales”, y “Los desafíos de Sebastián Piñera”.
Publicado el 27.12.2017
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“Diálogo de conversos II” publicado en el mes de septiembre (Editorial Sudamericana) fue nuestro intento de mirar los desafíos del presente, en el contexto de las grandes transformaciones globales que le dan su marco al desarrollo de nuestro país. Nuestro diálogo fue desde el escenario mundial hasta la realidad chilena actual, pasando por América Latina y recorriendo también la historia de nuestro país. El momento allí reflejado es el de mediados de 2017 y quisiéramos, a medio año de distancia y después del gran triunfo de Sebastián Piñera en las recientes elecciones presidenciales, hacer accesible a los lectores de “El Líbero” algunos pasajes tomados de los dos capítulos finales de nuestro libro. Creemos que estos días de calma que median entre Navidad y Año Nuevo brindan un momento propicio para reflexionar sobre algunos temas que marcarán nuestro futuro de manera decisiva. Hemos agrupado los pasajes que reproducimos en tres bloques: “El Frente Amplio y la amenaza populista”, “Los dilemas de la centroderecha y los liberales”, y “Los desafíos de Sebastián Piñera”. En esta oportunidad, abordaderomos el primero.

El Frente Amplio y la amenaza populista

El Frente Amplio no es sino el producto de la contradicción vital en que han vivido nuestras nuevas clases medias, la confesión de su fracaso ético más profundo en medio de su evidente éxito material.

 

Roberto: Un tema muy importante en este contexto es el del poder en sí mismo, que también muestra una mayor fragmentación y, sobre todo, fragilidad. Como dice Moisés Naím en El fin del poder: “En pocas palabras, el poder ya no es lo que era. En el siglo XXI, el poder es más fácil de adquirir, más difícil de utilizar y más fácil de perder.” Su característica principal es ser extremadamente transitorio, temporal, y esto se ve a todo nivel. En las sociedades abiertas y democráticas, los “poderosos” o los aspirantes a serlo tienen actualmente fecha de caducidad muy breve y el arco que va del auge a la caída es muy acotado. La novedad se agota rápidamente y el escrutinio de la persona es implacable e incontenible en un mundo donde las voces que acceden a lo público se han multiplicado infinitamente. La clase política ya no maneja la comunicación, sino que ésta parece manejarla con consecuencias habitualmente letales para quien caiga en el punto de mira. Esto es parte del fenómeno de empoderamiento ciudadano así como de la horizontalidad creciente de las relaciones sociales y, no menos, de la desacralización de toda autoridad, que es uno de los rasgos clave de nuestro tiempo.

Mauricio: Este escenario, donde todo parece ser efímero, la autoridad se diluye y la unidad social se resquebraja, comporta no solo desafíos nuevos, sino que es terreno abonado para lo que ya es la melodía de nuestro tiempo: el populismo con sus líderes carismáticos. De ello ya hemos dicho algunas cosas, pero es pertinente volver al tema dada su importancia global y, no menos, considerando el hecho de que Chile probablemente se encuentre a las puertas de su irrupción en serio, tal como ya lo anuncian algunas candidaturas presidenciales del momento.

R: Me temo que tengas razón y este será nuestro gran dolor de cabeza futuro. Tal como Mario Vargas Llosa escribe en su prólogo a El estallido del populismo: “El comunismo ya no es el enemigo principal de la democracia liberal –de la libertad–, sino el populismo.”

M: En una sociedad fragmentada, que experimenta una pérdida del sentido de comunidad nacional y una importante crisis de la confianza en las élites, surge una demanda de lo que podemos llamar un creador de identidad, inclusión, sentido de unidad, confianza y autoridad. Esos son los elementos clave de lo que Ernesto Laclau llama la “situación prepopulista”. Es decir, las ausencias se pueden transformar en una presencia que se propone como la solución de todas las angustias y enigmas de una sociedad disgregada y desorientada. Este es el espacio propicio para el surgimiento de movimientos redentores y, sobre todo, de caudillos carismáticos que se proponen ellos mismos como la encarnación de todo aquello que falta en la sociedad: vocación de unidad nacional, identificación con el pueblo y autoridad indiscutible. Esto es lo que se logra mediante la operación discursiva clave del populismo: la dicotomización de la sociedad en dos polos radicalmente opuestos, el pueblo y el anti-pueblo o élite. Esto define al populismo como proyecto excluyente de construcción de la unidad nacional, donde ésta se logra derrotando y sometiendo a aquella parte que se define como no perteneciente al pueblo. Así, la inclusión social y la unidad nacional de que habla el populismo se logra a costa del conflicto y la exclusión de una parte de la sociedad.

R: Eso diferencia al proyecto populista, tal como el marxista o el nacionalsocialista, de los proyectos del arco político que va de la socialdemocracia al socialcristianismo y al liberalismo social, los cuales plantean proyectos de unidad nacional que no excluyen a ningún sector de la sociedad, sino que los convocan a todos a ser parte de un esfuerzo común por construir un país mejor.

M: La gran lucha venidera en Chile será justamente entre estas dos formas de definir al pueblo y la unidad nacional: una que divide y antagoniza, otra que busca conciliar las diferencias y sumar fuerzas. En todo caso, es urgente formular un relato que convoque y reúna a una sociedad que está cada vez más disgregada y desencantada. Es en este terreno, el de los relatos y el imaginario, donde, finalmente, se decidirá nuestro futuro. Si no se enfrenta decididamente esa tarea el populismo puede terminar siendo uno de los principales productos de la fragmentación, ya que toda sociedad tiene un límite de dispersión social que de superarse se transforma en anomia y caos. Por ello, el “nosotros” nunca puede desaparecer completamente y su creciente debilitamiento puede propulsar una reacción radicalmente anti liberal, que agite nuestro instinto tribal y busque restablecer lo común mediante el colectivismo, el estatismo y los lideratos carismáticos.

R: Interesante lo del imaginario y la disputa sobre el Chile imaginado desde distintas perspectivas y proyectos, lo que nos lleva al aporte decisivo de Benedict Anderson en Comunidades imaginadas para entender lo que es la esencia de la disputa política en épocas sin consenso hegemónico. Me explico. El consenso hegemónico no es otra cosa que la expresión de un imaginario o relato nacional compartido, con su visión de la historia, del presente y, no menos, del futuro que podemos construir. La ruptura de ese consenso abre una fase de conflicto no solo entre fuerzas políticas opuestas, sino también entre imaginarios o relatos alternativos. Y en una fase así nos encontramos hoy, en medio de una disputa, que se hará mucho más intensa en los años venideros, entre un relato de continuidad con cambio y uno rupturista, de cambio refundacional. Estos relatos se irán haciendo cada vez más perfilados en la medida en que vayan madurando y se decanten más nítidamente las alternativas políticas que los representan.

M: Es interesante lo que dices, ya que la centroderecha es fuerte en la definición de las tareas inmediatas, es decir, en lo referente al aquí y al ahora, pero débil en la mirada larga, en el gran relato convocante y entusiasmante, mientras que la izquierda radical, ya que la otra poco cuenta dado su estado de división y extenuación, es fuerte en la proyección utópica de largo plazo pero muy débil en cualquier concreción que no se limite a ser un “anti algo”.

R: Lo que dices me lleva a reflexionar sobre las características que veo en el Frente Amplio. No hay duda de que es un movimiento que tiene mucha influencia en los así llamados “millennials”, que es, generalizando, un sector con un acceso extraordinario al consumo y a la información. Nunca la gente joven había tenido una capacidad adquisitiva semejante, ni había estado tan bien comunicada e informada como hoy. Nunca antes gente tan joven había podido poner en jaque, y en forma rápida, a una sociedad. Ahora, mirando los dirigentes del Frente Amplio es fácil constatar que tienen un perfil no solo millennial, sino bastante elitista, ya sea por su origen social, los colegios a que asistieron o la forma en que hablan, y también excesivamente autorreferente. Esto es interesante porque la izquierda más militante de los años 60 y 70, que también se componía de jóvenes con ese tipo de características sociales, hablaba mucho de la necesidad de una alianza obrero-estudiantil, o con los campesinos, o los pobres de la ciudad y el campo, de una suerte de trascendencia social que la legitimaba, pero eso ya no está presente y se refleja claramente en las demandas que se promueven, que son típicas de las clases medias emergentes y se ubican en un universo dominado por lo que se ha denominado “valores posmaterialistas”, propios de una cierta afluencia y lejanos de las reivindicaciones y valores característicos de la pobreza.

M: Baste a este respecto pensar en su reivindicación más sentida: educación superior “gratuita” –es decir, pagada por otros– para todos. Lo que no solo es una demanda fuertemente regresiva en lo redistributivo al incluir a los grupos de mayores ingresos, sino que compromete los recursos públicos futuros con total despreocupación por quienes, aun siendo más necesitados, no accederán a ellos.

R: Otra característica es la del simulacro, en el discurso y también en la vestimenta. Cuando uno, con los años que tiene, escucha el discurso de algunos dirigentes del Frente Amplio, se dice “pero si está calcado de lo que yo escuché en los años 60 y 70 de la izquierda latinoamericana” y la verdad es que en lo que dicen hay poca novedad y mucho del viejo épater le bourgeois, excepto esa indiferencia autorreferente hacia los pobres que ya se mencionó. Sin embargo, están convencidos de representar una novedad total, quizás porque no han conocido o estudiado a fondo esa etapa. Si lo hiciesen se darían cuenta de que están reciclando un discurso añejo. También es un simulacro en términos de vestimenta. Esto de andar con la barba, la melena, el chaquetón verde olivo con los bolsillos de comandante en jefe, los bototos, eso lo conocimos nosotros, también fuimos simuladores, pero nuestra farsa terminó como tragedia.

M: Dan ganas de decir, con el Marx del 18 Brumario de Luis Bonaparte, que hay ciertos personajes que aparecen dos veces en la historia, “una vez como tragedia y la otra como farsa”. Y luego agregar: “cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto (…) es precisamente cuando convocan temerosos en su auxilio a los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia”.

R: Hay un notable ensayo de Alessandro Baricco, titulado Hanói, donde habla de los vietnamitas ancianos que nadan horas contra la corriente del río Rojo, y que salen después en el mismo punto en que entraron. Pasaron las horas, pero vuelven a salir allí mismo. Estos jóvenes me recuerdan a ratos a esos ancianos vietnamitas.

M: Como que quisieran desmentir a Heráclito y bañarse mil veces en el mismo río.

R: Eso me lleva a otro rasgo de esta novísima novedad: el retrogresismo, esto de pensar que el futuro está en el retrovisor. Es muy claro. Incluso en la forma de idealizar al Chile del pasado, el país pobre, profundamente injusto e insolidario que nosotros conocimos y que estalló en 1973. Por eso es tan chocante cuando se habla de “recuperar derechos”, como si en el Chile del pasado, ese que en su momento fue radicalmente condenado por izquierdas y derechas, los hubiese habido en abundancia. Y hasta se idealiza el gobierno de Allende, y nadie siquiera toca su populismo flagrante y los enormes problemas económicos y de todo tipo que generó.

M: Es que se trata de construir un imaginario donde el mito resplandeciente de una edad dorada supuestamente destruida por el “neoliberalismo” y el “capitalismo salvaje” se enlaza con la utopía de su recuperación refundacional.

R: Eso conecta con otra característica de la nueva izquierda: la memoria sesgada. Es una memoria llena de olvidos fundamentales y silencios imperdonables acerca de cómo nuestro país llegó a la división, a la polarización y a los odios más profundos, al peligro de una guerra civil, al desabastecimiento y la inflación más alta del mundo. Nada de ello justifica los horrores de las violaciones a los derechos humanos que se cometieron en dictadura, pero silenciarlo es hacerse cómplice de una monumental manipulación del episodio más triste de nuestra historia y, de hecho, coquetear con su repetición.

M: Es que quieren obviar las grandes preguntas que todo chileno que desea aprender algo de la historia debe plantearse con honestidad: ¿Cómo llegamos al 11 de septiembre de 1973? ¿Cómo llegamos a odiarnos tan intensamente como para estar dispuestos a aniquilarnos los unos a los otros?

R: Otra cosa interesante es el síndrome de “matar al padre”. Están muy urgidos por cometer un parricidio político, y para ellos se trata tanto de la Concertación como de la Nueva Mayoría, pero sobre todo de Patricio Aylwin, que es visto como el gran cómplice de la perduración del aborrecido “modelo neoliberal” y el artífice de una transición “en la medida de lo posible” y no de un maximalismo justiciero anacrónico. Lo mismo con respecto a Ricardo Lagos. Y me llama mucho la atención que se hayan convertido –ellos mismos se han autoerigido– en jueces supremos del país, desde una posición de pedestal, pura y virginal, que no solamente aprueba o desaprueba, absuelve o condena, sino que también considera a sus miembros modelo de virtud, pureza e integridad. Veo que la metamorfosis de Bachelet en su segunda administración es también, en términos figurativos, un modo de evitar ser “muerta” por los hijos. La autodefinición de estos hijos sería: “Los demás son culpables de todo lo malo que aquí pasa, y como yo vengo de otra generación no tengo ninguna responsabilidad. Solo traigo en mis manos la honestidad por un lado y, por el otro, la verdad revelada”.

M: Así se lo imaginan, pero ya llevan bastante tiempo haciéndose cómplices e incluso portavoces de ese relato nada inocente sobre la historia de Chile que ya comentamos, fuera de solidarizarse o al menos guardar silencio o buscar excusas y justificaciones para las dictaduras de Cuba y Venezuela.

R: Otra característica es la visión facilista de la vida, que tiene mucho que ver con el voluntarismo, de que las cosas dependen simplemente de querer hacerlas, y que creo que se debe a que es una generación que está acostumbrada a la gratificación instantánea. Por ello jamás escuchas la pregunta: ¿qué puedo hacer yo por mi país?, sino al revés, ¿qué más puede y debe hacer el país, es decir, el Estado, por mí?

M: Este último punto es clave no solo para entender la sicología que tiende a predominar en una generación, sino la amenaza más profunda a la continuidad de aquel Chile que supo salir de la mediocridad y ponerse en rumbo al desarrollo. Hubo un tiempo en que nos creímos los jaguares de América Latina, los campeones de la región, los que corrían más rápido y llegaban más lejos que el resto. Tal vez, considerando nuestro estado de ánimo actual, ya ni no nos acordemos de ello, pero lo del jaguar fue una metáfora interesante pero engañosa, que ocultaba una gran falsedad. La verdad es que la ética social chilena no se permeó del espíritu del simbólico jaguar, de ese correr veloz, ese esfuerzo intenso, esa tremenda tensión muscular y mental que implica la idea del jaguar. Es cierto que durante un tiempo, por la dureza de las condiciones imperantes, tuvimos que correr como jaguares, pero creo que lo hicimos sin convencimiento interno, simplemente porque no nos quedaba otra. Esto lo demuestran, contundentemente, los valores y las actitudes que la amplia clase media que surgió en nuestro país le transmitió mayoritariamente a sus hijos, justamente aquellos que luego saldrían a la calle a pedir “sus derechos”. No los formaron en la ética del deber ni del esfuerzo, del ganárselo todo con el sudor de la propia frente, sino en la de pedir y recibir, de evitar todo esfuerzo que se pudiese evitar, de las nanas, la comida servida y la cama hecha, y poniendo “lucas” para que los niñitos fueran de vacaciones, se compraran el autito, tuvieran un plasma propio y salieran de carrete cada fin de semana. El que pudo pagó y mimó, y se eximió así de la cercanía humana que reemplazamos con cosas y, sobre todo, de ser padre o madre “fregado” y “apretado”. Esa constituyó la actitud predominante en aquellas clases medias que fueron los grandes héroes de nuestro progreso, pero que abortaron la continuidad de su propia obra porque, en el fondo, nunca incorporaron ni transmitieron sus fundamentos éticos. Fueron solo pretenders de jaguar y hoy miran con asombro e incomprensión a sus hijos, que alegremente adoptan la ideología de los derechos, del Estado que nos debe dar esto y lo otro. En este sentido, el Frente Amplio no es sino el producto de la contradicción vital en que han vivido nuestras nuevas clases medias, la confesión de su fracaso ético más profundo en medio de su evidente éxito material.

R: O tempora! O mores! Ese sí que fue un terrible j’accuse. Huelo tu experiencia sueca detrás de esto e incluso la sombra de Lutero.

M: Bueno, tú también conoces los mores del norte. En las sociedades del norte de Europa todavía se aprecia claramente la fuerte transmisión de una cultura del deber y de la responsabilidad. En Suecia se dice: “Haz tu deber, exige tu derecho”, en ese orden. Los millennials suecos –entre ellos mis hijos– no esperan que alguien le solucione sus problemas, sea una gran empresa o el gran Estado, y asumen que en una sociedad de redes, las redes se tejen en torno a uno mismo y no en torno a instituciones. Todo eso lo veo con mucha fuerza en los países que han sabido combinar el tránsito hacia una sociedad mucho más horizontal y diferenciada con un sentido de responsabilización por la propia vida, donde lo que se demanda no es que te den cosas o solucionen tus problemas, sino las herramientas y el espacio para hacerlo por cuenta propia.

R: Eso último es clave, es decir, la igualdad básica de oportunidades que les garantiza a todos el acceso a esas herramientas. Es lo que la sociedad debe hacer por uno, el resto es cuestión de cada individuo. Esa es una combinación de la ética de la solidaridad social con la de la responsabilidad personal que es muy potente y aún está muy presente no solo en el norte de Europa sino también en muchas partes de Estados Unidos. Tus hijos y los míos, que crecieron entre Alemania, Suecia y Estados Unidos, fueron amamantados por esa misma leche del deber, el esfuerzo y la responsabilidad personal.

Roberto Ampuero y Mauricio Rojas: Senior Fellows de la Fundación para el Progreso (FPP)