Uno de los preestrenos de mayor resonancia que ha tenido el Festival de Cine de Las Condes 2017, es esta obra protagonizada por los actores Jude Law, Colin Firth y Nicole Kidman, y dirigida por el británico Michael Grandage. Situada en el Nueva York de las décadas del ’20 y el ‘30, el presente filme se ha inspirado en la semblanza del célebre editor estadounidense Max Perkins y en la relación profesional y humana, que éste sostuvo, con autores literarios del prestigio de Thomas Wolfe, Francis Scott Fitzgerald y Ernst Hemingway. Una película de genios, locura, desesperación y muerte.
Publicado el 10.01.2017
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“Te amo –dijo-. Te he amado desde que encontré tu cuerpo casi sin vida en la playa, y durante todas las noches que yací fuera de tu tienda, escuchando tu dulce respiración, y te amo más que nunca en esta hora mortal, cuando ya no me siento obligado a guardar silencio”.

Thomas Wolfe, en El ángel que nos mira

 La literatura como justificación vital. Si no escribo, me es imposible vivir, diría el poeta Enrique Lihn. Aquella es la trama de “Pasión por las letras” (“Genius”, 2016), una pieza que acaba de aterrizar en Chile, gracias al clásico veraniego que se desarrolla en la improvisada pantalla gigante del Parque Araucano, por estos días de enero. Un hombre desesperado, concurre a buscar la salvación y la compasión, ante el juicio de un editor respetado. La angustia de su cara se ilumina: por fin verá publicada su novela. Es Max Perkins, quien corregirá “El ángel que nos mira”, en comandita junto a su creador, el atormentado Thomas Wolfe (1900-1938).

Perkins (interpretado por Colin Firth), comienza a quererlo como un padre educa a un hijo. Y la cámara es prudente, juiciosa, sobria, separa cuadros de una manera tradicional, y en visualizada la composición fotográfica de una estética y estilo “vintage”, en evocación simbólica a  esa época, el tiempo de “entreguerras”. Escenas que transitan por un Brooklyn diseñado en puertos ingleses como Liverpool, tal como se observa en los créditos técnicos del rodaje. En efecto, una de las “marcas” audiovisuales de este título, deviene de una dirección de arte que con un esmero encomiable bosqueja vestuarios, provoca situaciones lumínicas especiales, y dibuja los fueros de un cielo saturado de melancolía, nostalgia y esperanza.

La alegría de ver lanzados al escrutinio público, esos folios y páginas, que demandaron tanta entrega y compromiso artístico, humano, sanguíneo, de pura y desbocada imaginación, en la búsqueda de un oasis, o remanso de paz, sosiego y tranquilidad. Los condimentos dramáticos son intensos, duros y propiciadores de constantes pensamientos sombríos en la mente del espectador, pero carecen de la fuerza y de la profundidad adecuada, pese a que estas emociones y sentimientos resultan encarnados por actores de primera línea: Jude Law (Thomas Wolfe), el mencionado Firth, Nicole Kidman (Aline Bernstein, la compañera afectiva del primero en la ficción), léase Guy Pierce (quien aborda a Scott Fitzgerald), y anótese a Dominic West (en el rol de Hemingway).

Esa ausencia de fortaleza argumental, en el sentido denunciado (la carencia de un prendamiento literario que sostenga la armazón del conjunto), hace que los demás atributos de “Pasión por las letras”, cedan a un segundo y discreto orden. Aunque sus tópicos sean vibrantes e inspiradores, en gran medida: la disfuncionalidad e incapacidad de conectarse con otro ser, a través del amor, las crisis familiares, provocadas por una inclinación desmedida hacia las labores profesionales (en el caso de Perkins), y la prohibición implícita de satisfacer necesidades “espirituales” y metafísicas (para la totalidad de los escritos acá presentes).

Mientras, la cámara se instala en una dinámica de planos y secuencias montadas con serenidad, y direccionalidad argumental (la escasez de sentimentalidad, se debe, antes que nada, a la escritura propia de un guión -sólo regular, literariamente hablando-, y no a su buena calidad, en tanto singular libreto cinematográfico). Centrada en la figura de Wolfe, la película disecciona las contradicciones esenciales de un personaje dotado de un talento literario único y descomunal, empero castigado por problemas de índole psicológicos y existenciales, que le impiden de cierto modo, encontrar la armonía que le asientan crear esos objetos bellos, hermosos y verdaderos: “El ángel que nos mira” (1929), y “Del tiempo y el río” (1935), entre otras producciones simbólicas y escriturales, de su puño y firma.

La cinta exhibe a Wolfe como un hombre incomprendido por su entorno más cercano, y marcado por una relación conflictiva con su padre, y también con su principal pareja femenina (Aline Bernstein). En esa escalada de decepciones, la aparición del editor Perkins, complementa y suple la ausencia de ese progenitor carnal, inexistente en su mental cartografía física y emocional. Así, igualmente, “Pasión por las letras” enseña los rasgos de un largometraje de iniciación: la de una trayectoria lánguida, tortuosa, y que finaliza, paradójicamente, sobre la arena de una playa, y ante el simbolismo de libertad desmesurada, que representa por excelencia el mar.

Un océano que acoge a Hemingway, y por supuesto que al inquieto y neurasténico Scott Fitzgerald, cargado por sus vínculos con la amada Zelda: trágicos, demasiado intensos, históricamente trascendentes en la herencia común de la literatura norteamericana y mundial. Porque ese trío de próceres, también conforman el reparto  de esta cinta que los retrata, analiza, y fotografía en sus flaquezas, alucinaciones, y caídas sin retornos.

La iniciación se sintetiza en el éxito, y luego, en la pérdida desconsolada. Los mayores narradores en lengua inglesa (junto a Faulkner), del siglo XX estadounidense, yacen inermes, presas de sus altibajos personales, esclavos de situaciones que los superan de manera inabordable: la soledad, el amor no correspondido, los traumas de la niñez y de la juventud, la sed de cariño dolido y evanescente.

En su corrección dramática (en ningún caso falencias, ya lo enunciamos), permanecen escenas y cuadros para el recuerdo: Wolfe (Jud Law), pletórico de felicidad, al saber que su texto será editado por una prestigiosa casa del libro, en el andén de una estación de ferrocarriles neoyorkina, Scott Fitzgerald (Guy Pearce), acompañado de una Zelda que asemeja a un fantasma, a causa de su dependencia por los fármacos y a las continuas estadías en centros hospitalarios y psiquiátricos, que le aquejaban. El personaje de Hemingway habla con Perkins, y al lado el mar brilla y se condensa, bajo el poder de un sol triste y vivaz. El frío, la lluvia y la nieve de este Nueva York fabricado en un estudio cinematográfico y en la humedad de los malecones ingleses. El encierro, los deseos de gloria y la perpetuidad creativa, el delirio de ver una página impresa sobre el folio de un cuaderno, encima de la hoja de un diario. Aquí la intensidad es abstracta, lamentable, teniendo ese elenco de actores sobrenaturales. La medula ósea de una pena inmensa, recreado en los códigos de un thriller. Será una deuda, para el futuro audiovisual del director. Y al final, esto es lo único que se transforma (y queda), redactó el poeta: “Pero escribí y me muero por mi cuenta, / porque escribí porque escribí estoy vivo” (Enrique Lihn).