Esta es una obra impactante y sobrecogedora: palabras y adjetivos que indican la referencia y el juicio correspondiente a una clase superior de pieza audiovisual. Nominada a seis premios Oscar (incluyendo el galardón a mejor película), el guionista convertido en realizador, Kenneth Lonergan, ha compuesto un filme de primera línea: con actuaciones que fulguran talento interpretativo, un libreto que parece una novela de alta categoría literaria, una banda sonora delicada y reminiscente, una cámara y su fotografía pensada con aires y estilos sostenido en la mayor tradición pictórica estadounidense.
Publicado el 08.02.2017
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“Aquella noche, mientras me disponía a ir a la cama, el manido mantra afloró varias veces a mis labios. Como siempre, me llegó sin desearlo y me sentí incómodo, como si hubiera alguien extraño en la habitación escuchando mi letanía: Estoy tan solo”.

Siri Hustvedt, en Elegía para un americano

 

Kenneth Lonergan (Nueva York, 1962) es un director con una breve trayectoria como conductor técnico y artístico de un proyecto cinematográfico, aunque el recordable creador de un trío de bellos y grandes títulos fílmicos, del séptimo arte norteamericano y contemporáneo: “Puedes contar conmigo” (2000), “Margaret” (2011), y ahora de “Manchester junto al mar” (“Manchester by the Sea”, 2016). Esta última, protagonizada por un Casey Affleck, quizás en la mejor presentación de su carrera profesional, y por el debut de un seguro y asombroso Lucas Hedges.

Se escucha música perteneciente a los genios creadores de George Frideric Handel, y de Jules Massenet (un aria de la ópera “Chérubin”), y también vibran en el aire, el timbre inconfundible de Ella Fitzgerald: el “soundtrack” de esta cinta conspira a fin de producir un prendamiento estético de grata belleza y de añoranza, de evocación; y de estimular la creencia personal y colectiva de que contemplamos un filme hermoso, sobrecogedor y de una categoría superior y trascendente en fama, prestigio y permanencia de posteridad artística. Agreguen a esta banda sonora los nombres de Ray Charles, de Albert King y de Bob Dylan: la respuesta sopla en las canciones, diría un amigo mío.

Filmada en el nevado y frío estado nororiental de Massachusetts, la cámara de Kenneth Lonergan postula una estética audiovisual de la pérdida, el despojo, y por contradictorio que se lea, una meditación cinética, asimismo, en torno a la esperanza. La imposibilidad de superar ciertas coyunturas emocionales, situaciones afectivas, desmembramientos filiales, rupturas amorosas, fracasos y perspectiva amputadas, panoramas truncos; el lente del autor se adentra en nudos argumentales feroces y latentes en su hondura dramática, mediantes las técnicas de un audaz, sorpresivo y loable plan de montaje, que requiere de continuos y extraordinariamente y bien insertados “raccontos” o “flashbacks”, con el objetivo de expresarse, de manifestarse en la esencia literaria y profunda de sus propósitos: el director es un soberbio libretista y escritor, sin ir demasiado lejos.

Casey Affleck (aquí como Lee Chandler) disputa el Oscar al mejor actor protagónico por su participación en “Manchester junto al mar”. Pasmado, silencioso, incapaz de balbucear, de pensar y de sentir algo, mientras mira el horizonte y busca una explicación, auscultando el Atlántico y a sí mismo, la personificación efectuada por el mencionado intérprete, decíamos, se encuentra plena de sensibilidad y de una versatilidad para recrear un sentimiento de dolor, de culpa, en un elogio a la memoria, por una reminiscencia de aquello que tuvimos, acerca de los seres y sentimientos extraviados, un salmo, en una oda a “todo cuanto amé”, robándole el título, de una excepcional novela suya, a nuestra admirada Siri Hustvedt, la esposa del escritor Paul Auster.

Estéticas y lenguajes varios confluyen en el tercer largometraje de ficción de Kenneth Lonergan: el fervor por lo mínimo y cotidiano del “Nuevo Hollywood” (como se llama al cine de culto y de autor producido en los Estados Unidos durante las décadas de 1960 y de 1970), y a esas piezas ambiciosas, desmesuradas, proustianas, “powellianas” (por el narrador Anthony Powell), desbordadas, en cuanto a síntesis, silencio y maridaje de la pequeñez e intimidad de lo urbano, filmadas por el foco del británico Mike Leigh. Para qué decir de los esbozos y técnicas documentalistas pertenecientes al Neorrealismo italiano que se atestiguan en los planos detenidos, persistentes, indagadores, penetrantes, intrusos, “científicos”, y secuenciales, palpables en la poética audiovisual de esta película.

Una cámara rebosante de sensibilidad, agua salada y atardeceres, que en su encuadre apela a la debilidad pictográfica clara y manifiesta de los realizadores norteamericanos de mayor talento artístico: a la Escuela Ashcan (en cuanto a los temas), y a Edward Hopper (por el uso del factor lumínico y la desolación, que inspiran a su arte compositivo). No obstante, en las “tomas” de “Manchester…”, quizás por la cercanía del mar, se aprecia una ideologización y debate siempre presente en torno al despliegue y a la preferencia por filmar bajo los principios de una luz clara, radiante, transparente, propia de un cielo sin nubes, gobernado por el impotente y majestuoso sol de un invierno, que excede a las posibilidades del viento y del termómetro. Cotidianeidad violenta, ruralidad y contexto de una clase obrera que a punta de sudor y de calefacción, de alcohol, de drogas y de cerveza, aspira a comodidades que sus equivalentes del pasado, ni siquiera soñaron.

La vida en comunidad, entonces, en ese pueblo marítimo, campestre, sosegado y parsimonioso, se respira al interior de casas, habitaciones, sobre la barra de los bares, en pistas de estadios donde se practica el hockey sobre hielo. El espacio aparece corrompido por el contraste entre la noche oscura y el aliento traslúcido de ese astro diurno y Atlántico, sojuzgado por la inclemencia del hielo septentrional. Y la familia es un núcleo de la desorganización, el infanticidio, los accidentes delirantes y evitables, el ambiente donde ocurren los quiebres impredecibles, radicales, que arruinan y postran existencias y biografías humanas para siempre.

¿Es posible reconstruir el alma, las pasiones trizadas, las ilusiones fallecidas, muertas, alzar a los espíritus rotos y fracturados? La respuesta de este largometraje “metafísico”, exhibe al átomo fundamental y antropológico de la sociedad (la familia, según se anotaba), en los parámetros y sumario de lo que no funciona, dentro de una retórica discursiva, estética y afectiva, propia de las enfermedades crónicas, coronarias y costumbristas (el alcoholismo). En esa dinámica de vinculación y de relaciones primarias, el misterio de lo femenino, la practicidad y capacidad de una mujer (superior al coraje masculino en ese talante), de adaptarse a específicas tragedias, reúnen su figura y abstracción audiovisual, en el rol extraordinario que aborda la actriz Michelle Williams (en el papel de Randi Chandler, la esposa del callado Lee): “Te amo, pero no puedo vivir contigo”, y se resumen y explican la trama de una novela, de una película como ésta.

“Manchester junto al mar”, así, desafía con valentía la encrucijada del abandono, mediante la pulcritud y la belleza de una cámara, que inmortaliza escenas de intensa humanidad y sensibilidad, que cuestionan en códigos de interpretación dramática, la dualidad y la magnitud de las atracciones y fijaciones eróticas, el tormento y el olvido que subyace como sangre y razón de la impunidad, un lente que se pregunta por el magnetismo, por los preceptos y la “irracionalidad” con sentido y direccionalidad, del azar y de la ocurrencia de los hechos y acontecimientos, que inciden en el discurrir de un conjunto de trayectorias anónimas, reales, jadeada por seres de cuerpos y biologías viles y sublimes.

La actuación de joven Lucas Hedges, como Patrick: ingenuidad, candidez y desenvoltura ante una orfandad total, propiciada por la ausencia de los padres, empero consolada por el amor incondicional de las mujeres. También compite por el Oscar para la mejor interpretación secundaria.