Las redes sociales dan cabida a comentarios y declaraciones de alto calibre, un verdadero ring donde supuestamente todo está permitido. Pero no es así. La verborrea tiene consecuencias tangibles que afectan los resultados económicos de los medios. Un par de líneas en facebook o twitter pueden provocar el fin de los auspicios y la caída de rostros emblemáticos.
Publicado el 26.04.2018
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Hace unos días la siempre polémica Patricia Maldonado apoyó a través de Facebook las declaraciones del diputado Hugo Urrutia  quien calificó de “terroristas” a las víctimas de la dictadura militar. Lo anterior generó una campaña para que Mega la sacara del aire. La solicitud, realizada por el actor Pablo Schwarz en change.org, está dirigida a Mega y al Consejo Nacional de Televisión y a la fecha lleva más de 75.000 firmas.

En el momento de escribir esta columna la estación televisiva no había emitido ninguna declaración. Silencio absoluto. Tampoco han surgido manifestaciones de apoyo ni de rechazo del resto de los panelistas. Pero Maldonado ha seguido dando la batalla. Y nuevamente a través de Facebook afirmó: “Todos estos hijos de… predican moral con los genitales al aire (…) en buenos términos, son unos cara de raja, jamás dejaré de decir lo que pienso y siento, que eso les quede muy claro. Lo que menos tengo es ser cobarde, estas cosas a mí no me asustan, me alegran, porque significa que mis opiniones les duelen demasiado”.

En Estados Unidos polémicas de este tipo son frecuentes. La más reciente se relaciona con un dramático tiroteo en Florida conocido como “La masacre de San Valentín”, donde 17 personas fallecieron en la escuela secundaria Stoneman Douglas de Parkland el 14 de febrero pasado. A los pocos días, la conductora de Fox News Laura Ingraham se burló a través de twitter de uno de los sobrevivientes. “David Hogg fue rechazado en cuatro universidades a las que había solicitado ingreso y se queja sobre ello. Rechazado por la UCLA con una calificación de 4,1 … (totalmente predecible, dado los niveles de aceptación)”, escribió.

Las reacciones fueron inmediatas y twitter se vio invadido por mensajes de repudio. Pero hubo uno que causó alto impacto. Y provino del mismo Hogg. El joven publicó en esta plataforma (donde tiene cerca de 740 mil seguidores) el nombre de todos los auspiciadores del programa de Ingraham y llamó a no comprar ninguno de sus productos hasta que abandonaran el show. Resultado: éxodo masivo. Frente a este boicot, la conductora se disculpó, pero no logró revertir la situación y hasta la semana pasada más de 20 compañías habían dejado de pautear en el espacio. Pese a esto Fox la ha respaldado. Para ellos el boicot es un intento de censura y no están dispuestos a permitir presiones de ninguna índole.

En la vereda contraria, el argumento es distinto. Con su llamado, Hogg está haciendo uso de su derecho a expresarse, como muchos lo hacen cada vez más a través de las redes sociales. La diferencia es que el golpe en esta oportunidad tiene consecuencias que van más allá de acaloradas discusiones y ponen en jaque los resultados económicos de un programa.

Ingham y Maldonado comparten una característica: la afilada lengua. Ambas son personajes que basan su prestigio en declaraciones sin filtro y ácidas polémicas donde poco les importa lo que se diga de ellas. Fieles seguidoras de la máxima “no importa lo que hablen de ti, lo que sí importa es que hablen”. Figuras de extremos. Amadas o directamente odiadas. Pero debido al poder de las redes sociales ahora no son inmunes.

¿Los canales de televisión deben hacerse cargo de las declaraciones de sus rostros en otras plataformas? Sí. En un mundo como el de hoy ya no importa el medio en que manifieste una opinión. Twitter, Facebook, radio, televisión… Da lo mismo. El rostro es uno solo y los canales tienen que tener una postura en este tipo de situaciones. Fox ya lo hizo. Asumió las consecuencias económicas apostando a que, tarde o temprano, los auspiciadores volverán. Ahora es el turno de Mega. Quizás opte por esperar que una nueva controversia sepulte a la actual. Pero, independientemente de lo que haga, debe tener claro que si el público desea castigar, tiene las armas para hacerlo. En las redes sociales las personas encontraron su tribuna y cada día hacen un mayor y más efectivo uso de ésta.