Las elecciones dejaron en evidencia cómo las redes sociales pueden construir un mundo paralelo que no se basa en hechos. Surge así una realidad artificiosa que tiene menos cabida en la televisión, donde las reglas del juego son otras.
Publicado el 21.12.2017
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“A esta hora se encuentran 91 votos marcados al favor del candidato Alejandro Guillier esto es en la mesa 31 del liceo andres bello, los votos fueron sorprendidos por apoderados de mesa del candidato piñera, los 91 votos fueron retirados de circulación” (sic). Este era uno de los tantos mensajes que circulaba en las redes sociales el domingo. Una historia artificial supuestamente ocurrida en Puerto Montt que rápidamente se reenvió una y otra vez a través de Twitter y toda suerte de grupos de WhatsApp, terreno fértil para este tipo de material. Otro mensaje de antología alertaba sobre irregularidades en un local de votación de Las Condes: “quedó la escoba en el colegio verbo divino se llevaron a toda una mesa entera arrestada 139 votos marcados a favor de guillier” (sic).

Los casos anteriores representan una mínima muestra de la avalancha de noticias falsas (fake news) a las que nos vimos expuestos. Por doquier aparecían papeletas manipuladas, violentas peleas, rumores exagerados que terminaban convertidos en grandes sucesos generando una realidad paralela, inexistente y que en nada contribuía al clima electoral. En un escenario así una de las supuestas virtudes de las redes sociales -el que éstas facilitan la divulgación de información- se convirtió en su lapidario defecto. Mientras que la buena televisión, con sus protocolos y estándares, permitía poner las cosas en orden y no sobredimensionar eventos puntuales.

La polémica por los votos marcados constituyó uno de los temas candentes entre la primera y la segunda vuelta pero sin duda el domingo alcanzó niveles patéticos. En Twitter el diputado Rojo Edwards publicó la supuesta prueba del delito acompañada del siguiente texto: “Van tres votos marcados por Guillier de conocidos de mi familia. No reclame la izquierda si después hay suspicacias”. El mensaje se retwitteaba una y otra vez. ¿Quiénes son los “conocidos” del señor Rojo? ¿Habrá chequeado el diputado en detalle el origen de la foto? Seguramente él no se hizo estas preguntas –y tampoco tuvo quién se las hiciera-. Con total irresponsabilidad disparó y lo pudo hacer porque las redes sociales así lo permiten. Después, arrepentido, Edwards borró su tweet.

A los departamentos de prensa llegaban las mismas denuncias, incluso algunos equipos partieron a verificar parte de ellas. La mayoría de los casos quedaron en nada. El chequeo no siempre actúa con pulcritud –como en el caso de CHV y el “justiciero imaginario”- pero sin duda da más garantías que el exceso de labia en las redes. En los canales hay periodistas que se juegan su prestigio y editores que responden con sus cargos, personas identificables que no se ocultan bajo seudónimos. En un canal no pueden bajar la señal cuando se equivocan. En Twitter los mensajes y cuentas se eliminan con la misma facilidad que se crean.

Vivimos en un mundo marcado por la posverdad, concepto que el diccionario de Oxford define como “circunstancias en las que los hechos objetivos tienen menor influencia en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”. Una realidad que se nutre de sensaciones y en la que algo que aparenta ser verdad es más importante que la propia verdad. La buena televisión, aquella que se rige por altos estándares y protocolos, es más reacia a formar parte del juego y encuentra en esta diferenciación una de las grandes fortalezas que le permiten seguir siendo un medio de comunicación clave.