Convertida en un éxito de crítica y un fenómeno de masas, los Duffer tenían la pesada responsabilidad de no sólo superar su primer experimento argumental, sino además, hacerlo más profundo y expandir un universo complejo sin perder la esencia que convirtió la primera temporada en una impecable construcción narrativa y visual. La segunda temporada no sólo lo logra, sino que lleva a un nuevo nivel esa búsqueda.
Publicado el 09.11.2017
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Todo parece muy familiar en la serie “Stranger Things”, el producto televisivo de los hermanos Matt y Ross Duffer y cuya segunda temporada acaba de estrenarse. La primera temporada asombró por su frescura, por su capacidad para combinar la aventura, el terror, el suspenso y la nostalgia en un producto de notable calidad.

Convertida en un éxito de crítica y un fenómeno de masas, los Duffer tenían la pesada responsabilidad de no sólo superar su primer experimento argumental, sino además, hacerlo más profundo y expandir un universo complejo sin perder la esencia que convirtió la primera temporada en una impecable construcción narrativa y visual. La segunda temporada no sólo lo logra, sino que lleva a un nuevo nivel esa búsqueda del dúo de productores en asumir lo complejo, rico y brillante que puede ser el mundo infantil. En esta ocasión, hay un inteligente ejercicio de nostalgia (tal como fue durante la primera temporada) y una brillante concepción sobre la ciencia ficción, la fantasía y el terror envuelta en la inofensiva pátina de un clásico inmediato.

Con un pulso que asombra por su precisión, los Duffer logran en la segunda temporada de “Stranger Things” el perfecto equilibrio entre la referencia básica — esa asombrosa decisión de retrotraer la forma y el fondo con una batería interminable de detalles visuales que convierten a la serie en una colección de imágenes melancólicas — y también, esa concepción del producto que se sustenta sobre su capacidad para innovar. Porque “Stranger Things” — como elemento novísimo de la cultura pop — es algo más que una serie construida para evocar una época y homenajear a una década: en realidad se trata de una celebración a los hijos de una generación nacida entre las bicicletas, walkie talkies, televisores de tubo, radios, miedos y terrores casi inofensivos. Una generación anterior a la hiper contextualización y comunicación. A la inocencia en estado puro que los Duffer logran recrear con un maravilloso sentido de la oportunidad y el buen gusto.

Por supuesto, la segunda temporada de “Stranger Things” es también un homenaje al imaginario de los míticos años ’80 y el dúo de directores no disimula su evidente influencia en el cine de Spielberg, Dante, Carpenter o en las narraciones de nítida estructura de un joven Stephen King. Y lo hacen a través de un método que sorprende por su frescura y buen hacer: “Stranger Things” sortea con habilidad las trampas melancólicas - en estilo y forma- y elabora una propuesta sólida que se sostiene a pesar de las múltiples referencias, de la noción sobre lo visto y añorado. La serie cumple con el requisito de autonomía visual y lo hace, siendo original a pesar de la estructura referencial que lo sostiene. Hay algo nuevo, recién descubierto, que impresiona y conmueve en este producto lleno de significado que avanza con buen pie entre la melancolía evidente y algo más sutil.

La serie no se prodiga con facilidad: No sólo pareciera beber de la moral ambigua de cualquier propuesta serial contemporánea sino que además, juega con todo tipo de símbolos hasta lograr elaborar un discurso complejo a dos bandas. Porque mientras la noción de lo que ocurre —y lo que pueda significar— avanza con solidez, lo que se adivina es incluso más poderoso, desconcertante y por supuesto, intrigante. Es entonces cuando la serie alcanza su mayor brillo y demuestra su valor como creación actual. La capacidad para innovar y, sobre todo, evadir el fácil regodeo en sus fortalezas.

Tal vez por todo lo anterior, sigue resultando inclasificable. Un híbrido de ideas, planteamientos y puntos de vista que resulta complicado de analizar si se le toma como una única mirada hacia lo que “Stranger Things” busca mostrar. Pero más allá de cualquier cosa, la serie es un compendio de cultura popular, tan cuidado como asimétrico y, sobre todo, reconocible. Y esa es su mayor fortaleza, la expresión más profunda de un género bastardo que parece nacer y construirse a partir de piezas sueltas que de alguna manera —y por obra y gracia de un maravilloso guión— encajan de manera casi perfecta.

Con toda seguridad, la serie “Stranger Things” está llamada a convertirse en objeto de culto inmediato, mucho más ahora que su segunda temporada reafirma los valores de la primera y construye una visión sobre los vínculos entre los personajes mucho más densa, compleja y firme. Con sus personajes bien construidos, una historia intrigante y su espléndida puesta en escena, la serie es una pequeña obra de arte construida sobre una perspectiva brillante sobre lo nuevo y lo nostálgico. Pero más allá de eso, es el reflejo de una década, de un punto de vista sobre lo moral y lo espiritual que resulta entrañable, una búsqueda de respuestas que abarca cierta inocencia argumental. Y quizás desde esa perspectiva, en ese espacio donde la niñez parece un espacio lleno de conjeturas éticas y de pura belleza imaginada, es que pueda explicarse su éxito. Su capacidad para conmover y deslumbrar y, sobre todo, para cautivar. Un triunfo del poder del asombro sincero y quizás, algo tan simple como la mirada inocente sobre la complejidad contemporánea.

Para su segunda temporada, “Stranger Things” también sostiene su contexto y su argumento, de un robusto ADN cinematográfico y cultural que elabora una mirada compleja sobre nuestra identidad social. La serie se ha tomado muy en serio su forma de analizar el contexto como una forma de subtrama: Desde el alias de uno de sus personajes principales —ese notorio Mad Max del ’79 que Maxine Mayfield (interpretada por la actriz Sadie Sink) usa para los juegos de Arcade— hasta los disfraces de los conocidos Cazafantasmas, que el grupo lleva para celebrar Halloween, la producción de “Stranger Things” elabora una interesante visión sobre la época y sus símbolos para añadir tensión a las líneas argumentales. De nuevo, los hermanos Duffer utilizan obvias referencias de “Stand By me” de Rob Reiner (1986), pero en esta ocasión, el espectro de todo tipo de visiones sobre el cine y la cultura de los años ochenta se amplía. Es muy notoria la manera como la segunda temporada de la serie rinde homenaje a la película “Aliens”. Los Demogorgon —en esta ocasión mucho más numerosos que en la temporada previa— no sólo carecen de rostro como el mítico Alien de la gran pantalla, sino que también dejan a su paso un residuo resinoso y repugnante cuyo origen nadie puede explicar muy bien.

Con un buen sentido de la estructura narrativa, los Duffer se toman su tiempo para explicar los métodos y naturaleza de este monstruo apenas entrevisto, pero ya para el capítulo ocho de la serie sabemos lo suficiente como para comprender — y reconocer — su origen visual y conceptual. Además, en esta ocasión, es evidente que los Duffer deciden rendir homenaje a otra entrañable película de la década de los ochenta: en la nueva temporada Dustin (Gaten Matarazzo) protagoniza quizás una escena reconocible para todos los fanáticos de la película “Gremlins” de Joe Dante y la recrea con una maravillosa puesta en escena y una línea argumental que sostiene las peripecias aparentemente inverosímiles del protagonista. El aire de improvisación, alegría espontánea y, sobre todo, la entrañable complicidad, crean una atmósfera de puro asombro inocente que sin duda remite a una de los films más famosos de Dante.

Para los Duffer, la experiencia de la segunda temporada de “Stranger Things” es por completo emocional. Lo es desde las primeras escenas de esa persecución rápida, bien dirigida y extraordinaria —un juego magistral de sombras y luces en medio de una asombrosa percepción de la fantasía— hasta su redondo y magnifico cierre, con la silueta del visitante estelar desapareciendo de a poco entre parpadeos de luz, acechando el mundo real desde las tinieblas. Una imagen no sólo para el recuerdo sino también para la historia de esa noción de cómo contar historias y la manera en que las comprendemos.