Un largometraje más complejo de lo que parece: una frase para definir con fidelidad el debut de la directora italiana Maria Sole Tognazzi, en la oferta de las salas chilenas. Resplandece Margherita Buy y la cámara de la realizadora, que ofrece una múltiple estrategia de filmación, la cual contempla hasta el uso de planos recortados y el temblor de un lente en “mano”. Película de iniciación madura, su libreto aborda el asunto del viaje de temática existencial, y la táctica audiovisual de un montaje en movimiento.
Publicado el 02.01.2017
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“Alto, plano, compacto: éstos son los primeros requisitos del lugar del sacrificio. Como si se quisiera definir una superficie neutra, un telón de fondo sobre el que dibujar los gestos con perfecta nitidez. Es el origen de la escena como lugar predispuesto a acoger todos los posibles significados”.

Roberto Calasso, en El ardor

 Exhibida en la cartelera de la sala El Biógrafo, ubicada en pleno corazón del barrio Lastarria, de Santiago,  “Viajo sola” (“Viaggio sola”, 2013), es una cinta que demoró tres temporadas en llegar hasta nosotros, en arribar ante nuestros ojos y juicio crítico. El tiempo valió la espera, porque la obra protagonizada por Margherita Buy es un buen ejemplo de que el cine italiano contemporáneo sigue vivo, y que su industria continúa rodando piezas de alta cualificación. Brilla especialmente la rubia y distinguida actriz, que conocimos hace años, una tarde del segundo semestre de 2001, en la antiguas butacas del Centro Arte Alameda, debido a su participación en “El hada ignorante” (2000), del turco Ferzan Ozpetek.

Semeja un título sencillo, el título que nos ocupa: el voyeur hotelero de una respetada crítica gourmet (Buy), y sus escritos para una revista de lujo, en un recorrido por distintos establecimientos de Italia, París, el norte de África y la capital alemana, Berlín. Fragmentariamente, el libreto muestra al rol estelar en la realización de un trayecto y bitácora personalísima (los pasos emotivos de una mujer atractiva, que ronda los 50 años de edad), mientras “deambula” por las plazas turísticas en búsqueda de una reseña para el magazine donde labora y, también, en el rastreo de sí misma.

Se instala la idea del viaje de un modo casi circunstancial: Irene (así se llama la periodista), efectúa esos desplazamientos simplemente por trabajo, y cuando se detiene en su ciudad origen (¿Roma?), se revelan sus quiebres internos, por nombrarlos de alguna manera: su relación frustrada con su ex pareja, Andrea (encarnado por Stefano Acorsi), los tirantes vínculos que sostiene con su hermana, y la soledad que se confunde con la libertad y viceversa, o bien la orfandad, que se transplanta y tiene como sinónimo a la palabra vacío, en equivalente al término “hastío”.

Al lado de esa mujer que ya no tuvo hijos, y que continúa siendo hermosa, se bifurcan las existencias de otros adultos en trance análogo, y aparecen las preguntas, del porqué no tuve hijos, o qué sucede con este matrimonio que jamás vivencia ni late en su sexualidad elemental. Irrumpen los arrepentimientos, la seducción como vía de expansión, la posibilidad de encontrar en situaciones inesperadas, la plenitud imposible de hallar en la interacción física y táctil.

Irene es una nihilista “sensible”: cínica e indiferente, vuelve la mirada sobre esos antiguos seres queridos suyos de un día, de un instante que difícilmente perdure. Y el montaje en movimiento por el que apuesta la directora Maria Sole Tognazzi (1971) -un descubrimiento su talento-, analiza esa variable audiovisual y temática: la cinética de un viaje implica trasladarse, un cambio físico, y por supuesto que un discurrir espiritual y sin ser pretenciosos, asimismo, un nuevo estado “interno”, de índole psicológica, biológica. La cámara es arquitectónica (gusta de retratar edificios, calles, vías férreas surcadas por trenes modernos y ultra veloces), a veces, igualmente, prueba el lente de la autora, aproximarse con un primerísimo plano recortado, y la fragilidad inesestable, que proporcionan sostener el equipo de grabación, con una sola mano, a duras penas con la muñeca.

El guión se aproxima a ese personaje principal, y a quienes le rodean, de una manera en que el conjunto obtiene una explicación y justificación dramática y argumental aceptable. La impresión es que el derrotero de la trama avanza hacia una suerte de confrontación de Irene consigo misma, y la sorpresa y lo inaudito del viaje, torna a reaparecer, de una forma sentenciadora.

Influencias de Nanni Moretti, de Paolo Sorrentino, de Federico Fellini, de Bernardo Bertolucci, iluminan los pasos cinematográficos de Tognazzi, en fotogramas magestuosos y bellísimos. Irene mira la ciudad marroquí desde una terraza monumental al atardecer, vestida de blanco, su cuerpo grácil, elegante y sensual, la cámara capta su perfil, y en esa instantánea se reflejan su pesar, su soledad, la ilusión muerta, y la esperanza moribunda. El pensamiento alrededor del amor, se difumina en un reverberar de las ocasiones perdidas, en el recuerdo de ese hijo que no se engendró, cuando cabía la posibilidad, hace quince años, y que hoy sería un muchacho, un gigantón en plena época juvenil: “No es libertad, aquello es soledad, nada más que una carencia de ternura”, repite la mujer.

El lente dúctil, esos pasos perdidos por la escena en movimiento (un guiño a Sorrentino), y el encuentro con otra adulta sobreviviente, con una profesora experta que habla sobre el I Ching, que medita acerca de la abundante promesa de sexualidad sensorial, en estos tiempos. La música incidental de Gabriele Roberto, ampara las caminatas rápidas, los vuelos en avión, el kilometraje anónimo que registran los vehículos urbanos, sin identidad, a los que se sube, arrima, Irene.

Un final abrupto que dibuja una solución trunca, en cuanto a la exploración a la que se somete la mujer, con el objetivo de enfrentarse ante su tranquilo presente y un hipotético e inestable futuro, insinuado apenas. Una sentimentalidad femenina (empoderada) que se lanza hacia una iniciación sin retorno, en el sentido de que su opción prescinde del hallazgo del otro, y escoge el atajo del transitar sin dirección aparente, pero que avanza con la tranquilidad del alma curtida, experimentada, resignada: adiós a la familia, a las expectativas por las cuales luchan la mayoría de los hombres, hasta por lo menos alcanzar los 45 años de vida.

Y era una historia coral cuyo enlace, el cable dramático de interconexión, lo constituía el rol pagado de sí misma, Irene. La muerte se cuestiona en la óptica de su impredecible reinado, en la coyuntura de un infarto malhadado, que rompe cualquier proyección, que triza y bota al tacho de los desechos, anhelos, currículums académicos, juramentos de amor eterno.

“Viajo sola”, así, se refiere a una iniciación enfocada en torno a la nada, respirada en la jungla del tecnicismo moderno, en los crepúsculos inyectados por la altura de los rascacielos, en el confort de los aeropuertos, en la multiplicación de los aviones y sus transbordos. Sin pasión erótica, y con sencillez argumental, el tercer largometraje de ficción de Maria Sole Tognazzi transpira seducción audiovisual, e inteligencia temática. Lamentamos, quede consignado, esa disruptiva y mal resuelta conclusión narrativa y argumental.