A propósito de la visita a Chile del conocido director francés Arnaud Desplechin ofrecemos una crítica a su último largometraje de ficción, exhibido en el país a principios de este año, durante el 40º Festival de Cine de esa casa de estudios. Dividida en partes temporales, y ambientada en la provincia gala, el realizador utiliza una pulcra y sobria táctica de narración audiovisual, con el objetivo de homenajear a Francois Truffaut, a la pasión erótica, a la buena literatura, y al consuelo que nos ofrece la música. Créanme: se trata de una película inolvidable.
Publicado el 17.11.2016
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“Todas las cartas de amor son / ridículas. / No serían cartas de amor si no fuesen / ridículas. / Pero, al final, / sólo las criaturas que nunca escribieron / cartas de amor / son las que son / ridículas”.

Fernando Pessoa, en Poemas de Álvaro de Campos

 

Una película como “Tres recuerdos de mi juventud” (“Trois souvenirs de ma jeunesse”, 2015), presenta una genealogía artística y cinematográfica, a simple vista clara: Francois Truffaut, Eric Rohmer, el primer Godard, el recientemente fallecido Jacques Rivette, y hasta un entronque con el Woody Allen, posterior a “Annie Hall”, se acusan en su estilo. Así, y sin ser un crédito perfecto, posee la calidad suficiente como para obtener un lugar dentro de las piezas recordables del séptimo arte contemporáneo -por lo menos entre las de origen francés-, que se han estrenado durante los últimos años en las salas de Santiago.

A modo de confesión personal –pero con la ayuda de un relator omnisciente-, el doctor Paul Dédalus (interpretado por el famoso actor Mathieu Amalric), comienza a relatar para un oficial de extranjería, mientras se encuentra bajo arresto, en la aduana de un aeropuerto, y luego a sí mismo, las fases vitales de su existencia: la niñez, un viaje a Rusia en la Europa de la Cortina de Hierro (en plan de gira de estudios), y sus amores adolescentes (cuando se describe audiovisualmente esa etapa, el muchacho que cita con su apellido, al protagonista de la novela “Retrato del artista adolescente”, de James Joyce, resulta encarnado por el notable comediante amateur, Quentin Dolmaire).

Y al igual que ese carácter ficticio (el inventado por el insuperable escritor irlandés), este joven Dedalus, el rol estelar de la cinta que reseñamos, observa el espacio que le circunda, los acontecimientos cotidianos e históricos que le afectan, y a los seres que le rodean, desde una perspectiva subjetiva y personalísima: su pasión imborrable por Esther (un papel abordado por la bella Lou Roy-Lecollinet), los traumas y la disfuncionalidad de su grupo familiar, y las andanzas parisinas, al instante de cursar asignaturas universitarias en la Sorbonne, en épocas temporales circunscritas a la frontera cronológica de fines de los años ’80, y comienzos de la década de 1990.

Paul y su novia (Esther) se escriben desbocadas cartas de amor, se envían fragmentos de novelas, y se dedican versos de poemas, se juran devoción y lealtad incorruptibles: en esa exploración melodramática alrededor de los vínculos sentimentales y eróticos, que se suscitan entre un hombre y una mujer, es que se registran los mayores aciertos cinematográficos de la dirección de Arnaud Desplechin (1960), junto con la conducción artística y actoral que hace de sus casi debutantes intérpretes.

La pareja se abraza y se prodiga besos e íntimas caricias encima de una cama, leen juntos a Aleksandr Solzhenitsyn, traducen desnudos textos de Platón desde la lengua griega, caminan de la mano por una calle provinciana, y comparten conversaciones y risas, sentados en la banca de un parque que apunta de frente a la Torre Eiffel: la conformación técnica del fotograma resulta perfecta, con los enamorados situados en la cumbre de la colina de Chaillot (Jardines del Trocadero). Un plano medio, y la música incidental consigue que la atmósfera de la añoranza y de la evocación, sacuda por igual a los involucrados en la escena, y a los espectadores: los compositores Grégoire Hetzel y Mike Kourtzer son los culpables.

En efecto, “Tres recuerdos de mi juventud” ofrece su nostálgica propuesta a través de los códigos dramáticos, y de una estética, que pareciese buscar la captura de un concepto abstracto: la elusividad de la vida, o lo que es lo mismo, la posibilidad de extender los límites de nuestras vivencias más allá de la realidad, ya sea a través de la creación autoral, por la lectura de la buena literatura, o como en esta ocasión particular, mediante la vía fantástica del arte cinematográfico. Desplechin apela, así, a Stendhal (“Rojo y negro”), y a un poema de William Butler Yeats, para especular fílmicamente en torno a la gestación de la identidad, al aprendizaje sentimental, en una suerte de intensa y sufrida educación, y también teorizar sobre la idea del amor verdadero (en diferenciación del simple gusto o atracción), y reflexionar acerca del “leit motiv” argumental de la musa o de la enamorada inmortal.

Lo lúdico y la ensoñación, en el pensamiento audiovisual del realizador francés, se expresa en bellísimas secuencias: Dédalus cuarentón (Mathieu Amalric), solitario después de un concierto de música docta, se apresta a cruzar por un puente del Sena, y un viento helado, de ultratumba, le trae a sus sentidos, fuera de la línea del tiempo, las hojas de Platón, las que leía al lado de Esther, luego de mantener esas relaciones sexuales, presos de un vínculo inmaterial y espiritual. Y la memoria, en el mejor sentido proustiano, florece lejos de representar un consuelo ante el dolor, sino que como un empuje e impulso hacia la felicidad y la esperanza: los recuerdos son eternos, y están dispuestos en nuestra mente y al interior de la sensibilidad, dispuestos a ayudarnos, así, cada vez que lo solicitemos.

En esa semiótica tan propia del cine francés (imitada por cualquier autor que anhele indagar en una imaginería del amor y de la pasión humanas), e inaugurada por los nombres de la Nouvelle Vague, los actores miran a la cámara porque ese foco, ese lente que graba todo bajo su observancia, simboliza la mirada del otro, representa los ojos y la cara del interlocutor real y de mentira, espejo al que se desea manifestar o expresar una frase, una oración, una sentencia, un te quiero como nadie lo ha hecho, un te deseo, un te espero, un jamás te olvidaré, un sí, te amo, y eres singular y excepcional.

 “Tres recuerdos de mi juventud” es una cinta implacablemente hermosa. Los mejores afectos de un hombre, de un artista, se rastrean, se atisban, en la cinética de sus escenas, en el desarrollo de su trama, en los gestos del elenco, y en los diálogos escritos y que guardan los parlamentos del libreto (redactado en conjunto por el mismo Arnaud Desplechin y por Julie Peyr). La sinceridad de su emotividad trasunta genio creativo, y una ternura profunda, meditada y madura: nadie supera algunos hechos, y Dédalos, en su iniciación a la vida, tampoco.

Ahí aguarda esa rubia de rictus letal y seductor, lista para acechar, y envolverlo en la tristeza, pero ojo, también en la alegría eterna. Porque Esther se ubica mucho más allá del dolor y del sufrimiento: es la forja de esa realidad paralela (exclusiva del cine, gracias a la potestad de las imágenes), que demuestra y responde a un teorema incontrarrestable en su veracidad, enunciado por Truffaut, Allen, Scorsese y John Cassavetes: y es que la vida siempre puede ser mejor y plena por el regalo de una pantalla grande a lo que, burdamente, aparenta y juega a ser.

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