La última cinta del director estadounidense Tim Burton (“Batman” y el “El joven manos de tijeras”), es un homenaje a la legitimidad de lo onírico, de los sueños y de la fantasía, frente a las prerrogativas de una realidad pobre, chata y absurda. Mediante la creación de una cosmovisión fílmica auténtica, pero con hondas bases artísticas en la tradición anglosajona, y un elenco rutilante de nombres y de talento interpretativo, la cámara del realizador vuela, se sumerge e inventa, en un viaje de transgresión y de desenfado audiovisual.
Publicado el 08.10.2016
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“Todavía hoy sólo espero algo de mi propia disponibilidad, de mi sed de errar al encuentro de todo, confiando en que me mantenga en comunicación misteriosa con los otros seres disponibles, como si fuésemos llamados a reunirnos súbitamente”.

André Breton, en El amor loco

 

Ir a presenciar una película como ésta es un deleite por la pura felicidad que regala: son dos horas donde se testimonia un universo cinematográfico unívoco e inédito, coronado por la presencia en el plató, de la famosa actriz francesa Eva Green (1980), la que pronuncia el idioma inglés, con un exquisito acento “british”.

El mar golpea un islote cercano a Gales, y una presuntuosa mansión se alza escondida, en una colina, resguardada por los árboles, las zarzas y los matorrales, y la luz de la luna. Un joven que recién abandona la adolescencia, desciende de un bote y se interna al encuentro de una llamada instintiva, inexplicable, extraña, aunque plena de sentido y de profunda significación. Sólo el viento, el frío, la niebla, el muchacho y su destino.

Tim Burton (California, 1958), quizás, es el autor audiovisual con mayores ambiciones artísticas y estéticas de su generación: su cámara apuesta por caminos desconocidos, ya sea por la originalidad de sus puestas en escenas, ahora mejores y más brillantes, gracias a las técnicas de animación digitales y computacionales. Pero la estrategia (de colores suavemente torcidos en cada uno de los elementos que componen el encuadre) permanece, en los propósitos de relatar un cuento estrictamente fílmico, que discurre por parámetros y códigos de alfabetización propios. Con deudas a las fantasías de C. S. Lewis y de Lewis Carroll, por citar a algunos de sus estandartes literarios reconocibles.

Una isla, una gran casa, unos niños singulares y su mágica celadora, una Eva Greene que puede transformarse en un mitológico pájaro y ave, gracias a poderes y atributos fisiológicos restrictivos a su condición. Jake (interpretado por el actor Asa Butterfield) busca una meta, una llave que le abra la puerta a ese manual de instrucciones en uso, un Grial que le otorgará las claves de su existencia, e inclusive el significado de los vínculos paradójicos que le unen a su abuelo, y le distancian de sus padres.

Miss Peregrine y los niños peculiares (Miss Peregrine’s Home for Peculiar Children, 2016) es un largometraje con extravagancias argumentales y particularidades audiovisuales (los planos retratan elementos de fantasía, originados en la intencionalidad estética privativa del autor), que guardan en su trama, nudos narrativos de visualización simbólica, relacionados con el aprendizaje y la iniciación existencial. Un joven se convierte en adulto, se enamora, conoce la atracción y la correspondencia sentimental de parte de una niña lúdica, hermosa, salida de un sueño, que controla los aires y la fuerza de los vientos (Emma Bloom, encarnada por la actriz británica Ella Purnell).

Así, las excentricidades e increíbles poderes sobrenaturales que poseen estos adolescentes, son mostrados por Burton, en un lenguaje de parámetros ficticios, pero compenetrados con la escena cinematográfica de una manera fluida, veraz y fidedigna. Los niños desafían las leyes de la realidad física y sensorial, y el lente del director expresa esas situaciones de un modo a la vez sencillo e ilusorio, sin por eso alterar ridículamente las reglas de la tridimensionalidad que cualquier ser humano es capaz de ver, de sentir y de palpar.

Tal vez la única falla en la invención de esa realidad diegética, retribuyan a las incoherencias de un discurso argumental complicado, y sobre el cual es difícil inquirir explicaciones convincentes, en torno a los conceptos de orden que implica el pensar un mundo con unos rasgos tan peculiares y distintivos como los descritos en imágenes, y en esta ocasión, por el autor.

El desfile de secuencias y fotogramas inolvidables resulta incontable, sin embargo. Jake y Emma, por ejemplo, se zambullen en las aguas del Atlántico, y se dirigen a los interiores de un buque anclado en el fondo del océano, y la chica lo guía y le enseña el camino de ese secreto: el lugar hacia dónde se dirige, cuando anhela estar “sola”. Ahora comparten una infidencia, una sinceridad que los acerca, de una forma casual y eterna: los lazos que generan las confesiones emocionales.

No debe extrañar que a Burton le interesan los tópicos que tratan acerca de seres especiales: los protagonistas de varias de sus cintas, o son “súper héroes” sin poderes, o personajes que por poseer ciertas características en desmesura y desequilibrio, resultan condenados y confinados al encierro, a la soledad, a un sentimiento de desarraigo y de incomunicación, que los aísla y expulsa de un cuerpo social determinado. Y esa experiencia se nutre de acontecimientos que por obra y gracia de una mitología creativa, se reflejan en entornos paralelos, y en la necesidad de subvertir y de trastocar estéticamente un ambiente fílmico que les desfavorece, y que sólo les produce dolor, y que azuza sus trastornos mentales e identitarios.

Si no fuera por sus evidentes caídas literarias (falencias en la ilación estratégica del libreto), ésta sería una película perfecta. Empero, su rebelión creativa (un síntoma del buen arte), y la experiencia de una cámara que ofrece cualidades cinéticas al por mayor, silencian y omiten un juicio descarnado al respecto. Queda la magia, la belleza, la posibilidad del encuentro, y las apariciones de Eva Green.

En la invocación de una fábula moral (se debe vencer a un ente malvado), Miss Peregrine y los niños peculiares salvaguarda sus derechos narrativos, y sostiene ese brillante aparataje audiovisual: hacer visibles los sueños, aspiraciones, deseos, las ilusiones, que guardamos todos al interior de nuestra conciencia. Y Jake, aunque eso derive en violar las coordenadas del tiempo y del espacio, retrocederá, se internará por esas compuertas disimuladas, en la recuperación de ese perfecto y absoluto eterno, que Tim Burton anida en el alma y en la figura de una joven celestial: Emma, el amor de esa chica que controla y apacigua los vientos.