El nombre de Ben Affleck corresponde al equivalente de un talento cinematográfico múltiple y excepcional. En éste, su cuarto largometraje de ficción como director (el que también protagoniza en tanto actor), concibe un devoto homenaje al cine negro, ese estelarizado por mafiosos y balas, situado en plena década de 1920. Valiéndose de un guión inspirado sobre una novela del reputado escritor de policiales, Dennis Lehane (el autor de “Río místico”), el resultado es sobrecogedor, brutal, sensible, bello, perdurable, y bastante significativo para la revitalización del formato.
Publicado el 27.01.2017
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“La tarde sigue llena de luz, una pálida luz roja que ilumina el cielo; sin embargo, se diría que toda esta gente que ha empezado a congregarse en el paseo desde hace media hora está deseando que caiga la noche. Supongo que esto corrobora la observación que me ha hecho un hombre que había sentado aquí, a mi lado, hasta hace un momento, y con el que he tenido una curiosa conversación. Me decía que mucha gente prefiere la noche al día, y que son las horas que con más impaciencia esperan”.

Kazuo Ishiguro, en Los restos del día

 

Esta es una cinta maravillosa. Y el hecho de que no presente nominaciones para ninguno de los galardones que dirime la gran industria dentro del próximo mes de febrero, es un absurdo, un despropósito, y una muestra más de las envidias que suscitan en el medio por dos de los mayores intérpretes filmográficos de la actualidad: Leonardo Di Caprio (productor del título), en compañía de su protagonista, realizador, y otro de sus gestores, Ben Affleck (Berkeley, 1972).

La fotografía y la dirección de arte se complementan naturalmente en un trabajo que persigue reflejar con realismo, y un aura suspendido en el tiempo, de inexistencia, ese período de entreguerras, donde la tenencia desbordada del dinero, representaba un modo cotidiano de lujos, mujeres, alcohol y drogas. Y el director explora esa ventana siempre transgresora de la realidad, con parámetros de realización bellísimos, en una estética donde los colores trasuntan la sensación de un espejismo suntuoso, pictórico, de invierno y de calor, de bajos fondos y de un poder criminal y político, que no por mantenerse a la sombra de la legalidad, se haya ni menos presente ni menos omnímodo, en la dura y práctica jornada de una cotidianidad ordinaria. Pero con ética, y códigos que prevalecen y se respetan.

Ben Affleck lidera un elenco que asimismo incluye a Sienna Miller, a Elle Fanning, a Chris Cooper y a  Zoe Saldana. La “Ley Seca” es el marco regulatorio de una actividad de negocio que pulula con lo escondido, en la noche y en la oscuridad de lo ilícito. Soledad, bares, salones de estar, calles, autos gráciles e imponentes. El guión se basa en la novela idéntica del escritor Dennis Lehane (1965): un libreto que reinterpreta en una semántica audiovisual insaciable, la calidad de ese texto matriz.

El mafioso Joe Coughlin (Affleck), entonces, se enamora de prostitutas comprometidas con jefes del crimen organizado más rimbombantes y violentos que él. Las besa y las acaricia en rincones protegidos por los claroscuros de una estética propia de la época: con atardeceres que inspiran escenas provincianas, en que la modernidad si bien aportaba con objetos suntuarios, máquinas y vehículos al sudor de una jornada cualquiera, todavía permanecían en el aire, lo agreste, lo virgen, lo nostálgico de alguna manera, de la naturaleza que rondaba la ciudad, en forma de nieve, de lluvia, de frío, o en el haz de una luz crepuscular, tibia, transparente, cansada, hermosa y seductora.

Orfandad y ausencia. La cámara coloca a Coughlin, quien relata su travesía biográfica en esos turbulentos (y sangrientos) años, mediante la técnica efectiva de una voz en off, en el contexto temático de una disfuncionalidad familiar, que le hace derivar al hampa de las altas esferas, pese a ser hijo de un respetado oficial de la policía, y a buscar el amor de mujeres que rondan la marginalidad, empero responder su identidad, a los cánones de un miembro de los grupos favorecidos por la rápida y gigantesca industrialización de los Estados Unidos.

El simbolismo (el imaginario) de la noche, el espacio y el hábitat de la permisión absoluta, y la dedicación al contrabando de ron en el sur de la costa oeste, conducen al protagonista, a enredarse en una relación amorosa transgresora para la época (por sus connotaciones interraciales), y en chantajes que revelan dramas humanos inconcebibles para la moral de un Estado como Georgia: sexo con bestias, religiosidad extrema y apocalíptica, que persiguen un quimérico y obtuso arrepentimiento, en las fauces de una luna caliente y de un cielo atemperado y ligeramente nublado, transpirado, mojado por el deseo, y la ambición sin límites de delincuentes y de miembros del Ku Klux Klan. Personajes heridos y ofendidos, apenados, por los fracasos familiares de sus padres, y que les auguran a ellos, quizás, también, una funesta y triste y similar suerte.

Planos aéreos sobre la ciudad de la Savannah (y de la desembocadura del río del mismo nombre, en Georgia), que demuestran la visión amplia de un cineasta como Ben Affleck: y el verde de los bosques, de los pantanos y el celeste del agua, iluminados por un sol enfermo de melancolía. El lente y su libreto, guardan una fuerte y potente crítica hacia la doble moralidad protestante, tal como lo hiciera en su momento un iracundo David Lynch, en “Twin Peaks: fuego camina conmigo” (1992).

Pasiones sinceras que son castigadas por actos de venganza perpetrados antaño: ya lo dijo Faulkner, “el pasado nunca muere, ni siquiera es pasado”. En vidas al límite y en coyunturas de enfrentamiento, en los que la derrota y el triunfo se confunden, con parabienes de una alegría que jamás puede disfrutarse, por estar forjada en los disparos, en la frialdad de la muerte, bajo las acciones de crímenes ofrecidos con el silencio y la traición de una mafia.

“Vivir de noche” (“Live by Night”, 2016) es un largometraje que se desplaza por tópicos hermenéuticos y existenciales de un profundo valor y discusión intelectual: la soledad como sinónimo de la desesperación, la pena en sinónimo de subsidiario y de preferencia ante la “nada”, el absurdo del milagro de la vida, que permanece por la fuerza irresistible e inacabable del amor encima de la Tierra, aunque sea a los tropezones, pese a los vaivenes y a las desgracias.

La fantasía y la ensoñación del séptimo arte en una secuencia y fotograma final, postrero, último y definitivo. Después de jubilarse como gánster, Joe Coughlin y su único hijo, el producto de su relación con Graciela (la espectacular actriz de origen dominicano, Zoe Saldana), concurren a una sala proyectora de mentiras (de cine), y observan extasiados las aventuras de un grupo de pistoleros, en un western, escrito por el hermano del rol de Affleck, ese pariente que no ve hace años, y que sale mencionado un par de veces en los diálogos del libreto, y la reflexión sobre el Paraíso y la inmutabilidad de nuestros errores, equivocaciones, con el propósito de desvirtuar un mínimo atisbo de humanidad y de compasión, en este drama, thriller, ideado por un artista de “nota”, como el director y protagonista, de esta cinta.

Una línea más que merecida para la banda sonora, a cargo de Harry Gregson-Williams. Talento y nobleza obligan.

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