Esta semana Mark Zuckerberg se presentó ante el congreso de Estados Unidos. Pidió disculpas y asumió la total responsabilidad por la fuga de datos de los usuarios de Facebook. Con respuestas estudiadas y mirada gélida, mostró las limitaciones emocionales que lo llevaron a crear un universo paralelo de alienación que opera con sus reglas y donde, querámoslo o no, todos somos Mark.
Publicado el 13.04.2018
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Finalmente Mark Zuckerberg tuvo que dar explicaciones frente a los senadores estadounidenses. Lo hizo sin su tradicional polera gris y con el que se ha denominado “el traje de pedir perdón”, como bautizó The New York Times al elegante terno y la corbata “azul Facebook”. Respondió mecánicamente todas las preguntas y pidió disculpas por revelar los datos personales de más de 87 millones de usuarios. Se hizo cargo de las acusaciones y pese a la relevancia de algunas declaraciones, uno de los comentarios que se repitió en redes sociales fue otro: ¿es Mark Zuckerberg realmente humano? Por la palidez de su rostro, la ausencia de gestualidad, el mecánico tono de voz, la mirada fija, por el lenguaje verbal y no verbal parecía más bien un androide. Un robot que creó un entorno a su medida, con un idioma nuevo y reglas propias.

El modus operandi de Facebook tiene una clara explicación. A los 19 años Zuckerberg era un desadaptado estudiante en Harvard, un joven con problemas para comunicarse, solitario, que buscaba “ser parte”. Para lograrlo desarrolló una página en internet que lo ayudaba a superar sus limitaciones refugiándose detrás de una pantalla, mediatizando la realidad y ordenándola en categorías que determinan nuestra identidad virtual. Una aplicación en la cual incluso el color fue estratégicamente elegido, ya que, al ser daltónico, Zuckerberg no distingue entre el verde y el rojo, y prefiere ver la realidad teñida de azul. Un mundo en el cual las emociones se trivializan, donde pese a tener muchos “amigos” el concepto de “amistad” no simboliza un verdadero vínculo y la utopía de la conexión deviene en alienación. Un espacio donde nos transformamos en Zuckerberg, encarnando sus carencias e incapacidad para relacionarse.

Adoptamos un nuevo dialecto, lleno de abreviaciones y términos anglosajones, que está lejos del que se estructura a través de oraciones con sujeto y predicado, que permite desarrollar conceptos y articular un discurso coherente capaz de expresar sentimientos, y que da cuenta de nuestros estados de ánimo sin la necesidad de recurrir a una enumeración de frases banales y predeterminadas como “Hoy me siento feliz” o “Hoy me siento devastada”. Otras opciones que Facebook nos ofrece son: bendecida, festiva, encantada, sensible, loca, sarcástica, incompleta, impotente, etc. Una lista hecha por y a la medida de Zuckerberg.

Para muchos esta aplicación se erige como la única instancia en que logran expresar dolores y afectos, un entorno virtual protegido, rápido; pero también ambiguo, donde es más fácil poner un dedo para abajo o una carita enojada cuando algo nos desagrada, o un emoji con lágrimas si pasamos por un momento de tristeza. Como consuelo frente a estas manifestaciones se reciben comentarios como “por algo pasan las cosas, ya verás como la vida te depara muchas sorpresas”, acompañado de un desfile de corazones, flores, bailarinas y aplausos. En el fondo, nada. Palabras vacías, lugares comunes, empatía falsa y de rápido consumo creada por un personaje cuya tarjeta de presentación incluye un texto bastante curioso: “Soy el presidente, bitch”.

El mundo no es tan simple. Y los hechos así lo demuestran. Esta vez Zuckerberg no se pudo refugiar detrás de una pantalla y viendo su universo amenazado tuvo que dar la cara en el Capitolio. Sentado sobre un pequeño cojín (al parecer sus asesores querían que se viese más alto que su 1,70 mts) respondió con varios “no lo sé” o “no tengo esa información”. Pero gracias al debate generado en torno a Facebook, los que ahora SI sabemos somos nosotros. Sabemos que es una herramienta. Ni más ni menos, con sus pro y sus contra. Reconocemos que participamos de ella libre, espontánea e irresponsablemente. Entendemos cómo usan nuestra información y para qué. Pero más importante aún, tomamos conciencia de que no es la vida. Sino, ésta sería tan solo azul.