Para la segunda temporada, Aziz Ansari (creador y actor) no varía la fórmula e insiste en esa percepción de las vicisitudes mínimas desde lo humorístico. En esta ocasión, regresa de un viaje espiritual y a partir de ese momento, continúa esta serie mundana pero atípica.
Publicado el 18.05.2017
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A la serie “Master of None” de la cadena Netflix se la ha llamado la “anticomedia” o mejor dicho, una de las pocas series de la última década que se atrevió a romper los clichés habituales del género. Con toda su carga de cinismo y humor retorcido, el show de Aziz Ansari se aleja de la risa fácil, pero sobre todo de los tópicos más corrientes en intento de buscar una identidad propia. Y lo logra: en la primera temporada de diez capítulos no hay un sólo personaje que recuerde a cualquier otra serie episódica. Ni el vecino loco, el grupo de amigos entrañable y peculiar, las costumbres opulentas y contemporáneas, los pisos soñados e inalcanzables. En lugar de eso, Ansari apostó por algo más realista, desconcertante, pero justo por ese motivo, atractivo. En “Master of None” lo realmente hilarante no es en gags o en juegos de palabras, sino en una extrañísima reflexión sobre lo cotidiano y lo corriente. Como si se tratara de un raro experimento vivencial, Ansari encontró un extraño discurso sobre el día a día, los pesares y dolores modernos que evade todo molde habitual y encuentra su propia personalidad sin demasiada dificultad.

Por supuesto, Ansari no es nuevo en la comedia y mucho menos, en esa percepción de lo que le circunda como motivo de reflexión y risa sardónica. Sin embargo, el actor y director — popular por su papel como Tom Haverford en “Parks and Recreation” — encontró en “Master of None” una inesperada oportunidad para mostrar no sólo su versatilidad sino además, un profundo conocimiento sobre los códigos de la comedia, lo que le permitió subvertirlos de un modo nuevo y sorprendente. A la manera de Larry David en “Curb Your Enthusiasm” sabe la importancia del ritmo y el pesimismo elocuente al momento de crear un discurso humorístico. Su personaje — un actor de cuarta que intenta sobrevivir en el durísimo patio trasero de una Nueva York inhóspita — fue sin duda una apuesta arriesgada en medio de un escenario en donde la comedia mantiene sus códigos y estilos por pura supervivencia. No obstante, Ansari demostró que hay toda una nueva percepción sobre lo humorístico, heredera directa de un planteamiento más inteligente y audaz.

En la primera temporada de “Master of None” hubo un evidente ingrediente de autoparodia y también, una profunda asimilación de la soledad existencial de nuestro siglo. Entre ambas cosas, el show manejó ingredientes propios de la comedia ligera pero aderezada con un meditado punto de vista sobre la identidad actual. El resultado fue un show que provoca risa pero por razones poco habituales y sobre todo, una percepción sobre la comedia tan novedosa como exitosa.

Para la segunda temporada, Ansari no varía la fórmula e insiste en esa percepción de las vicisitudes mínimas desde lo humorístico. En esta ocasión, nuestro héroe regresa de un viaje espiritual que en teoría, debería ayudarle a enfrentar sus momentos más bajos y sobre todo el desamor. Pero nada es tan fácil para un personaje que debe enfrentarse a lo mediocre de lo corriente y que además, sobrevivir lo mejor que puede. Ansari no lo olvida y gracias a un negrísimo humor, le brinda una vuelta de tuerca a la visión del desamor, el desarraigo y la soledad moderna que la serie analiza desde la periferia, lo que convierte el regreso a la pantalla chica de “Master of None” en una brillante reflexión sobre nuestra época y sus circunstancias. Ansari insiste de nuevo en dotar de nuevo a su “Dev” con una rara sensibilidad pero además, apuesta a una redimensión de su trasfondo. En esta ocasión, el personaje y quienes le rodean se hacen preguntas mucho más existencialistas y duras mientras intenta sobrevivir a una ciudad hostil, a infructuosas relaciones sentimentales y a su temor por el compromiso emocional. En medio de todo tipo de situaciones inesperadas y su habitual cinismo, “Master of None” recupera lo esencial de la temporada anterior y lo dota de un lustre renovado y por momentos conmovedor.

Por supuesto, el tono del show no varía: continúa siendo tan honesto, agrio y directo como siempre pero hay además una toma de conciencia sobre la importancia de no caer en inevitables pesimismos. Con una brillante habilidad para la percepción de la condición humana, El Dev de Ansani insiste en sus momentos de brillante malhumor y egocentrismo, sin caer en el tópico habitual de lo huraño y lo cínico. El personaje avanza a través de su vida y demuestra que en medio de los dolores y frustraciones de una vida común, también hay un considerable espacio para comprender el valor de las pequeñas cosas. El actor y director se toma la osadía de usar los diálogos explicativos — de los que tanto abusó en la primera temporada — como conexión entre escenas y de pronto, el espectador tiene la sensación que la comedia no sólo avanza sino que, se convierte en una mirada casi íntima sobre la vida de este millennials a mitad de camino entre el desencanto y el tedio. Dejando a un lado la rigidez que levantó críticas en la temporada pasada, Ansani se atreve a algo más provocador e intrigante: mostrar la rutina como parte estructural de lo que somos y creemos. Y más allá de eso, el reflejo del hábito como parte de nuestros dolores y personales sobresaltos. La mezcla entre ambas cosas es una curiosa mirada al mundo que sorprende por su originalidad.

No obstante, “Master Of None” no cambia el norte e insiste en hablar sobre las relaciones y el amor en una generación educada por internet, atormentada por la inseguridad y sobre todo, aterrorizada por la soledad. En medio de todo hay espacio para reflexionar con el mismo agudo sentido del humor sobre los dolores y temores de sus personajes en un intrincado viaje por reflexiones con un estilo autoral muy marcado. No obstante, “Master Of None” es mucho más que esa percepción de lo mínimo que en apariencia es el tema recurrente y de la misma manera que en su oportunidad lo hizo “Portlandia” de Fred Armisen y Carrie Brownstein, asume una cierta visión retorcida sobre la realidad y su trasfondo. Haciendo gala de un guión inteligente, dinámico y sobre todo original, la serie avanza en la química orgánica entre sus personajes principales para recordarnos que en el paisaje tan conocido de “Master of None” aún hay lugar para la sorpresa.

La primera temporada de la serie cerró con una temática que no es desconocida para la mayoría de los shows actuales: esa incertidumbre de la mediana edad sobre el futuro, que a diferencia de décadas atrás se hace mucho más fragmentada y dura de asimilar. Y la serie reflejó esa confusión existencialista — un dolor mínimo, sin sentido ni forma — con una mirada brillante sobre los dilemas existenciales de los treintañeros actuales, atormentados por el tedio y la confusión. Para su regreso, el show asume el mismo punto de partida pero sin emitir juicios ni mucho menos opiniones. Y otra vez, logra lo que es quizás su mayor triunfo: esa percepción austera y casi accidental sobre las equivocaciones, decisiones y ambigüedad moral de sus personajes. Mundana, atípica y dolorosamente cercana, “Master of None” expone formas de ver la vida pero tal y como lo hizo en su primera temporada, no intenta darles explicaciones sencillas. Como hija de su tiempo, la serie asume su lugar como una rareza en medio del drama y la comedia. Y lo hace además con un empeño que en esta segunda temporada y para alegría de sus fanáticos, encuentra quizás su momento más brillante.

Aglaia Berlutti es fotógrafa y escritora venezolana. 

Temporadas: 2
Capítulos: 20
Creador: Aziz Ansari
Dónde verla: Netflix