Internet generó un nuevo tipo de narrativa donde no hay reglas ni líderes. Ironía, acidez, irreverencia. Armas de doble filo que tienen cada vez más adeptos. Se puede decir de todo, caricaturizar y al mismo tiempo ser objeto de caricaturización. Como afirmó Barack Obama en su reciente entrevista con el Príncipe Harry: “It is harder to be as obnixious and cruel in person as people can be anonymously on the internet” (“Es difícil ser tan desagradable y grosero en persona como la gente puede serlo anónimamente en internet"). Acá hay un público esquivo que la televisión quisiera capturar, pero donde el costo a pagar es demasiado alto.
Publicado el 28.12.2017
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El surgimiento de los programas de farándula fue un hito en la televisión. En un medio políticamente correcto oír descalificaciones y ver mechoneos entre famosillos era un espectáculo que provocaba curiosidad y pudor. Con el paso de los años nos fuimos acostumbrando e incluso ahora no llaman la atención en lo más mínimo. Ese espacio de irreverencia ahora es terreno de la web. Ahí no existe filtro y la acidez es la tónica.

Esta es una de las características de la cultura de internet, feudo de un público que la televisión persigue pero que le es esquivo. Capturarlo constituye todo un desafío. Entrar en su juego instaura un equilibrio precario ya que para seducir a estos nuevos adeptos lo más probable es que los más antiguos feligreses, los seguidores tradicionales, las personas que no manejan este tipo de narrativa, huyan despavoridos.

Para algunos teóricos nos encontramos frente a la inminente muerte de la sensibilidad de la cultura de masas. La ironía y la irreverencia están ganando la batalla y no son propiedad exclusiva de determinados grupos. Estas características permean a las diferentes subculturas que se manejan sin pudor con memes y toda clase de comentarios. Reírse de los otros no es pecado. Burlarse de las tragedias tampoco. Se puede decir de todo, caricaturizar y al mismo tiempo ser objeto de caricaturización. Como afirmó Barack Obama en su reciente entrevista con el Príncipe Harry (la primera desde que dejó la Casa Blanca emitida ayer por la BBC Radio): “It is harder to be as obnixious and cruel in person as people can be anonymously on the internet” (“Es difícil ser tan desagradable y grosero en persona como la gente puede serlo anónimamente en internet”).

Es una forma de relacionarse distinta. Un nuevo escenario donde el relato se construye sobre la base de una permanente interacción, la que en sí constituye un arma de doble filo: todo lo que hagamos, independientemente de que esté revestido de la mejor de las intenciones, puede venirse en contra. Un inocente video se convierte rápidamente en meme, repetido mil veces con imágenes congeladas en la pose más ridícula y un costo enorme para el desafortunado protagonista quien seguramente nunca imaginó en qué terminaría su propuesta.

¿Cómo comunicarse con un público que está dispuesto a tirar la primera piedra y al mismo tiempo recibirla? Difícil. Cuando la audiencia de la televisión abierta, que maneja otro tipo de lenguaje y sensibilidad, considera que se ha sobrepasado un límite, tiene la opción de acudir al Consejo Nacional de Televisión. En su rol supervisor éste debe “velar por el correcto funcionamiento de los servicios de televisión, para lo cual debe supervigilar y fiscalizar el contenido de las emisiones televisivas”. Y esas denuncias son por eventos infinitamente más “inocentes” que los de la red, pero que generan estupor, disculpas televisadas, despidos de ejecutivos… En internet no existe ese ente regulador. Es un terreno donde la libertad de expresión saca su lado más virulento, bajo la consigna de ir contra lo establecido sin temor a herir susceptibilidades. Y donde la única opción que aparece viable para la televisión es la de generar contenidos capaces de atraer a los díscolos sin entrar en su juego, con propuestas distintas, innovadoras, pero que no necesitan basarse en descalificaciones ni agresividad. Si piensa competir con las mismas armas, la derrota es segura.