La obra audiovisual del director australiano Garth Davis, fue una de las grandes perdedoras en la reciente entrega de los Oscar: se encontraba nominada en seis líneas de competición, y se quedó sencillamente con las manos vacías. Cimentada en un relato verídico de orfelinato, adopción y superación de una marginalidad social y cultural, este largometraje, aparte de mostrar una cámara de altos niveles en su perspectiva creadora y fotográfica, presenta las considerables actuaciones de Dev Patel y de Nicole Kidman, y también, una banda sonora análoga a los hondos sentimientos y emociones humanas, que exhibe su historia.
Publicado el 28.02.2017
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“La música de las piedras era ampulosa e increíble, un rumor de cincuenta o sesenta martillos tintineantes, cada uno moviéndose a su propio ritmo, atrapado en su propia cadencia, y conjuntamente formaban una armonía indisciplinada, majestuosa, un sonido que se me metió en la piel y permaneció en mi interior mucho después de marcharme de allí, e incluso ahora, sentada en el avión que cruza el océano, sigo oyendo en mi cabeza el tintineo de aquellos martillos. Ese sonido vivirá siempre en mí. Durante el resto de mi vida, esté donde esté, haga lo que haga, irá siempre conmigo”.

Paul Auster, en Invisible

 

“Un camino a casa” (“Lion”, 2016) pese a las engañosas apariencias, para nada es una película sencilla de contemplar en su normal transcurrir cinético y dramático: sus procedimientos y decisiones estratégicas son sofisticadas, y la apuesta por relatar una historia verídica, pero difícil de exhibir en fotogramas, termina por convencer, sino a la primera ocasión, por lo menos sí, insistente, sin claudicar en el afán, en la segunda oportunidad de revisar con atención la propuesta de su realizador, y de analizar esa labor, la del correspondiente equipo de producción.

A esa estética de la búsqueda antropológica y del origen, en efecto, apelan esos planos y secuencias extendidos en una línea de movimiento perpetua, y elaborada fotografía. Un niño se pierde en la inmensidad de la península de la India, se extravía en un vagón de tren, que lo transporta sin que éste se dé cuenta, y lo arroja en el anonimato de Calcuta, en la noche de sus gentes, en el peligro de sus calles, de su río, en la frialdad de los orfelinatos, en la ruina triste de las tremendas casas de acogida. Una historia real, la de Saroo (primero interpretado por Sunny Pawar, y luego por Dev Patel, competidor derrotado por el Oscar al mejor actor secundario o de reparto), quien por el azar y la “desventura”, termina siendo criado lejos de su casa materna, en la costa australiana de Tasmania, justo situada al sur del continente, y separado de la isla, por el mar, por las aguas del océano.

Los reiterados “travelling”, y la música incidental que los empujan en su dinamismo fílmico, reditúan en la posibilidad y averiguación, acerca del origen, mediante la remembranza audiovisual de los recuerdos esporádicos, infantiles, espontáneos y resplandecientes, que acechan al hombre una vez que parece asentado, y comienza a cuestionarse su posición dentro de esa realidad ficticia y adoptada. Una ventana que nació en la ruleta despiadada, luego de un amanecer parido en la instancia de la pérdida, y de la fatal ignorancia. ¿Quién soy en verdad, de qué lugar he salido, de dónde vengo? Son las preguntas fundamentales que de despliegan en este territorio cinematográfico de la duda, del hambre, de las reparaciones materiales, y de la belleza, por de pronto.

El niño Saroo cae en la ciudad, desde un campo en el que resuenan los pájaros, el agua y el viento, el aturdimiento de la escasez y es sometido a una dura y cruel soledad, a causa de ese extravío, que también es sinónimo de fracturas familiares, hogares monoparentales, abandono, pobreza, desarraigo, indolencia. Pero la cámara, como si se tratarse de un filme de iniciación, registra el vagabundeo del muchacho desprovista de la típica truculencia y falsedad fotográfica: en la libertad de ese reino, de esa invención de un mundo diegético y miserable, el protagonista es captado dentro y en la lógica artística, de un lenguaje simbólico y de comunión, de retribución, con los elementos de la naturaleza.

Cae la lluvia, por ejemplo: y acurrucado, mojado, quizás anhelante de un suculento bocado, el pequeño indigente observa maravillado, extasiado, los colores del escenario que le rodea: una atmósfera apagada, crepuscular, y el agua que se siembra, golpea, los cimientos de la ciudad inmensa, bulliciosa, sucia y hermosa, en una fábula y metáfora audiovisual de la esperanza, y de una promesa lejana, aunque inubicable, por ahora, del encuentro, del hallazgo y del retorno, hacia ese hogar difuminado, sin longitud ni latitud, en la inútil geografía de lo imposible.

El desarrollo narrativo del filme, en efecto, se divide en dos partes: Saroo, niño en la cultura más arcaica y tradicional de la India, frente al crecimiento del adolescente y después joven estudiante y adulto profesional, en la cosmopolita, anglosajona, y crisol de rostros, y génesis de nuevas historias biográficas, que representa desde siempre Australia, ese Estado que nació como una prisión, británica y que luego se transformó en la escritura y en el horizonte de los nuevos comienzos, en el pergamino de los derroteros novísimos, que parten desde cero, en un punto, letrero y abecedario, que es inicio e hipótesis de futuro.

“Un camino a casa” equivale en su retórica estética a una novela audiovisual, que medita en el asunto de la memoria. Así, ese pensar abstractivo e invisible, mera ilusión cerebral, adquiere la frontera del aprendizaje existencial, en la evocación de un pasado irrecuperable, que asalta a cada instante, en procura de restablecer sus fueros, en íntima relación con el factor tecnológico y posmoderno, de la utilización cotidiana y normal del internet y de sus programas, prototipos y diseños de localización web.

Montaje, guión y cámara, entonces, se funden en una síntesis cinematográfica que se instala dentro de un discurso dramático que razona en la ausencia y en el desconocimiento de la propia historia biográfica, y que discurre en planos casi perfectos, sobre los motivos últimos de las incapacidades y traumas emocionales, desde un presente que ofrece amor y comprensión, en la figura femenina, seductora y acogedora, de la atractiva y expresiva Rooney Mara (fíjense en las cualidades y en el manejo que realiza de los músculos, rictus y modos, de su bello y apolíneo rostro).

En esa interpretación del desarraigo, y de la sobrepoblación de una urbe contemporánea, resalta notar el nudo que surge gracias a la identificación entre dos seres humanos, desconocidos y extraños entre sí, como obertura de una vida nueva, para un muchacho que parecía condenado a un fútil, rápido y mortuorio destino, en breve y pequeña edad, a causa de cualquier influencia perniciosa de una trayectoria callejera, respirada, gastada, al fragor, en la lucha de la intemperie. Fortaleza, resiliencia, opción por la sobrevivencia, en un acto de rebeldía y reciedumbre biológica.

¿Por qué razón, entonces, se fue y se quedó con las manos vacías, si enumeramos ese puñado de virtudes cinematográficas, el equipo artístico y creativo de “Un camino a casa”, finalizada la ceremonia en Los Angeles, California? Estaba difícil la disputa, desde el mismísimo minuto en que se dieron a conocer los postulantes y los competidores de la nómina definitiva.

Quedan, sin embargo, la ilusión, las inclinaciones de un lente que seguía al niño, mientras corría por las calzadas de una ciudad abierta de par en par, en un optimismo esencial, que ultimaba y sentía sus conceptos más allá de la necesidad, de la carencia, de la satisfacción momentánea que producen un plato de comida, una merienda; se trataba de la alegría, de la lucha por simplemente descubrir la belleza, escondida en hechos mínimos, pedestres, ordinarios, empero trascendentes y eternos: un atardecer, la lluvia, la postal de una urbe acostada, ajena, invitadora, titilante, sepa Moya, en la oferta de cualquier clase de proximidades y aventuras: la invención de un mundo, o bien como diría Ernesto Sabato: de futuros recuerdos que nos consolarán en su imaginación. Y suenan los acordes, claro, la bella música de Volker Bertelmann y de Dustin O’Halloran, con la presencia que lo engalana todo, de la rubia y madura Nicole Kidman.