Quisiera dar aquí algunas pinceladas sobre los acontecimientos de 1917 y la larga marcha hacia el totalitarismo que culminaría en los años treinta bajo la égida de Stalin.
Publicado el 08.03.2017
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Hace 100 años, el 8 de marzo según nuestro calendario (23 de febrero según el calendario juliano entonces vigente en Rusia), estalló la gran revuelta popular que a los pocos días llevaría a la caída de la dinastía de los Romanov. Se iniciaba así un proceso revolucionario que conduciría a la toma del poder por los bolcheviques o comunistas rusos la noche del 6 al 7 de noviembre (24 al 25 de octubre según el calendario juliano). Los dirigía un noble ruso de 47 años llamado Vladímir Ilich Uliánov pero conocido bajo el seudónimo de Lenin. Lo que aconteció a continuación nada tuvo que ver con la revolución democrático-popular que se venía desarrollando durante los meses anteriores, sino que fue su opuesto radical: una contrarrevolución antidemocrática y antipopular, destinada a imponer el dominio de una minoría sin escrúpulos sobre la mayoría del pueblo ruso. Lo hicieron inspirados por el sueño de Marx de un mundo paradisíaco y crearon un verdadero infierno. Así nació un tipo de régimen político que causaría estragos durante el siglo XX: el totalitarismo.

Sobre este hecho clave de la historia moderna y su gran líder trata mi libro Lenin y el totalitarismo (Debate/Penguin Random House, abril 2017). Basándome en él quisiera dar aquí algunas pinceladas sobre los acontecimientos de 1917 y la larga marcha hacia el totalitarismo que culminaría en los años treinta bajo la égida de Stalin.

Revolución popular y contrarrevolución totalitaria

El período que se inicia con los hechos revolucionarios de fines de febrero de 1917 (siguiendo, como se hace a continuación, el calendario juliano) se compone de una serie prácticamente ininterrumpida de violentas confrontaciones y cambios profundos en la estructura social de lo que fue el Imperio ruso que dura unos veinte años. Es por ello que la revolución rusa no puede ser circunscrita al algunos meses de 1917 y ni siquiera a los años inmediatamente venideros.

Lo que se inició ya en 1916 como un descontento en el seno de la élite gobernante se transformó, a partir de febrero de 1917, en una revuelta popular que se extendió por toda Rusia como un reguero de pólvora, envolviendo a grandes masas de soldados, obreros y campesinos así como a amplios sectores de las clases medias. Cada sector, grupo o clase social se lanzó, generalmente por medio de la acción directa, a luchar por sus reivindicaciones más sentidas.

El Gobierno Provisional, formado el 2 de marzo bajo la dirección del príncipe Gueorgui Lvov y liderado por Alexánder Kérenski desde julio, fue sucesivamente perdiendo control sobre la situación política y social del país. Rusia entró en una fase cada vez más caótica, caracterizada por el ascenso de diversas formas de “democracia directa” o “consejismo”, cuya expresión más notable fueron los soviets o consejos de obreros y soldados. Se creó así no un “poder paralelo” o “doble poder”, como muchas veces se ha dicho, sino una multiplicidad de poderes, sin mayor sincronización ni objetivos comunes. Prácticamente nadie estaba dispuesto a esperar y, como es característico de los procesos revolucionarios, todos se lanzaron a la acción. Se luchaba por reivindicaciones más abstractas o generales como la paz, la libertad o la Asamblea Constituyente, pero sobre todo por lo concreto y cotidiano, la tierra, el pan o el control sobre los centros de trabajo.

La marea revolucionaria iniciada en febrero de 1917 tuvo su punto culminante en octubre, cuando aquellos que más prometieron y más hicieron por desestabilizar el orden existente, los comunistas o bolcheviques, tomaron el poder. Se inicia así la larga fase contrarrevolucionaria de la revolución rusa. Se trataba, por cierto, no de restablecer el viejo orden sino de establecer uno radicalmente nuevo, cuya existencia dependerá tanto del aplastamiento de las viejas élites como de subyugar a los movimientos populares surgidos durante la revolución y revertir sus conquistas. Es por ello que la famosa “Revolución de Octubre” debiera, para ser verídicos, ser llamada “Contrarrevolución de Octubre”. Ahora bien, esta contrarrevolución no se resolverá sino hasta los años treinta cuando, después de la brutal colectivización de la agricultura y el “Gran Terror”, se estabilice un nuevo sistema político de carácter totalitario, es decir, un sistema que en la práctica había aniquilado toda sociedad civil independiente y cualquier espacio de libertad individual, ya sea económico, social o cultural.

Los pasos decisivos en la creación de esta nueva sociedad son los enfrentamientos entre la nueva élite comunista y los distintos componentes de la estructura social rusa. Los enfrentamientos más importantes son aquellos con las viejas élites dominantes, con el proletariado industrial existente y, finalmente, con la clase o sector abrumadoramente mayoritario, el campesinado. Estas clases o sectores serán aniquilados o sometidos en diversos momentos y con métodos variados, si bien la represión masiva y el terror serán, ya desde el primer momento, elementos que no faltarán en ninguno de estos episodios.

Paralelamente, desde el nuevo partido gobernante, desde la intelectualidad, desde el viejo aparato estatal así como desde los sectores más radicalizados del viejo proletariado industrial pero sobre todo del nuevo que se forma a partir de 1923, surgirá una nueva élite y una estructura jerárquica con rangos y funciones rigurosamente delimitados, en el seno de aquello que los propios soviéticos llamaron nomenklatura, es decir, el conjunto de funciones y de personas aptas para desempeñarlas que componían la élite gobernante.

Este grupo dominante se dotará de todos los mecanismos del poder total, particularmente de un aparato para ejercer el terror sobre toda la sociedad, un monopolio prácticamente absoluto sobre la economía, la educación y los medios de comunicación, una ideología oficial –el marxismo-leninismo– y, finalmente, un líder con poderes ilimitados. Surge así un tipo de Estado que no solo no tolera la independencia de los ciudadanos sino que exige su adhesión activa a una ideología o visión del mundo que penetra completamente la sociedad hasta convertirse en una especie de seudorealidad que se superpone a la realidad misma. Esto es lo que los teóricos del nacionalsocialismo acertadamente llamaron Weltanschauungsstaat, es decir, Estado ideológico o, literalmente, “Estado de una visión del mundo”.

Hacia la dictadura totalitaria

El primer paso importante de los bolcheviques para consolidar su poder fue la inmediata represión contra los medios de comunicación críticos al nuevo régimen, reinstaurando ya el 27 de octubre la censura, contra la que tanto habían argumentado y luchado los mismos bolcheviques. Mucho más importante fue, sin embargo, la creación, a través de una decisión secreta del 7 de diciembre, de una policía política con atribuciones prácticamente ilimitadas. Esta fue la famosa Comisión Extraordinaria para Combatir la Contrarrevolución y el Sabotaje, más conocida por su acrónimo como Cheka. Su dirección fue confiada a Félix Dzerzhinski, uno de los bolcheviques más antiguos y admirados y, además, con una larga experiencia personal acerca de los métodos de la policía secreta imperial, la famosa Okhrana, que ahora él mismo se encargaría no solo de recrear sino de superar con creces. La Cheka crecería de una manera extraordinaria durante los años venideros, creando además sus propios destacamentos de combate que luego se transformarían en el Ejército para la Seguridad Interior de la República que ya a mediados de 1920 contaba con unos 250 mil efectivos. De esta manera, la Cheka y sus sucesoras (la GPU, OGPU, NKVD, NKGB y KGB) se transformarían en una de las instituciones más poderosas y, sin duda, en las más temidas de la Rusia soviética.

El siguiente paso decisivo hacia el régimen totalitario tendría su origen, como tantos otros pasos cruciales dados antes por los bolcheviques, en el análisis de Lenin sobre el momento político. Mientras gozaba de algunos días de reposo en la localidad finlandesa de Uusikirkko entre el 24 y el 29 de diciembre, llega a la conclusión de que es necesario radicalizar aún más el proceso, endureciendo la revolución y pasando a una política de represión abierta no solo contra las viejas élites sino también contra los elementos populares que no aceptasen la política bolchevique y la disciplina que se requería para transformar al país en, con él dice, “una gran fábrica”. Lo más urgente era terminar con todo centro independiente de poder, reestablecer la disciplina laboral y obligar a los campesinos a entregar trigo a las ciudades. Esto último lo lleva a decretar, el 14 de enero de 1918, el envío de destacamentos armados de requisa al campo con orden de “adoptar las medidas revolucionarias más extremas” y fusilar, sin juicio previo, a “especuladores y saboteadores”.

Unos pocos días antes los bolcheviques habían cerrado el capítulo democrático de la revolución rusa al disolver por la fuerza la Asamblea Constituyente recién reunida. La razón era simple: las elecciones de noviembre, las únicas universales y democráticas de la historia de Rusia hasta 1993, habían puesto, con toda claridad, a los bolcheviques en minoría, con un poco menos de una cuarta parte de los votos. Frente a ellos se alzaba la aplastante mayoría absoluta del Partido Socialista Revolucionario, que había recibido un apoyo compacto de los campesinos. El resultado bolchevique, por su parte, era fuerte en los grandes centros urbanos y, sobre todo, entre los soldados y marineros. El país estaba, en otras palabras, profundamente dividido y los bolcheviques contaban con una base social y militar lo suficientemente fuerte como para poder mantener su dictadura pero no para gobernar democráticamente.

Era, sin duda, un dilema serio, puesto que los bolcheviques habían hecho de la convocatoria a la Asamblea Constituyente su principal reivindicación desde el comienzo mismo del proceso revolucionario. Además, habían asumido el poder en octubre bajo la forma de un gobierno revolucionario provisional a la espera de la constitución de la Asamblea. Así lo establecía la resolución del Segundo Congreso de los Soviets, redactada por el mismo Lenin. Por esto, los bolcheviques se vieron obligados a llamar a elecciones en noviembre y dejar que la Asamblea se reuniese, después de algunas postergaciones, el 5 de enero de 1918. Pero el simulacro bolchevique no pudo continuar puesto que la Asamblea no se amilanó frente a la presencia de Lenin y sus guardias armados. Las dos primeras votaciones ratificaron la correlación de fuerzas ya conocida. Los bolcheviques y sus aliados abandonaron entonces la reunión. Las órdenes de Lenin a sus soldados al salir del local fueron claras: una vez terminada aquella primera sesión no se les permitiría a los delegados volver a reunirse. Así, en la madrugada del 6 de enero, terminó la breve historia de la Asamblea Constituyente. Ahora solo quedaba la dictadura abierta.

A fines de marzo y comienzos de abril de 1918 Lenin desarrolla sus ideas sobre la necesidad de una amplia represión para mantener el poder bolchevique. De allí nace uno de sus escritos más reveladores: Las tareas inmediatas del Poder Soviético, publicado en Pravda a fines de abril. En ese largo escrito Lenin proclama abiertamente la dictadura y declara el inicio de la guerra contra amplias capas de la población en los territorios controlados por los bolcheviques. La oportunidad era propicia ya que, tal como Lenin lo dice, se había derrotado la resistencia inicial de las viejas élites y se había firmado un tratado de paz con los alemanes poniendo fin a la participación de Rusia en la Primera Guerra Mundial. Sus palabras respecto de la necesidad de iniciar esta “guerra interior” son contundentes. A su juicio: “Toda gran revolución, especialmente una revolución socialista, es inconcebible sin guerra interior, es decir, sin guerra civil, incluso si no existiese una guerra exterior.” Esta guerra exige, continua diciendo Lenin, “una mano de hierro”, con la cual golpear a “los elementos de descomposición de la sociedad vieja, fatalmente numerosísimos y ligados, sobre todo, a la pequeña burguesía.”

Todo esto y mucho más era necesario según Lenin para consolidar la revolución, pero, a su juicio, el gobierno bolchevique parecía no entenderlo, contentándose con una dictadura blandengue e inefectiva. Lenin, profundamente identificado con Robespierre (a quien se le levantará una estatua y se le dedicará una calle) y sus jacobinos, quiere que el terror sea “implacable” (la palabra favorita de Lenin) y urge a sus camaradas a adoptarlo sin demora: “la palabra dictadura es una gran palabra. Y las grandes palabras no pueden ser lanzadas livianamente al aire de cualquier manera. La dictadura es un poder férreo, de audacia y rapidez revolucionarias, implacable en la represión tanto de los explotadores como de los malhechores. Sin embargo, nuestro poder es excesivamente blando y, en infinidad de ocasiones, se parece más a la gelatina que al hierro.”

Lenin mostrará, algunos meses después, hasta que extremos estaba dispuesto a llegar al firmar, el 11 de agosto de 1918, una orden de ahorcamiento masivo de campesinos acomodados, kulaks, que fue descubierta en los archivos secretos después de la caída de la Unión Soviética. Este texto dice todo acerca de Lenin y el régimen que estaba implantando (los énfasis son de Lenin):

¡Camaradas!

La rebelión de los cinco distritos de kulaks debe ser suprimida sin misericordia. El interés de la revolución en su conjunto lo exige, porque la batalla final decisiva con los kulaks se está desarrollando por todas partes. Necesitamos estatuir un ejemplo.

1) Ahorquen (ahorquen de una manera que la gente lo vea) no menos de 100 kulaks conocidos, hombres ricos, chupasangres.

2) Publiquen sus nombres.

3) Quítenles todo su grano.

4) Designen rehenes – de acuerdo al telegrama de ayer.

Háganlo de manera tal que la gente, a centenares de verstas (medida rusa de poco más de un kilómetro, MR) a la redonda, vea, tiemble, sepa, grite: están estrangulando y estrangularán hasta la muerte a los kulaks chupasangres.

Telegrafíen acuso, recibo y ejecución.

Suyo, Lenin

Busquen gente verdaderamente dura.

Esta orden no constituye un hecho aislado. La habían antecedido medidas como la masacre del zar Nicolás II y toda su familia en julio y la seguirían muchas otras medidas similares. Como dice Hélène Carrère d’Encausse en su biografía de Lenin:  “Seguirán a esta orden innumerables mensajes del mismo tipo: enfrentado a la resistencia social Lenin ya no sabe más que ordenar medidas terroristas (…) Rusia se convierte en un país en que se despliega un terrorismo estatal sin precedentes (…) El 5 de septiembre [de 1918], un decreto instaura oficialmente el ‘terror rojo’, terror masivo, y libera a la Cheka de cualquier preocupación legal (…) Un poder de una violencia desenfrenada se impone a todo un país tratado como enemigo.”

Paralelamente, los bolcheviques lanzan una política de control total que implica retomar el poder sobre los centros de trabajo, eliminando toda forma de autogestión independiente y encuadrando el accionar de los sindicatos en el marco de la férrea disciplina del nuevo Estado. También los célebres soviets correrán una suerte similar, transformándose pronto en meros elementos decorativos. Uno de los hechos más dramáticos y simbólicos de este periodo formativo del régimen totalitario será el brutal aplastamiento del último soviet independiente del poder bolchevique: el soviet de la célebre base naval de Kronstadt en marzo de 1921. Así, lo que empezó con la famosa consigna de “Todo el poder a los soviets” concluía con lo que de hecho era la consigna del nuevo poder dictatorial: “Todo el poder contra los soviets”.

Fue una de las últimas victorias de Lenin, quien a partir de mayo de 1922 sufre varios ataques cerebrales que finalmente lo llevarán a la muerte en enero de 1924. A los 53 años terminaba su vida en medio de una profunda angustia frente al destino de su revolución y el ascenso al poder de quien fuese una de sus criaturas políticas más genuinas y, justamente por ello, más temibles: Iósif Stalin.

La guerra contra el campesinado

La nueva élite había logrado aplastar a las viejas clases dirigentes, diezmar a las clases medias urbanas y aterrorizar a los trabajadores. Pero a pesar de ello, su camino hacia un ejercicio duradero y seguro del poder no estaba aún despejado. Faltaba el episodio más decisivo de todo el drama revolucionario: la confrontación entre el poder bolchevique y la gran masa del pueblo ruso, es decir, la abrumadora mayoría de campesinos que la conformaba. Esta confrontación había sido pospuesta por los bolcheviques en 1921, entendiendo que sus fuerzas no eran suficientes para darle continuidad a la política de represión y requisas forzadas de los primeros años. Se abrió así un período de varios años en que el nuevo poder trata de convivir con un campesinado propietario que, de hecho, había reforzado su posición a partir de la ocupación de las tierras de la vieja nobleza y del Estado zarista.

La tregua terminaría abruptamente a fines de 1929, dando paso al episodio más sangriento de la consolidación del totalitarismo comunista: la colectivización forzada de la agricultura y el aplastamiento de la clase campesina. Su contexto es la aceleración de la política de industrialización acordada en marzo de 1929 y el intento, para financiarla, de aumentar las exacciones que recaían sobre los campesinos. La resistencia a las mismas fue inmediata dando a poco andar paso a lo que sería una brutal operación militar. Los campesinos optaron a menudo por destruir todo lo que tenían antes de entregarlo al nuevo Estado, estallando en 1931 la primera de una serie de terribles hambrunas que costarían unos seis o siete millones de vidas.

Como parte integrante de la colectivización comienzan las deportaciones en masa y el sistema de campos de concentración y trabajo forzado, el famoso Gulag, empieza a expandirse de manera extraordinaria. Anne Applebaum, en su detallada historia del Gulag (Gulag: Historia de los campos de concentración soviéticos), considera justamente el año 1929 como el momento en que el sistema de los campos cambia de carácter y se masifica. La raíz de este cambio es la industrialización forzada, con su notable demanda de fuerza de trabajo para grandes proyectos infraestructurales, y la colectivización del campo, que genera enormes masas de campesinos deportados y esclavizados.

Simon Sebag Montefiore nos da, en La corte del zar rojo, la siguiente visión de esos tiempos luctuosos: “En el verano de 1931, la escasez pasa a transformarse en hambruna en el campo (…) La GPU y los 180.000 militantes del partido enviados desde las ciudades empezaron a usar los fusiles, el linchamiento y el complejo de campos del Gulag para quebrar la resistencia de las aldeas. Más de dos millones fueron deportados a Siberia y Kazajstán; en 1930 había 179.000 personas esclavizadas en los Gulags; en 1935 llegaban casi a un millón. El terror y el trabajo forzado se transformaron en el quehacer fundamental del trabajo del Politburó.” Y luego nos muestra a Stalin en plena acción: “Sobre una hoja llena de garabatos, Stalin escribe con un lápiz azul grueso: (…) deportaciones: Ucrania 145.000. Cáucaso N. 71.000. Bajo Volga 50.000 (¡un montón!). Rusia Blanca 42.000 (…) Y así sigue hasta totalizar 418.000 deportados”.

El Gran Terror

Con el aplastamiento del campesinado se cerraba el ciclo de las grandes “luchas de clase” que llevan a la formación de la primera sociedad totalitaria que se haya conocido. Ya nada quedaba fuera de la órbita de poder del partido-Estado. El terror se había desencadenado de manera tan amplia y efectiva que la sociedad soviética se había transformado en una sociedad donde el temor siempre estaba presente. Quedaba, sin embargo, un episodio más para que el sistema llegase a su culminación. El partido-Estado mismo debía ser aterrorizado hasta un punto tal que se hiciese evidente que nadie estaba a salvo del terror. Con ello, la élite gobernante sería disciplinada con la ayuda del mismo látigo que le había aplicado al resto de la sociedad. Se llegaría de esta manera al reino absoluto de la desconfianza, la inseguridad y el miedo, del cual ni siquiera el mismo Stalin decía sentirse a salvo, a tal punto que un día le confesaría al mariscal Zukov: “Tengo miedo de mi propia sombra”.

La creación de un sistema aterrorizante y aterrorizado, donde nadie está fuera o por sobre el mismo es, más allá de los delirios paranoicos de Stalin, el sentido del Gran Terror, ese gran final del camino hacia el totalitarismo que en lo aberrante de su brutalidad superaría, aunque cueste creerlo, todo lo que hasta allí había ocurrido. Es por ello mismo que las confesiones de las víctimas y el carácter público de los procesos que caracterizan al Gran Terror serían tan importantes. Se las podría haber eliminado sin dificultad ni demora en secreto, pero eso no era lo que se buscaba. Una de las finalidades de los grandes procesos era mostrar que incluso las víctimas estaban sometidas al sistema. Su muerte en rebeldía, con la altivez de quien desafía a todo y a todos, hubiese sido una derrota inadmisible para un sistema que no renunciaba a dominar incluso a quienes estaba a punto de destruir.

El primero de los grandes procesos se inició el 19 agosto de 1936 en la gran Sala Octubre de la Casa de los Sindicatos de Moscú. Su punto de arranque fue la reapertura del proceso por el asesinato de Serguéi Kírov, jefe del partido en Leningrado e íntimo amigo de Stalin, el 1 de diciembre de 1934. Las figuras centrales del mismo fueron dos de los más afamados bolcheviques de la vieja guardia, Lev Kámenev y Grigori Zinóviev, junto a otros catorce destacados líderes comunistas. La planificación de este primer juicio-espectáculo fue cuidadosa y su elemento central fue la confesión de los imputados. Meses de encarcelamiento y presiones sin límite condujeron al fin deseado: quince de los dieciséis imputados confesaron públicamente sus “actividades terroristas” y se declararon culpables como cabecillas del “Centro contrarrevolucionario trotskista-zinovievista” que habría planeado los asesinatos de, entre otros, Stalin, Voroshílov, Zdánov y Kaganóvich. La condena a muerte de todos los acusados se basó, tal como en los juicios venideros, casi exclusivamente en sus propias confesiones.

Luego siguieron dos procesos igualmente espectaculares contra otros bolcheviques destacados. El primero de ellos, en enero de 1937, contra el “Centro paralelo antisoviético trotskista”, supuestamente encabezado por Karl Radek, Yuri Piátakov y Grigori Sokólnikov, y el segundo, en marzo de 1938, contra el “Bloque antisoviético trotskista-derechista”, dirigido según sus acusadores por el célebre Nikolái Bujarin, a quien Lenin en su momento había llamado “el delfín del partido”, y el ex primer ministro Alexéi Rykov.

Estos grandes procesos fueron, a su turno, seguidos por un sinfín de microprocesos por todos los rincones de Rusia que diezmaron sin piedad las huestes del partido afectando a unos 850.000 militantes según los cálculos de Schapiro (1970). De los 139 miembros titulares o suplentes del Comité Central elegido en el congreso de 1934 un total de 98 fueron ejecutados y de los 1.966 delegados que asistieron a ese congreso 1.108 fueron arrestados y casi todos ellos murieron ejecutados o en los campos de trabajo forzado. Desde 1937 Stalin comenzó a administrar el terror de la misma manera que administraba la economía planificada, es decir, asignando cuotas de “enemigos del pueblo” que cada región o provincia de la Unión Soviética debía arrestar, especificando además, con números precisos, cuántos de ellos debían ser condenados a muerte y cuantos debían pasar a engrosar el contingente del Gulag. Este mismo fue transformado radicalmente en 1937 en un verdadero campo de exterminio, donde se obligaba a muchos prisioneros a trabajar hasta morir exhaustos o eran simplemente ejecutados. Al mismo tiempo, muchos de los comandantes de los campos de concentración fueron también víctimas del terror, particularmente en relación con el proceso contra Bujarin en 1938. Pero no se los ejecutó por los crímenes cometidos en los campos que administraban sino por lo contrario, por no haber sido lo suficientemente efectivos en la explotación de los millones de esclavos que por entonces poblaban el Gulag.

El momento culminante del proceso masivo de represión y exterminio fue alcanzado entre julio de 1937 y noviembre de 1938. El punto de partida fue la resolución del Politburó del 2 de julio Sobre los elementos antisoviéticos. A partir de ella se emitirán un grupo considerable de órdenes de exterminio, de las cuales la más conocida es la 00447 de fines de julio, fijando detalladamente las cuotas de personas a ejecutar y deportar. El total de víctimas de las operaciones de represión masiva que desencadenó esta orden es de 767.397 condenados, de los cuales 386.798 fueron sentenciados a ser ejecutados. Otras órdenes, como la 00485 contra polacos residentes –conocida como “Operación polaca”– y la 00439 dirigida contra residentes alemanes –“Operación alemana”– arrojaron 139.835 y 55.005 condenas respectivamente, de las cuales 111.091 y 41.989 fueron a muerte. Fuera de esas operaciones se desarrollarían acciones masivas contra otras minorías, como los letones, rumanos, finlandeses, iraníes, afganos, griegos, estonios, búlgaros, etcétera. El total de ejecutados se calcula hoy en poco más de 680.000 personas y el total de víctimas fatales, incluyendo los muertos en las cárceles y los campos de concentración, en unos dos millones.

Algún tiempo después tuvo lugar el último acto de la tragedia de los grandes gestores del golpe bolchevique de octubre de 1917. El sonido seco del piolet del agente de Stalin, Ramón Mercader, cayendo sobre la cabeza de Lev Trotski puso fin, en agosto de 1940, a lo que fue –a su manera– una brillante generación de revolucionarios. Con la muerte de Trotski solo quedaba en vida un miembro del Comité Central que había dirigido al partido bolchevique en octubre de 1917: Stalin. Del resto, solamente uno no había sido asesinado: Lenin.

 

Epílogo sobre el hombre soviético

El Gran Terror fue un hecho central en el cambio de guardia bolchevique. Tan drástica había sido la purga que entre los delegados al congreso del partido reunido en marzo de 1939 casi no había sobrevivientes de la vieja guardia ni, en general, personas de más de cincuenta años. De esta manera se había creado un nuevo aparato gobernante cuya regla básica de conducta era la desconfianza, su valor más alto la obediencia ciega y su arma preferida el terror. Sin embargo, sería incorrecto pensar que se trataba solo de represión y terror. Estos fueron elementos vitales de la argamasa que unía los materiales del nuevo edificio pero junto a él había un elemento creativo, un nuevo bolchevismo, tan imbuido de su misión histórica como el antiguo y de un fanatismo aún mayor ya que toda libertad de dudar y cuestionar había sido radicalmente erradicada. Tal como lo dice Arthur Koestler en sus memorias (La escritura invisible): “habría sido imposible mantener unido un imperio tan inmenso por la sola fuerza del terror”.

El nuevo régimen fue capaz, efectivamente, de crearse entusiastas puntos de apoyo dentro y fuera del aparato de poder. Esto es fundamental, ya que de la pura obra represiva y destructiva difícilmente podría haber brotado algo nuevo. En el proceso de cambios abierto por la construcción del Estado soviético, particularmente a partir de la industrialización acelerada, los grandes proyectos infraestructurales y la expansión de la educación, se crearon importantes caminos de movilidad social ascendente. Cientos de miles de jóvenes, provenientes de las más variadas capas sociales, pudieron ascender a posiciones que implicaban un claro progreso respecto de la generación de sus padres. Ellos formaron el núcleo humano que, con vigor, se movilizó en torno a las grandes tareas fijadas por Stalin.

El proceso de creación de una nueva élite técnico-profesional y administrativa tuvo, tal como los demás procesos que hemos descrito, dos vertientes: por un lado, la destrucción del antiguo aparato técnico-administrativo y, por otro, la creación de un nuevo aparato tanto técnica como moralmente adecuado a las exigencias de la nueva sociedad. Así, desde 1929 en adelante, se lanza un gran movimiento, llamado vydvizhenchetsvo, basado en la promoción de nuevas generaciones de técnicos y administradores provenientes del partido o de la clase obrera de nuevo cuño que el régimen estaba creando. El resultado fue significativo: cientos de miles de cuadros pasaron por diversas escuelas superiores y universidades durante el primer y segundo plan quinquenal.

Así, hacia finales de los años treinta había surgido una nueva élite dirigente en todos los planos de la sociedad. Esto era muy notorio en el Partido Comunista, que ya nada tenía que ver con el del año 1917. Era un partido joven, forjado durante la gigantesca batalla por la industrialización y la colectivización de la tierra de comienzos de los años treinta. Sus miembros tenían tanta o más sangre en sus manos que los antiguos militantes y su devoción por la revolución bolchevique, definida ahora en torno a la tarea de la construcción del socialismo en la atrasada Rusia, no era menor. En el congreso celebrado en 1939 más de la mitad de los delegados tenía menos de 40 años y el 70 por ciento había ingresado al partido después de 1929. Así, como Leonard Schapiro sostiene en su historia del Partido Comunista de Rusia: “en 1939 el papel dirigente en el partido era crecientemente desempeñado por hombres jóvenes, reclutados después de 1929, que le debían su educación y progreso a la aceptación absoluta del liderato de Stalin y para los cuales la revolución y la guerra civil eran poco más que una leyenda.”

La mística creada en aquellos tiempos y fortalecida por los enormes sacrificios y combates de la Segunda Guerra Mundial marcaría también a las generaciones venideras. La premio Nobel Svetlana Alexiévich nos da, en su notable libro El fin del “Homo sovieticus”, un ejemplo de ello a partir de su propia experiencia. Bajo la rúbrica de “Apuntes de una cómplice” escribe las siguientes líneas con las que se cierran estas notas sobre la génesis del totalitarismo soviético: “Nunca fuimos conscientes de la esclavitud en que vivíamos; aquella esclavitud nos complacía. Recuerdo cómo, a punto de terminar el año escolar, toda la clase se preparaba para marchar a cultivar tierras vírgenes y cuánto despreciábamos a los que se escaqueaban. Habernos perdido los años de la Revolución y la guerra civil nos producía un dolor tan intenso que casi nos arrancaba las lágrimas. ¡No habíamos estado allí! (…) Yo fui octubrista, llevé la insignia con la cabeza del niño con el cabello revuelto, fui pionera y miembro del Komsomol. La desilusión me llegaría más tarde.”

 

Mauricio Rojas, Director de la Cátedra Adam Smith de la Universidad del Desarrollo y Senior Fellow de la Fundación para el Progreso.