En esta tercera temporada, “Narcos” asume un concepto más amplio y parece dejar muy claro que de ahora en adelante el show explorará el poder a la sombra, desde un punto de vista más elaborado. Los enemigos se multiplican  - ya no se trata de Escobar enfrentándose a la ley en solitario, sino a un grupo integrado a la sociedad y que cuida muy bien sus máscaras-  y el escenario se juega no sólo contra la DEA, sino también, con la intención de los cabecillas de lograr una transición tranquila - y casi indolora-  al mundo legal.
Publicado el 07.09.2017
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Para la cadena televisiva Netflix, “Narcos” fue un experimento arriesgado: No sólo por retratar la polémica y muy mediática vida de Pablo Escobar, el narco más conocido de Medellín, sino además por transformarla en un ejercicio de espectáculo televisivo que transformó la escabrosa historia en puro entretenimiento. Aunque el canal no ofrece cifras de audiencia, la osadía parece haber resultado lo suficientemente exitosa como para estrenar una segunda temporada que cerró con la muerte del narcotraficante. Por supuesto, se trataba de algo inevitable y que puso a la serie en la complicada situación de reinventarse para continuar relatando los complicados entresijos del crimen organizado.

Para la tercera temporada, los creadores Chris Brancato, Carlo Bernard y Doug Miro decidieron dar una vuelta de tuerca a la mirada sobre la irregular noción del bien y del mal de la serie y aumentar la apuesta en un escenario multidimensional de enorme efectividad. El resultado es un nuevo análisis sobre la moral corrupta, pero llevado a un renovado estrato y, sobre todo, a una dimensión mucho más compleja, lo que es sin duda el mayor triunfo de la propuesta.

El cambio de escenario y protagonistas ha traído un replanteamiento básico sobre su estructura, pero sobre todo su manera de analizar las relaciones de poder: ahora el crimen no es un acto personalísimo, sino además una mirada a la corrupción endémica de los países del continente. El cartel de Cali es una organización delictiva más sofisticada y más especializada, lo que hace que la notoria ferocidad de Escobar se recuerde como algo primitivo y extemporáneo. Aun así, la serie no pierde el norte y continúa mostrando justo lo que la hizo un éxito inmediato de público y de crítica: una visión retorcida, cruel y en ocasiones cínica sobre la forma como el negocio de la droga se convirtió en un nuevo tipo de flagelo mundial, pero también los hombres detrás de la violencia organizada.

Muerto Pablo Escobar, el cartel de Cali adquiere una nueva dimensión y también parece reconstruir la percepción sobre el miedo que, hasta entonces, la siniestra figura del narco había supuesto. Hasta entonces, la serie parecía más obsesionada por mostrar la excéntrica vida de un criminal convertido en ídolo regional que durante su vida convirtió al crimen organizado en una lucha con el poder establecido, que los engranajes que mueven el perverso mecanismo del tráfico de cocaína alrededor del mundo.

En esta tercera temporada, “Narcos” asume un concepto más amplio y parece dejar muy claro que de ahora en adelante el show explorará el poder a la sombra, desde un punto de vista más elaborado. Los enemigos se multiplican  - ya no se trata de Escobar enfrentándose a la ley en solitario, sino a un grupo integrado a la sociedad y que cuida muy bien sus máscaras-  y el escenario se juega no sólo contra la DEA, sino también, con la intención de los cabecillas de lograr una transición tranquila - y casi indolora-  al mundo legal, toda una disyuntiva que la serie maneja con inteligencia, buen tino y una poderosa comprensión de los pequeños espacios de poder que la corrupción transforma en interrogantes. El cartel de Cali no basa su reino criminal en el miedo y amedrentamiento, sino en la negociación y el soborno. Los aterradores asesinatos de Escobar - la larga serie de víctimas y dolorosas secuelas de su ambición personal-  se sustituyen por una intrincada red de hilos de negociaciones secretas, extrañas escenas de corrupción solapada y, también, la percepción de un mundo criminal oculto bajo una engañosa apariencia de normalidad. No en vano, los cabecillas del cartel de Cali enviaron a sus hijos a las mejores universidades del mundo, hicieron carreras universitarias perfectamente respetables y se escondieron detrás de una mega estructura que ocultaba no sólo la violencia, sino también la corrupción que permitió al cartel prosperar como lo hizo.

La perspectiva del show cambia entonces para bien: el reparto parece más cohesionado y con una profundidad distinta cómo elenco coral. Gilberto Rodríguez Orejuela (Damián Alcázar), Miguel Rodríguez Orejuela (Francisco Denis), Pacho Herrera (Alberto Ammann) y Chepe Santacruz Londoño (Pepe Rapazote) crean y sostienen un universo de personajes complejos que añaden interés y que elaboran una idea sobre el crimen más realista, pero también mucho más variopinta. El argumento se desarrolla inmediatamente después del final de la segunda temporada y cuenta cómo el cartel de Cali expandió el negocio de Escobar, pero además decide abordar no sólo el complejo entramado del mundo del tráfico de drogas, sino también las intrincadas relaciones de poder político en medio de una batalla de intereses en el que la posibilidad de que el cartel se convierta en un verdadero poder - al margen del poder- es inevitable.

Las dos temporadas anteriores, se distinguieron por percibir al lado de la ley desde cierta torpeza, en medio de un océano de errores y pequeños fallos que permitieron a Escobar crear un imperio del crimen de proporciones colosales. Para enfrentarse al temible cartel de Cali, los productores optaron por crear personajes mucho más definidos y firmes, pero también por analizar la ley desde un contrapeso necesario a una normalidad tramposa y engañosa. Además, del lado del cartel no es todo blanco ni tampoco muy definido: el jefe de seguridad de los mafiosos, Jorge Salcedo (un multifacético Matías Varela) está ansioso por dejar atrás su vida criminal y la decisión parece no sólo cambiar la forma como comprende al mundo criminal, sino también, a sí mismo. Entre todas las visiones del bien y el mal que propone el guión, la actuación de Varela otorga un sentido de profunda comprensión sobre los entresijos del crimen. También lo hace la renovada perspectiva sobre la DEA como organización de combate (más acertiva y mejor organizada) pero sobre todo, la comprensión del confuso eje moral que la serie desde sus inicios propone. Para bien o para mal, “Narcos” analiza el crimen, la maldad y el temor desde el más puro entretenimiento y logra convertir su noción sobre lo moral en algo más complejo. Una dramatización quizás de un perverso punto de vista sobre la condición humana.

Narcos no se ha librado de la polémica desde su estreno. Desde las críticas del hijo de Pablo Escobar - enfurecido por el retrato que se hace sobre su padre-  hasta aumentar la fascinación por el mundo criminal, la serie parece incapaz de mantener al margen el escándalo público, lo que hace más que probable que sus productores y creadores intenten no sólo mantener sino también aumentar ese ruido en redes sociales y medios de comunicación. Esa notoria conciencia de su capacidad para el espectáculo hace al show tomar decisiones arriesgadas que, para la tercera temporada, continúan siendo efectivas.

Convencidos de que el narcotráfico es algo más que un crimen y sí un estilo del poder, los productores ahora muestran con mucha más claridad el equilibrio torpe del poder. Los narcos son también los nuevos políticos -los que mueven los hilos de los sucesos invisibles que en la Latinoamérica corrupta parecen tener tanto valor y sentido como otros símbolos históricos- lo que convierte a la serie en un manifiesto de intenciones. ¿Qué hay debajo del poder en Latinoamérica? ¿Qué se esconde bajo la visión del bien y la moral? La tensión dramática basada en esa premisa sorprende por su efectividad y, de alguna forma, es justo esa capacidad de la historia para crear una atmósfera malsana y corrompida, sin perder el sentido del humor y la intriga, el mayor éxito de la serie.