Resulta paradójico que frente a idearios abiertamente contrarios a los derechos humanos y la democracia liberal se toleren todo tipo de opiniones y monumentos, pero no se respeten para quienes han promovido por cuarenta años el desarrollo económico de Chile.
Publicado el 26.09.2016
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Hace ya varios años (2000) el ex Presidente Ricardo Lagos afirmó en el CEP que Sergio de Castro fue el ministro de Hacienda con más poder desde Manuel Rengifo. Esta afirmación, dada la importancia de Rengifo en la historia de la política económica chilena es un hecho, que de no haber sido afirmado por un ex presidente socialista, podría pasar inadvertido. Digo inadvertido porque resulta no sólo una constatación sino un elogio para quien también se hizo cargo de una hacienda pública en ruinas.

Sin embargo, en el último tiempo ha cobrado fuerza en amplios sectores las críticas al así llamado “modelo neoliberal” (etiqueta que además ha servido para titular todo mal humano), las que han tomado ribetes de ataques que desconocen una serie de aspectos que cabe la pena recordar. Quizás el más llamativo la semana pasada sea el resultado de una columna de Axel Kaiser llamando a construir un monumento a los “Chicago Boys”, que generara en la opinión pública y redes sociales diversos descargos llegando a los argumentos ad hominem, incluso de personas que se dan por instruidas y de las que se esperaría una refutación y no ironías de segunda mano.

Llama aún más la atención –lo que pone en evidencia nuestra pobre educación en comprensión lectora- que el punto central de la columna no es si construir o no un monolito a una persona o un grupo sino una crítica abierta a aquellos que han sido los mayores beneficiarios políticos de estas reformas: la derecha conservadora y social cristiana. Entre metáforas dieciocheras, Kaiser hace el punto que el liberalismo económico se ha vuelto una piedra en el zapato ya no sólo en la izquierda –como siempre lo fue- sino también entre los grupos que históricamente se le opusieron ideológicamente: la derecha conservadora y social cristiana de corte comunitarista.

En este punto no es trivial volver a la historia económica, tan poco estudiada e intencionalmente ocultada. En Chile antes de la irrupción de “Chicago” (lo que ya también es una caricatura, por cierto, ya que uno de los principales ministros de Economía fue a la universidad de Columbia) todos los sectores políticos compartían la idea del rol planificador del Estado. En efecto, ya las ideas de Sergio de Castro fueron rechazadas por Alessandri en 1970, y si se molesta en hojear su programa de gobierno, se encontrará con ideas más estatistas de lo que hoy propone la Nueva Mayoría. No sólo eso. En la Junta Militar no existía para nada un consenso sobre estas reformas, y por cierto tampoco entre los empresarios y los agricultores. Para qué decir entre otros grupos de interés como sindicatos y las variopintas instituciones públicas fiscales. Eran todos estatistas. Cuando se llevan a cabo las reformas no hay que olvidar que no solo se vivía una crisis económica nunca antes vista (el PIB había caído un 12%, no había reservas y la hiperinflación se había instalado), sino que ésta se había dado en un marco institucional que no era privativo de la UP, sino que tenía sus antecedentes ya en los lejanos años 40, y que se vio fuertemente fortalecido en el gobierno de Frei, quien fue elegido por social cristianos y la derecha conservadora. En aquel entonces la inflación era algo normal. Es en este contexto, desde un punto de vista de economía política, en el que la UP no hizo más que radicalizar una tendencia y financiar –entre otros absurdos- con emisión de papel moneda un programa sin ningún sustento empírico y viabilidad técnica. Por lo que las reformas libertarias –que, ojo, sólo se dan en el estricto orden económico y no político- guardan relación con sanear una situación crítica.

Así, el plan de gobierno que Ud. encuentra editado en el CEP (1992) como “EL Ladrillo” no nace de la noche a la mañana de la conspiración de un grupo de “neoliberales”; existen testimonios de que incluso los así ahora catalogados lo veían completamente inviable. Fue el trabajo académico, de una serie de profesionales, que se empezaron a reunir desde el año 69, liderados por Sanfuentes y De Castro quienes lo fueron elaborando. No se trató de malévolos conspiradores financiados por una conspicua CIA para la toma del poder. Estos intelectuales estaban ampliamente segregados del mundo político y empresarial, pero no veían lejana una crisis económica que exigiría un acuerdo nacional. Por lo mismo, si uno mira las circunstancias de cómo se llegó a implementar en Chile una economía social de mercado (cosa que da para más que una columna) se constata sin ambigüedades que existió una serie de factores no exentos de altibajos y represión política, uno de los cuales fue que Chile estaba en la ruina.

Pero, ¿qué dice este plan?: tal como sostiene Kaiser, todo lo que para nosotros hoy es normal. Libertad de precios, políticas fiscales responsables, derechos de propiedad privada, apertura económica comercial, un sistema de tributación simple (IVA, primera y segunda categoría), un sector productivo privado y regulado, y un Estado subsidiario de bienes públicos, y gasto focalizado en la pobreza. El punto es que, ¡nada de esto existía como política de Estado! Y, como dijo Kaiser, ningún gobierno desde entonces lo ha tocado. ¿El resultado? Deje darle sólo dos datos.

El año 1975, según las cifras del Banco Mundial, Chile tenía un PIB per cápita (US$ a precios actuales) de 693 dólares. Al 2013 era de 15,754 dólares. (http://datos.bancomundial.org/indicador/NY.GDP.PCAP.CD?locations=AR&view=map)

Si uno revisa el barrio ve lo siguiente: Argentina pasó de 2,011 a 14,667, Perú de 1,077 a 6,069, Bolivia de 480 a 2,948; y, así, Ud. puede pasar lista a todos los países, y verá que pasamos –en términos futbolísticos- del final de la tabla al ¡primer lugar!

Y ahí Ud. lo primero que va a pensar entonces es que Chile es el país más desigual del mundo. Le voy a dar otro dato, y ahora acotado a la continuidad que le dieron los socialdemócratas a este mal llamado modelo “neoliberal”. Según datos de la FAO (Valdés, Foster, Pérez y Rivera, 2010), las tasas de crecimiento promedio de América Latina del PIB agrícola en el periodo 1985-2007 es de 2,8%. Chile, en cambio, ostenta el primer lugar sobre el 5%, Pero lo más notable: si se desglosa el ingreso total de los ocupados agrícolas en el periodo 1990-2006, se encuentra que en 1990 el “patrón” tenía el 30,7% del PIB, el “cuenta propia” 31,8% y el “asalariado” 37,4%. ¿Y qué pasó al 2006? El “patrón” bajó su participación al 17,4%, el “cuenta propia” se mantiene en el orden del 30,4% y los asalariados subieron a 51,9%. Es decir ¡nuestro país es más equitativo! Y no sólo eso: tome cualquier área de la agricultura chilena, frutas, hortalizas, lo que sea, desde el periodo de 1978 al 2015, y verá cómo Chile pasó de exportar 0 peso a varios miles de millones de pesos (y en algunos casos de dólares, ostentando los primeros lugares del mundo). No es trivial que hoy veamos los niveles de inmigración crecer desde otros países hacia Chile y no viceversa.

Ahora, cómo fue esto posible. No fue gracias la Reforma Agraria de Frei ni Allende; no fue el corporativismo, ni hacer supermercados estatales (idea de Alessandri), fue simplemente liberar los precios, bajar los aranceles, permitir el minifundio de propiedad privada (cooperativa o individual), tecnificar la agricultura, subsidiar el emprendimiento. Por lo mismo, lo que más debiera molestarle a cualquier liberal de hoy es ver cómo cierta autodenominada derecha mira con oportunismo político y menosprecio el valor de estas reformas y su implementación democrática en el tiempo, cuando incluso fue el único activo político que podía mostrar después de la dictadura. ¿O Ud. cree que la defensa de los derechos humanos fue parte del discurso de los líderes de entonces?

Las reformas políticas de la democracia no fueron el fruto de estas reformas económicas, pero las hicieron posibles en alguna medida. Hoy las ideas comunitaristas y estatistas vuelven a tomar fuerza de manera transversal, pero que la “Escuela de CIEPLAN” no haya modificado la infraestructura liberal de la “Escuela de Chicago” quizás explica de buena manera el parentesco que tiene el “milagro chileno” con el “milagro alemán”, que no es más que implementar una economía social de mercado. Y es ese el punto que debiéramos defender los liberales, la derecha chilena y cualquier persona de bien interesada en mejorar la condición de los pobres: cuáles son las bases de desarrollo que operan como condición necesaria para crecer y permitir al mayor número de personas salir de la pobreza en el menor tiempo posible, dado un país con persistentes niveles de pobreza y falta de productividad y donde el Estado fracasa constantemente en su planificación. Pero debiera hacerse con más argumentos y datos y menos eslóganes e insultos.

Por lo mismo, revise la historia de nuestras instituciones y ármese un juicio, ya que resulta paradójico que frente a idearios abiertamente contrarios a los derechos humanos y la democracia liberal se toleren todo tipo de opiniones y monumentos, pero no se respeten para quienes han promovido por cuarenta años el desarrollo económico de Chile. Quizás aquí resida el error de Sergio de Castro, cuando afirmaba que él solo hacía economía, y no política, como si ambas fueran materias separables.

 

José de la Cruz Garrido, Centro de Políticas Públicas UDD.