La secuela del popular largometraje de los años ’90 se apodera del mes de marzo y de la nostalgia de quienes se deleitaron con la película original, durante la adolescencia y su juventud. Adaptación de una novela escrita por el narrador Irvine Welsh (“Porno”, en 2002), temporadas después del éxito inicial (ocurrido en 1996), la cámara del realizador inglés Danny Boyle, nuevamente, persiste en circular por las miserias y detalles cotidianos de un cuarteto de hombres escoceses adscritos en su identidad sociocultural a una clase media de esfuerzo y desadaptada. Drogas, delincuencia, música, literatura y amores tortuosos e interesados, confluyen en una visión irónica, aunque algo tierna y desencantada, del pretendido cosmopolitismo europeo de estos tiempos.
Publicado el 09.03.2017
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“Lo repito, las fábulas son sencillas, no expresan la verdad, sino un sentimiento. ¿Dónde está la Europa con la que hemos soñado durante tantos años? ¿Dónde ha desaparecido? ¿Quién se la ha llevado?”.

Cees Nooteboom, en Cómo ser europeos

 

Ewan McGregor corre por las antiguas calles de Edimburgo, zafa de uno, dos, tres, quizás de cinco efectivos del orden y de la seguridad oficial, para estrellarse con un vehículo que le cedía el paso y la preferencia: lo absurdo de la situación, hace que el joven estalle en risas de burla y de escarnio contra sí mismo, en una travesía inocua y sin sentido. Luego de dos décadas, Renton (su nombre en la ficción) se ve extrañamente semejante a ese rubio medio pelirrojo, delgado y pálido, que huía de la policía y que escapaba también de sus amigos, con un botín de 20 mil libras esterlinas al interior de un maletín, para embarcarse presto y rápido, en dirección a los Países Bajos, camino a la libertad, a un oeste preñado de salidas que su país y su contexto le negaban.

“Trainspotting 2” (2017) renueva, de esta forma, la estética “kitsch” de la cámara de Danny Boyle, a quien vimos brillar hace poco, con un estilo y plan audiovisual completamente distintos, en su versión de “Steve Jobs” (2015), y que fue protagonizada por el actor Michael Fassbender. Planos cortos, rápidos, veloces en su dilatación, secuencias incrustadas, pegadas con el oficio del hábil convertidor de fórmulas literarias, en escenas e imágenes cinematográficas. Este es el primer detalle del duodécimo largometraje de ficción, del creador inglés, a su haber: una reinvención de fórmulas sorprendentes (durante la década de 1990), empero eficaces si se conjugan con una fotografía de ambiciones artísticas, como lo son muchos de los encuadres que componen la retórica y el discurso de este título, bajo cánones y una cronología, dictadas por el discurrir natural y “real” del tiempo.

En esta ocasión, por ejemplo, el director apela a un sentido más abierto del espacio y de la cartografía fílmica: los días soleados, las colinas que rodean la señorial Edimburgo, se confunden con los períodos de nubosidad variables, en una plasticidad que permanece intacta hasta los encadenamientos, los pubs, los bares, las bodegas y refugios delictuales de la noche. Como si ese cielo latente, observable y casi posible de tocar con las manos, también expresara ese afán y sentido argumental, ahora, bajo la variante audiovisual de otorgarles una segunda oportunidad vital, a esos cuatro personajes que se reencuentran después de veinte años de distancias, de separaciones, de traiciones, de paraderos inauditos y desconocidos. Situados por un contexto, donde salvo Renton (MacGregor), ha sido el único que puede presumir de haber intentado crear algo, fundar, sostener una familia o estructura social de rasgos y cicatrices cercanas, a la convencionalidad y la costumbre, a lo normal.

Los recuentos de esa banda de origen azaroso y espontáneo, busca explicaciones en las pérdidas, en la nostalgia, en el recuerdo de esa madre fallecida, en la constatación de ese hijo de destacada belleza masculina, que se prepara para asistir a la Universidad, en una hipótesis y especulación dramáticas, difícilmente alucinadas por su padre presidiario y su abuelo alcohólico y vagabundo. Así, “escoger la vida”, parafraseando a ese eslogan de los años ’80 de una campaña antidrogas, mencionado por los roles de esta obra y la pieza anterior, constituye resumir las experiencias que han evaporado los gestos, las faenas y las situaciones reparadas en esa ruleta y encrucijada de preguntas sin respuesta, que llamamos vida, arrojados, lanzados a la superficie terrestre, caídos como estamos, desde los orificios, los vericuetos, las grietas, lanzados como estamos, por los hoyos del cielo.

Una crítica al progreso y a una pretendida cosmovisión general europea, que explicarían el Brexit, sin ir más lejos, se atestiguan en esa estética argumental de personajes desposeídos de una racionalidad social y económica, que les permita amoldarse a las exigencias de una comunidad contemporánea, provista de adelantos tecnológicos y comunicacionales de todo tipo. Se trata, en efecto, de una marginalidad adornada por el consumo accesible de drogas, por las asociaciones ilícitas, por los emprendimientos ilegales, que se localizan con los burdeles, la prostitución, la trata de blancas, y las aspiraciones megalómanas y delirantes, por conseguir el éxito y el dinero fáciles. Un imaginario de la clase obrera escocesa, víctima de la violenta (física y psicológica), y que se diagnostica atenazada por la ausencia de expectativas, más allá de disfrutar indiscriminadamente de la oferta televisiva, o en su desmedro, por la promesa de drogarse y de alcoholizarse sin remedio, hasta el instante de perder y extraviar la conciencia, y el uso de las facultades intelectuales y motoras. Aislados e indiferentes, separados del restante continente, ubicado allende el Canal de la Mancha, en una autosuficiencia pretendida y enarbolada, por siglos de presuntuosa civilización, en las islas británicas.

La literatura y la ficción se entrecruzan en ese relato espontáneo y diegético (dentro de la trama), efectuado por Spud (interpretado por el actor Ewen Bremner), inspirado en las andanzas de esos detectives, de esos perros románticos y salvajes, a través de los suburbios de Edimburgo, eclipsados por el vapor del frío, por la humedad ambiental, por las ruinas de una ciudad antiquísima y moderna, que piensa en cambiar sus instalaciones fundamentales, por otras novedosas, con un objetivo más útil y económico. La alta calidad de la dirección de cámara, retrata momentos que citan y reverencian a la “Trainspotting” de hace veinte años, producida en el pasado: Renton (McGregor) que escapa, que deja atrás gracias a su velocidad, encima, montado sobre la parrilla de una camioneta, a un Begbie (Robert Carlyle) obsesionado con la venganza, la ultraviolencia, iracundo, sojuzgado por los designios de una fatalidad filial, sentimental, emocional, en la celda de una soledad y orfandad transcendental, que acompañarán su biografía hasta la muerte, y que sucederá probablemente al interior de una celda emplazada en ese castillo de cemento frío, que es la prisión de Edimburgo.

Confesiones existenciales que son un breviario de la bestialidad, de la enajenación urbana y social, dirigidas sin embargo hacia horizontes más plenos en su realización definitiva. El lente humaniza a esos derroteros marcados por un destino aciago, palpables en esa confortabilidad dudosa y pobre, pírrica en su espiritualidad, que ofrece la modernidad para los participantes de sus privilegios y depósitos de vinculación, en sus distintas clases y facetas.

La cámara, así, y mejorada por esa banda sonora que se reforma, ofrece un discurso audiovisual que mira con sorna y critica despiadada, a la masificación de unos usos culturales y sociológicos, antropológicos en cierta medida, que tienen como símbolo de lo faustoso y de la fábula épica, a la figura, a la estela triunfadora, del futbolista norirlandés George Best. Un mediapunta, enganche, técnico y elegante goleador de frondosa melena, crack del Manchester United campeón de Inglaterra y de Europa, durante la década de 1960. En efecto, McGregor se deleita en relatar la siguiente anécdota: el deportista –un hombre de agradable apariencia- acostado con dos modelos a la vez, en la cama de un lujoso hotel, rodeado de billetes, de alcohol, y de otros alucinógenos. Entre los ejercicios que compiten con el tacto y el fragor de las sábanas, y el calor natural de la instantánea, irrumpe en la escena, casualmente, un botones del establecimiento, que le pregunta al “quinto beatle”, a boca de jarro, esto: “¿Cuándo se jodió todo, George?”.

Y en ese relato propio de un mito urbano y de la jerga popular, se traslucen las razones de ese grupo de amigos, pues un evento como ése, simple, bizarro, estrambótico, placentero y singular, guarda la respuesta, desde luego, de sus impulsos fundamentales: es que esa fiesta, ese jolgorio, después de un gol, y ojalá con un buen whisky y cocaína en el brazo del sillón, o encima de la mesa de la sala de estar, termina por convertirse en el único trofeo de esas individualidades, ojo, no “embrutecidos” por la pobreza material, sino que por las granjerías aseguradas y masivas de una sociedad del bienestar, que los confina en un desierto familiar e, igualmente, en el exilio cultural.

Pero desde el cielo se arrancan, se cuelan posibilidades, traiciones y, por supuesto, que también encuentros y emancipaciones.

 

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