La relación viciosa con celular, el facilismo de la abusada tecla delete o las solicitudes de recetas de Viagra fueron para el imprescindible Zygmunt Bauman (1925-2017) símbolos de la falta de compromiso del hombre moderno.
Publicado el 10.01.2017
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La gracia del sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman, fallecido ayer a los 91 años, fue la claridad para explicar lo que a diario se nos presenta de un modo caótico y difuso. Modernidad, consumismo y globalización son los temas que desarrolló con fijeza. Clave fue su obra Amor líquido que escribió a los 78 años con notable lucidez en su lucha por mantenerse vigente. No se le escaparon ni los símbolos (el uso de la tecla delete como ejemplo de lo fugaz) ni las costumbres posmodernas (la compulsión por el chat) para dar cuerpo a su impresión del mundo actual.

Bauman nació en Polonia en 1925. Con el creciente antisemitismo la familia, de origen judío, tuvo la visión de huir a Rusia, para regresar poco después del Holocausto. Tras casarse, se inscribió en el Partido Comunista y trabajó durante dos décadas en la Universidad de Varsovia. En los setenta, después de un par de años en la Universidad de Tel-Aviv, se trasladó a Leeds donde vivió junto su mujer, también sobreviviente del Holocausto, hasta que ésta falleció en 2009.

Una de sus tesis más conocidas se encuentra en su libro Modernidad y Holocausto donde señala que para que el Holocausto se llevara a cabo no bastaba la crueldad de los verdugos, sino que fueron necesarios elementos propios de la modernidad y la burocracia, como la división del trabajo, con la que cada persona pudo hacer su cuota de daño sin saber el resultado final. De ese modo se desprendieron de la responsabilidad moral. A ello contribuyó un lenguaje neutro, aséptico, que permitía adormecer las conciencias y otorgar una sensación de rutina y normalidad. Lo mismo hizo posible la mayor crueldad de todas: lograr la colaboración de las propias víctimas ofreciéndoles siempre, hasta el último momento, la apariencia de una organización racional en la que existían leyes justas y procedimientos con los que podrían salvar con vida.

Conceptos como “modernidad líquida” o “amor líquido” donde el siglo XXI es concebido como una época en la que los vínculos tradicionales se han ido evaporando, son los más retomados de su pensamiento. De las normas racionales se pasó a la seducción de las estrategias vacías de la comunicación. Con el término líquido alude a lo fluido, esa sustancia que no puede mantener una forma a lo largo del tiempo, rasgo de nuestra modernidad entendida como la modernización obsesiva y compulsiva. La disolución de lo sólido conduce a una progresiva emancipación de la economía de sus tradicionales ataduras políticas, éticas y culturales. Para que este poder fluya, el mundo tiene que estar libre de trabas, barreras, fronteras y controles. Desde este punto de vista lo líquido no tiene, para Bauman, necesariamente un sentido negativo sino un amplio potencial.

La modernidad sólida, como fue concebida al principio, suponía una solución permanente, estable, definitiva a los problemas; es decir, existía la ilusión del cambio perfecto. Hoy sabemos, señala, que cualquier gestión acarrea una crisis. Por eso la incertidumbre, la inseguridad y la vulnerabilidad son las sensaciones que dominan al hombre. Ha desaparecido la confianza en uno mismo, en los otros y en la comunidad. En este sentido, el terrorismo y la delincuencia son factores que se han sumado para aumentar esta inseguridad, lo cual ha desencadenado las comunidades tipo gueto; familias encerradas en condominios donde se aíslan y excluyen al resto impidiendo el contacto con realidades que difieren, acrecentando aun más las diferencias. Un círculo vicioso que aumenta el peligro del que huyen.

El sexo y no el amor, la asepsia del Viagra: Dada la incertidumbre en que vivimos, el deseo y no el amor es lo que se quiere satisfacer. Las relaciones son evaluadas en función del costo beneficio, y puesto que el amor es más costoso que la satisfacción del deseo, el hombre se inclina por este último. Una mejor alimentación, la actividad física y medicamentos tales como Viagra contribuyen a extender el tiempo del homo sexualis. El consumo lo permea todo y el deseo es el anhelo de consumir. Lo que se puede consumir atrae, los desechos repelen. Por lo general, la vida útil de los bienes es mayor al uso que se les da, pues el uso sostenido de una cosa hace que pierda la atracción que provocó. Del mismo modo se conduce el hombre con sus vínculos afectivos. Temeroso de ser consumido y luego arrojado a la basura, se esconde tras los muros de su privacidad y procura que nada, ni siquiera el amor, lo altere.

Donde no hay celular es el no lugar: La despersonalización en las comunicaciones, por medio del celular e Internet, está ligada a lo anterior. El celular ha pasado a ser un elemento inseparable de este hombre que no quiere vínculos definitivos. “Usted no va a ninguna parte sin celular”, nos interpela Bauman, “de hecho, ninguna parte es, en realidad, un espacio sin celular, un espacio fuera del área de cobertura del celular, o un celular sin batería. Y una vez que usted tiene su celular, ya nunca está afuera”… “El lugar donde uno esté, lo que esté haciendo, es irrelevante. La diferencia entre un lugar y otro, entre un grupo de personas al alcance de nuestra vista y nuestro tacto y otro que no lo está ha sido cancelada, anulada y vaciada”.
Los chats son mejor que mantener conversaciones cara a cara, pues es un sustituto que me permite estar ahí y salir cuando quiero. Las relaciones de este modo van y vienen, y siempre hay alguien para ahogar el silencio. “La circulación del mensaje es el mensaje, sin que importe el contenido”… “Por medio del chat por Internet, los teléfonos móviles, los mensajes de texto, la introspección es reemplazada por la interacción frenética y frívola que expone nuestros secretos más profundos al lado de nuestra lista de compras…”.
“El que deja de hablar queda fuera, el silencio es igual a la exclusión”. Los hogares ya no son un oasis de intimidad en medio del desierto árido de la despersonalización, los habitantes han cerrado las puertas de sus habitaciones. Con el teléfono celular encendido obtienen una situación menos riesgosa que compartiendo terreno común con los miembros de la familia o los amigos en el ámbito doméstico.

La inmoralidad de lo cool: En nuestros días, cuando algo gusta se dice que “es cool”. El término no puede resultar más adecuado. Literalmente significa fresco, frío, impasible, calmo. Bauman escribe: “Los actos e interacciones de los seres humanos pueden tener muchas características, pero no deben ser cálidos y menos aun permanecer en estado de calidez o apasionamiento; las cosas están bien mientras se mantengan cool”.
La distancia es también algo que ha afectado el contacto con el dolor de los demás. Ya no existe la inmediatez de la presencia. Las personas conocen el sufrimiento mediado, gracias a la televisión, pero pocos tienen acceso a la teleacción. Diariamente contemplamos cómo se hace el mal, cómo se sufre el dolor, pero el desafío que ello representa para nuestros sentimientos morales queda en gran medida sin respuesta.
Con los medios de comunicación se nos ha privado de la excusa más común para la conciencia culpable: el “yo no sabía”. Tal explicación ha pasado a ser “haga lo que haga no servirá de nada”. Bauman rechaza esta excusa: en un mundo globalizado como el nuestro, somos responsables de los demás: “Lo que ocurre es que no sabemos qué significa asumir esa responsabilidad y qué es lo que ello requiere”. Y es optimista en sus conclusiones cuando señala que, aunque es demasiado pronto para prever una forma final de cohabitación humana planetaria, hay una cosa que sí debe postularse: la perspectiva de una comunidad global como horizonte último, así como la responsabilidad compartida del bienestar de los más débiles.
Así es como para Bauman ser cool es una inmoralidad. Comprender el por qué de la incapacidad del hombre actual para establecer relaciones duraderas, con la consecuente angustia, es un alivio. Pero Bauman no  libera a nadie, por el contrario, lo dejó muy claro al remecer a este ser  desvinculado para devolverle las responsabilidades morales de las que intenta sacudirse.

*Esta columna fue publicada originalmente en el sitio http://www.lectambulos.cl/