Marina es transexual, canta en una boite, y su pareja es un hombre 20 años mayor, Orlando (Francisco Reyes). Están muy enamorados –sin morbo ni escenas chocantes-  y planean un viaje, pero  la muerte repentina de él trunca todo.
Publicado el 08.02.2018
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Esta semana casi todos los cines del país repusieron en sus carteleras “Una Mujer Fantástica”, la celebrada película de nuestro Sebastián Lelio, ya triunfador con su entrañable “Gloria”.

Pero su reestreno no es sólo porque está dentro del selecto quinteto de cintas extranjeras nominadas a un premio Oscar, sino porque cuando debutó en Chile a mediados de año, muy pocos fueron a verla y, tal vez, muchos han sentido bochorno quizás, al “enterarse por la prensa” de su buena factura. Lo importante es que no se la pierdan y dejen de lado ese viejo prejuicio de que “las películas chilenas son malas” (cine bueno y malo hay en todos los países).

Mi favorita para ganar el galardón de la academia de EEUU sigue siendo la sueca “The Square”, pero como han apuntado los entendidos, el film de Lelio tiene muchas posibilidades debido a la actualidad y al contexto de pro minorías, pro mujeres y anti discriminación que estamos viviendo. Es decir, ganaría por ideología, y está perfecto, porque son sus méritos.

“Una Mujer Fantástica” cuenta la historia de Marina (Daniela Vega), precisamente una mujer tal cual, fantástica, porque se sobrepone a una sociedad prejuiciosa y agresiva, con hidalguía, elegancia y esperanza.  No por nada figuras de la talla de Meryl Streep y Helen Hunt la han aplaudido.

Marina es transexual, canta en una boite, y su pareja es un hombre 20 años mayor, Orlando (Francisco Reyes). Están muy enamorados –sin morbo ni escenas chocantes-  y planean un viaje, pero  la muerte repentina de él trunca todo. A partir de ese momento, Marina no sólo se convierte en sospechosa, sino que  empieza a quedar fuera de la historia, repudiada por la familia de su ex, sin derecho a nada y humillada. Sin Orlando, ni siquiera se le permite asistir a su funeral (conmovedora su visita a la morgue), pero decide dar la pelea por su existencia. Es aquí donde iniciamos  un aprendizaje para derribar mitos y etiquetas prejuiciosas, gracias a un guión inteligente, humano, fino. Admiramos a Marina.

La cámara de Lelio acompañándola  en su tránsito urbano, buscando respuestas, muestra escenas de preciosa fotografía y belleza de calles  santiaguinas. No hay perversión –como cree Sonia, el personaje de Aline Küppenheim-, hay poesía y respeto.

No se pierdan la oportunidad de avanzar.

Oso de Plata al mejor guion en el Festival de Cine de Berlín, premio Goya a la mejor película Iberoamericana. 104 minutos.