Con una vanguardista “Tristán e Isolda” se inició la temporada lírica 2016-2017 del MET Ópera House de Nueva York, este último fin de semana, cuyas transmisiones en vivo y en directo, calidad HD, se exhibirán nuevamente en el Teatro Nescafé de las Artes, como ocurre desde hace siete años. La clásica obra de Richard Wagner, basada en la leyenda celta, es retomada con libertad por Mariusz Treliński y situada en un ambiente contemporáneo cargado de simbolismo y de exacerbada acción dramática. Sir Simon Rattle realiza una conducción dinámica de la orquesta, que conjuga la acción teatral e interpretación vocal de Stuart Skelton y Nina Stemme, con la perspectiva autoral de esta producción.
Publicado el 11.10.2016
Comparte:

“Ibant obscuri sola sub nocte per umbram”.
Virgilio, en el Libro VI, de la Eneida

Espectros de la noche perturban a Tristán (Stuart Skelton, tenor heroico); observamos al fantasma de su padre suicida y al de su infancia infeliz, también un gran sol oscuro, los haces de las linternas y el dibujo de la aurora boreal. Todos estos van en búsqueda de un doloroso mundo interno. Así como armonía suspendida del leitmotiv del preludio (“acorde de Tristan”), ellas develan una subjetividad irresuelta y clandestina que sólo se percibe bajo las sombras de la noche.

El romanticismo circunda la cuna de “Tristán e Isolda” (Münich, 1865). Richard Wagner (1813-1883) escribe a Franz Lizt (1811-1886) en diciembre de 1854, que la principal idea del filósofo Arthur Schopenhauer (1788-1860) es que la última negación de la voluntad de vivir, es de terrible seriedad, pero singularmente redentora [cita traducida]. En la misma carta le anuncia la composición de esta pieza, que será un monumento al amor que se erige elevando el deseo a una fuerza inescapable, dado en la acción, y caracterizado por su comunión erótica, entregada en su música. Una perspectiva trágica de la existencia se expresa en sus protagonistas que anhelan la redención.

La producción de Mariusz Treliński (director de cine, teatro y ópera, y quien retorna al MET tras el exitoso doble estreno de “Iolanta”, de Tchaikovsky y de “El castillo de Barbazul” de Bela Bartok) construye narrativamente la subjetividad de Tristán. Entre los aceros y uniformes militares, dibuja con surrealismo contradicciones con su padre y una obsesión culposa con la imagen proyectada de Isolda (Nina Stemme, soprano dramática). A quien, tras matar a su prometido en batalla, lleva a casarse con su rey y tío, Marke (René Pape, bajo). Una poción de amor será el filtro de la más extrema empatía, no sólo la lleva del odio al amor, sino que le significa la traducción del mundo inexpresable que aqueja a Tristán. En un mundo indómito de guerra y claustrofobia expresiva, ellos se aman clandestinamente. De esta forma amparan el sentido de los que viven tal ignominia.

La conducción de Sir Simon Rattle tuvo que hacerse coherente con la encerrada y extrovertida dirección actoral de Treliński. Sirviéndose de los apuntes de Gustav Mahler (afamado conductor y compositor, 1860-1911), entregó un conjunto dinámico, rondando entre una fluidez y un drama intenso. El dueto de Skelton y Stemme, en el segundo acto, tiene un sosiego dulce y cálido que contrasta con la claustrofobia intensa del primer acto. Por ejemplo, en el diálogo entre Isolda y su aya, Brängane (Ekaterina Gubanova, mezzo-soprano), encerradas y vulneradas de su espacio personal.

Más allá de la expresividad de la voz, el reparto entregó una representación teatral muy elocuente. Nina Stemme demostró, nuevamente, tener una composición actoral destacada en la escena mundial. Las dinámicas que surgen entre ella y Grubanova o entre ella y Skelton, son muy evocadoras; son ejemplares de aquello que sí puede ser en la realidad, llegamos a comprenderlos y nos sustituyen. Lo cual es una necesidad para la sensación de catarsis.
Esta producción brilla por la sensibilidad con la que acoge el mundo simbólico tras la obra. Sin embargo, se opaca en la forma televisiva y estupefaciente en que entrega su acción y rol que esta tiene. La exageración en la actitud misógina de los marineros y la violencia ostentosa de ciertas escenas dan la impresión de un espectáculo exacerbado. Esto genera una separación profunda en la audiencia, muchos se distraen y pocos elucubran en la experiencia estética.

Olvidando lo que evade al espectador, la construcción escenográfica de Boris Kudlička, el vestuario, las proyecciones en escena, la iluminación y la coreografía están realizadas al detalle y construyen contenido sobre la obra. Lograr transmitir, por ejemplo, una sensación de claustrofobia, una intimidación en la identidad viril y prepotente de los militares, un sosiego en la clandestinidad de la noche y una empatía en la obsesión espía de la culpa de Tristán. Esto demuestra que Mariusz Treliński tiene una visión autoral que merece atención, a pesar de las exageraciones de su dramaturgia.

La construcción de mundo, sus normas y elementos, es una forma creativa muy llamativa para las audiencias contemporáneas. La forma en que la lealtad mítica del guerrero confluye con la de los militares contemporáneos, está declarada en la relación de Tristan con König Marke y con Kurwenal (Evgeny Nikitin, barítono dramático). El contraste entre la actitud impasible del militar y la afectividad dada por una comprensión tácita, hace de la traición de Tristán a Marke un momento impresionante, tanto musical como reflexivamente. Aquel del solo de König Marke, en el segundo y tercer acto.

Queda latente la relación ideal y romántica de “Tristán e Isolda”, en esta producción profundizada y transparentada con un mayor protagonismo de Tristán. El mundo natural y humano está trastocado pues lo que sucede remite metafóricamente a su interioridad irresuelta, nos parecen espectros de la noche que hablan de lo que le aqueja. El principio del tercer acto lo despierta con una melodía de antaño, al reencontrarse con su historia, se prepara para su redención (fatal). Isolda lo ama, es su compañera, su destino es el de ella. Nina Stemme realiza un bello Liebestod, un momento que reúne todo: el alivio armónico, la disolución de los espectros de la noche y la muerte, con el sosiego de las tribulaciones de la existencia y del amor. Merecidamente, es una de las arias más recordadas de la historia de la ópera.