Un bello filme minimalista que explora las circunstancias y consecuencias de un conflicto bélico a gran escala, sobre los días de unas cuantas y sencillas personas: la guerra civil que asoló a la euroasiática Georgia (ex URSS), a comienzos de la década de 1990, por diferencias étnicas, religiosas y políticas. Una cuidada fotografía, además de sobresalientes actuaciones estelares, y una cámara que explora desde diversos ángulos la terquedad de un anciano por mantener su arraigo y pertenencia al terruño donde vivió y conoció la felicidad y el amor verdaderos: un estreno exclusivo de la sala El Biógrafo.
Publicado el 24.10.2016
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“Con la esperanza de que se repitiera un momento extraordinario, imprevisto, de esos en que por un instante brilla la oscuridad, y se produce un fulgor, un resplandor repentino que no se debe desperdiciar y que no te debe pillar desprevenido. Porque tal vez nos indica lo que tenemos frente a él. Nada, salvo emoción y humildad”.

Amos Oz, en Conocer a una mujer

 

Un agricultor de origen báltico (estonio), dedicado al cultivo de las pequeñas y jugosas mandarinas, que no desea huir de su granja, del hogar en el que formó a su familia, quien no consiente en escapar del lugar encima del cual experimentó sus sensaciones y afectos vitales: la caída de la Unión Soviética, trajo consigo un resurgimiento de los nacionalismos y de las antiguas rivalidades entre los pueblos y las diversas comunidades que conformaban al disuelto imperio comunista: y desde un comienzo, la rebelde Abjasia, planteó su desafío al resto de Georgia (Cáucaso, costa oriental del mar Negro), con una feroz guerra y resistencia, a la que se sumó hace algunos años Osetia del Sur (2008).

Ivo (el protagonista, encarnado por el actor Lembit Ulfsak) pertenece a la minoría local proveniente de Estonia (otra antigua república rusa), que pobló la zona (la región de Abkhazia, a lo largo del siglo XX): y lo que resta de su parentela, como la mayoría de los habitantes originarios del norte de Europa, han regresado al país natal de sus ancestros. Pero el hombre, por un extraño motivo, y pese a los estallidos y al fuego cruzado que explotan y se enciende al lado de su casa, prefiere permanecer al cuidado de su finca, como si nada, cual la tranquilidad prevaleciera y el Estado de Derecho estableciera la convivencia pacífica y civilizada entre abjasios y georgianos, cualquiera sea su “semejanza” sanguínea.

Una historia sencilla, alejada, por ejemplo, de las acrobacias y de las pirotecnias audiovisuales efectuadas por un Emir Kusturica, con la finalidad de rodar filmes acerca de idéntica temática, centrados en las luchas que desgarraron a la península de los Balcanes en los años ‘90. En cambio, lo del realizador Zaza Urushadze (1965), es distinto: un relato mínimo, aunque también el conducto y escape artístico para exhibir una tragedia de alcances destructivos, en millares de vidas, y de bienes inmuebles.  Así, en “Mandarinas” (“Mandariinid”, 2013), el asunto cinematográfico, en la forma por lo menos, resulta diferente.

Una estética del rincón rural, con la intención de proyectar una guerra que se desarrolla a distancia, afuera, y de la que sólo oímos su ruido lejano, de fondo, y unas bombas que se desintegran más o menos próximas, y que causan daños y muertes, heridos que fallecen, soldados que sobreviven, emociones que se difuminan. Ivo trabaja el campo y custodia su granja, como si nada sucediese, hasta que la guerra golpea su puerta, inesperada y violentamente.

Luego de esa secuencia, la cinta adquiere los ribetes de una fábula moral: el anciano cuida enfermos de ambos bandos, y se crea una suerte de fraternidad y de compañerismo entre los soldados, antes encarnizados enemigos. El guión, entonces, desarrolla esos patrones argumentales en una óptica un tanto común para este tipo de créditos, empero manteniendo la profundidad de significados literarios y sentimentales del conjunto. Un mundo que cae, se desploma, se desintegra, y el protagonista, extrañamente, guarda la calma y los nervios.

A diferencia de innumerables obras inspiradas en hechos históricos que encuadran la ruptura de una continuidad sistémica (la Revolución Francesa, la derrota alemana en la Segunda Guerra Mundial), la propuesta de “Mandarinas” se aboca a escudriñar los efectos de un cataclismo colectivo en la cotidianidad de un anciano, que no espera nada, a modo de una iniciación tardía y condenada al fracaso mortal. Jamás vemos a los que huyen hacia Estonia, salvo en la declaración de un personaje menor, que le advierte a Ivo, que la vida tenida por su comunidad en décadas sobre suelo abjasio, llegaba ahora a su ineludible término.

Los miles de bálticos que escapan, lo hacen desde un aeropuerto que se encuentra a una hora vehicular de distancia, del villorrio que es un punto de referencia geográfico para el protagonista. Nunca los observamos, y georgianos y abjasios se asesinan en la ladera de un río separado por unos cuantos kilómetros de la escena del largometraje: la casa, un camino, y las cosechas fértiles de mandarinas. Una postal bucólica trizada por la violencia.

Y la esperanza arremete en el recuerdo de una nieta emigrada, hermosa, de acuerdo a las instantáneas fotográficas, la nostalgia surge en la evocación del hijo muerto, igualmente, en la recién iniciada guerra civil. Las balas y su fuerza le roban el entorno cercano a Ivo, pero su tranquilidad y su optimismo prevalecen, mágicamente. El foco acaricia la dignidad del hombre, al retratar su rostro noble, carcomido por las penas y las tristezas, en un porvenir que todavía asoma, por increíble que parezca, alcanzable de vivenciarse en un futuro hipotético.

Sin grandes ambiciones de interpretaciones históricas e universales (en contraste con el citado Kusturica), el director Zaza Urushadze encamina sus esfuerzos a demostrar que la memoria, y el imaginario de una felicidad perdida, constituyen demasiado para un ser humano. El novelista ruso Fiodor Dostoievski, escribió: “Nada hay más bello y que fortalezca más en la vida que un recuerdo puro”. El cuentista uruguayo Horacio Quiroga, lo cita y repite, en uno de sus maravillosos relatos: en el inolvidable “Una estación de amor”.

La ironía y el sarcasmo no se asoman por “Mandarinas”, pero sí la bondad, la entereza y esa virtud que llaman “sensibilidad”. Una cámara que se arriesga cuando es debido (los planos generales destilan referencias pictóricas), un elenco que recuerda a las cintas teológicas del realizador polaco Krzysztof Kieślowski, y la mirada cinética hacia lo alto, en dirección a la cordillera del Cáucaso, en la exploración y en la pesquisa de una respuesta sino divina, aunque sea “existencial”, consoladora.

El personaje de Ivo, asimismo, apela al soldado (Drogo), que defiende en soledad un fuerte extraviado en la arena, en los mapas, en las cartografías del alma: el guardián de “El desierto de los tártaros” (1976), un filme del italiano Valerio Zurlini, inspirado a su vez, en la novela homónima de su compatriota Dino Buzzati: nadie cantará su gesta, y el varón longevo, en una resistencia heroica y solitaria, mantiene el bastión de un reino olvidado, y el tiempo avanza, corre, destruye los días, se come las mandarinas, y quién sabe, algo sucederá, quizás la nieta regresa a buscarlo, y la guerra concluye, y todo volverá a ser como antes.

 

 

Trailer