Vencedora por sobre la favorita “La La Land”, en el trofeo destinado a la mejor película del año pasado, el filme del director estadounidense Barry Jenkins, expande una batería de recursos audiovisuales que referencian a un trío de maestros de la cinematografía contemporánea: a Pedro Almodóvar, a Paul Thomas Anderson, y al niño genio y terrible, Xavier Dolan. Se deben buscar las razones del triunfo de este título en su propuesta estética y en la vitalidad de su cámara, en el argumento dramático de su relato, y en la bella sugestión que provocan las pistas de su apropiada y delicada banda sonora, pues se trata de un “hito” artístico que perdurará.
Publicado el 01.03.2017
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“Era libre para vivir sus fantasías personales, libre hasta para morir, el cómo y el cuándo de lo cual no le merecía el menor interés. Por aquellas fechas era auténticamente libre. Abandonado sobre un montón de chatarra por su madre, rechazado por su padre a cambio de una partida de dados, no tenía nada más que perder. Estaba solo con su propia conciencia y sus apetitos, y éstos eran lo único que le importaba”.

Toni Morrison, en Ojos azules

 

El triunfo de “Luz de luna” (“Moonlight”, 2016) durante el último fin de semana, en el show anual, espectacular, del Teatro Dolby, de Los Ángeles, se haya fuera de discusión: principalmente porque su calidad netamente audiovisual y cinematográfica, superaba con creces a cualquiera de sus competidoras. Si alguien desea apreciar cómo se debe rodar la intimidad caleidoscópica y fantástica de una vida humana anónima, debe analizar los fotogramas de esta cinta. Además, saludamos la aparición de un nuevo realizador en la órbita de los grandes creadores audiovisuales de esta época: una reverencia, por favor, al treintañero Barry Jenkins (Miami, 1979).

Por de pronto, la cámara de este autor referencia a tres rúbricas del cine actual: al español Pedro Almodóvar, al estadounidense Paul Thomas Anderson y al franco canadiense Xavier Dolan. El protagonista es retratado en diferentes etapas de su biografía esencial, durante la niñez, la adolescencia, y en sus días de adulto joven. La música le acompaña y le conforta, mientras se desarrollan las peripecias que le marcan y le definen. El lente registra un juego de “soccer” en un césped de Miami, con muchachos que corren, se entregan un par de pases, se reprochan las ocasiones de gol extraviadas, y una pista de partituras líricas, amortiguan los golpes, embellecen las caídas, las agresiones, la insensibilidad, de los entusiastas y ocasionales jugadores. El foco se mueve en esa dinámica del esfuerzo físico con soltura y prestancia: se develan las estrategias de una cámara en mano, y la aspiración de grabar el instante, la secuencia, como si se tratasen de revelar la óptica y los ojos de un ser humano que observan, que disfrutan, de las acrobacias técnicas de esa “pichanga”.

Otra prueba de la inteligencia y el talento de ese plan de arte audiovisual: Chiron, el protagonista (interpretado por un triplete de actores distintos, en consecuencia a esos saltos temporales en la estructura diegética del filme), esmirriado, flacuchento, temeroso, miedoso, descubre con los sentidos y los músculos de su cuerpo el impacto del mar, los besos del agua, las caricias de las olas. Y esas sensaciones pueden tocarse, olerse, en la fragancia de una estética del olfato, de la piel que se eriza, casta, en el registro y en la novedad del tacto, del cariño focalizado desde otra humanidad, o bien en la inocencia, en la profundidad, que adquieren ante nosotros, las fuerzas y la franqueza de los constituyentes y elementos de la naturaleza, tales como son la luz de los astros, el líquido del océano, los labios y la boca, las manos de otra persona.

La cultura afroamericana del sur de la costa este de los Estados Unidos se advierte en la aceptación de una segregación espontánea, instantánea: se percibe sólo la presencia de actores de color en el conjunto de las secuencias (salvo, en los roles correspondientes a los agentes policiales), en la retórica de un racismo y de una separación social y urbana, aceptada en cuanto a la realización de una única y total posibilidad de libertad personal, y en postrera instancia, existencial. Esas escenas de encuentros truncos (diálogos cerebrales de un régimen de montaje), breves, inalcanzables en su felicidad, hechos en base ilusiones absurdas, en fantasías de comunión amorosa y erótica casi poética, recuerdan, asimismo al cineasta chino Kar-Wai Wong, el creador de la imperecedera “Con ánimo de amar” (“In the Mood for Love”, 2000). Música, gestos, pequeños equívocos sin importancia.

Una plasticidad de la nocturnidad, con aires de estilo “kitsch” que prosperan en un discurso de la sexualidad en cuanto faceta idealizada, en la mentalidad y en el imaginario, de una afectividad educada por la soledad, por la insuficiencia en todo plano de cosas, y por la inadaptación de una familia monoparental, cuya única figura y patrón visible, equivalen a una madre promiscua, depresiva y drogadicta. No hay demasiada pobreza habitacional, es verdad, pero sí violencia desmedida: la propinada por semejantes de la misma edad, y una sociabilidad juvenil y educacional, que colinda con la psicopatía, la brutalidad y la sociología de lo delictual.

La ausencia del padre, del émbolo masculino de un núcleo familiar, nuevamente, une a  Barry Jenkins con las filmografías de Almodóvar y de Dolan, en el sentido de una trama argumental que sitúa a la inubicación, a la inexistencia de ese “papá” -y el contraste de la presencia descomunal de un factor de autoridad femenina al interior de esa médula filial-, en el síntoma de una sexualidad indefinida, experimentada de una manera tortuosa, y que se conduce por más de una direccionalidad de gustos, de sentidos y de centros de fijación.

El mayor acierto dramático notorio en “Luz de luna”, se testimonia en esa síntesis y nudo argumental explotado por su libreto, en la esencia y significado de un tópico literario: la ternura vivida y dilatada en un espacio de marginalidad psíquica y absolutamente carente, en cuanto a los ejemplos y modelos a seguir sobre ese aprendizaje tan importante para el derrotero de cualquier ser humano, que es el tiempo, maduración y verificación, tanto espiritual como física, de nuestro sentimientos.

Atmósfera de agobio, y de un malestar lacerante, expresado mediante los sueños y la cartografía de lo onírico. El escape físico y emocional a través de un viaje, la venganza por una golpiza recibida a traición, la rebelión ante la opresión y los abusos infringidos. Y el recuerdo de un instante, de un momento de comunión, que abrió la puerta hacia ese camino y avenida, que conducen a la libertad, a la imaginación de un escenario permisible, en la superación de los obstáculos, de los traumas, y en el consuelo que proporcionan el hallazgo de la seducción, de la belleza, la visión lejana del amor, la amnesia y el olvido de la muerte, la subversión de la finitud.

Sonidos corales, los boleros, el blues, una canción pronunciada en castellano -soundtrack central del largometraje “Hable con ella” (2002), de Pedro Almodóvar-, y ciertos problemas, vacíos, hechos inconexos, que pudiesen evidenciar este guión, se subsanan con la alteridad de un tono oscuro y azulado, celeste (por su irrealidad), y que para Barry Jenkins reflejan una metafísica de carácter audiovisual; en esa rebelión que sólo se alimenta de lo inesperado, gracias a un llamado telefónico, por ejemplo, que responde a lo ausculto y latido, de un pensamiento sincronístico. Y después, en la realización de un desplazamiento telúrico, terrestre, vehicular, que tiene como punto y localización de destino, la búsqueda, la interrogación, la confesión de una respuesta.

Y en un abrazo, en la comprensión de un anhelo, en la identificación de un trastorno propio en el dolor de otro, en la generosidad de una mano, se reducen y alivianan, lo que el poeta peruano César Vallejo, definió valiéndose de los siguientes versos: “Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé! / Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, / la resaca de todo lo sufrido / se empozara en el alma… ¡Yo no sé!”. Pero se resuelven, se compensan, se matan, se asesinan. Siempre se puede.

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