Las temporadas de conciertos de las mayores agrupaciones clásicas del país, continuaron con la ejecución de sus respectivos programas. El Municipal contó con la visita del maestro chileno Francisco Rettig (quien se encuentra afincado en Colombia), en la conducción de la Filarmónica, mientras que la Sinfónica Nacional tuvo un par de jornadas de ensueño melómano, gracias al violinista sueco Sasha Rozhdestvensky, y al director titular de la agrupación, el ucraniano nacionalizado norteamericano, Leonid Grin. Las citas prosiguen y se renuevan durante los próximos días.
Publicado el 21.03.2017
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“La vida es sencilla para el corazón: late mientras puede. Luego se para”.

Karl Ove Knausgard, en La muerte del padre

Quince años se cumplían desde que el director nacional Francisco Rettig no subía a plantear los lineamientos estéticos de una partitura sobre el proscenio del Teatro Municipal de Santiago: su estilo pausado, ceremonioso y quieto, aunque experto y sabio, quizás no era el más adecuado, sin embargo, con el propósito de expresar la profunda condensación emocional de una pieza como la Sinfonía nº 4 en Mi bemol mayor, “Romántica”, del compositor austríaco Anton Bruckner (una obra difícil, compleja y “pesada” en su densidad musical, por decirlo menos); pero sí poseía de sobra (el maestro chileno) la disposición artística propicia a fin de abordar las bellas y “tranquilas”, “Canciones a los niños muertos” (Kindertotenlieder), del bohemio (por su nacionalidad), Gustav Mahler.

Esta última, una pieza de inolvidable primor y beldad, atravesada de principio a fin en su ejecución, por el timbre sereno, oscuro y masculino, grácil y refulgente, del barítono nacional Patricio Sabaté, un artista que con frecuencia se presenta en los distintos escenarios locales, tanto de las provincias como de la capital. Cinco son las canciones que componen la “Kindertotenlieder”, y la audición del conjunto representa un sutil deleite melódico, impregnado por esos eventos dolorosos que azotaron la biografía del autor austríaco (Mahler), afectado y quebrado por la pérdida de su pequeña hija, en un estado psicológico de melancolía que se exhibe de una manera magistral en el filme “Muerte en Venecia”, (1971), del realizador y régie de ópera italiano, Luchino Visconti, cuyo argumento se inspiró tanto en la novela homónima de Thomas Mann, como en un pasaje vivencial que sacudió los días del citado compositor.

Sabaté interpretó lo que se esperaba de él: correcta modulación del idioma extranjero, y su garganta, distinta, sin duda a la de hace unas temporadas, cumplió acorde a las exigencias de nota y volumen requeridas. Rettig, en tanto, otorgó la consabida calma de sus movimientos a la “actuación” del cantante y regaló su sosegada prestancia al resto de la agrupación Filarmónica: la sección del programa dedicada a Mahler fue lo mejor (en prendamiento estético, y calidad técnica alcanzada por los participantes) del Concierto 2 que organizó y ofreció el Municipal de Santiago.

Luego, se sucedió la puesta en escena de la mencionada Sinfonía nº 4 en Mi bemol mayor, “Romántica”, de Bruckner. Recuerdo que la primera vez que escuché las creaciones de este compositor fue a través de una película de cine (el cuarto movimiento de la Sinfonía nº 5, específicamente): ocurrió en el estreno nacional del espectacular largometraje de ficción “Infiel” (2000), de la actriz y directora sueca Liv Ullman, y cuyo guión estaba escrito por el inmortal Ingmar Bergman. Después, y por esos hechos misteriosos del azar, posteriormente tuve la oportunidad de escuchar sus sombríos y oceánicos acordes en una presentación que tuvo lugar en el contexto de los “Sábado Joven”, esas provechosas instancias para estudiantes secundarios y universitarios pensadas por el Teatro Municipal, y cuyo propósito era acercar a los adolescentes de ese tiempo al mundo musical docto y así formar a las audiencias del futuro.

Adscrito al romanticismo religioso, las obras de Bruckner están impregnadas de una melancolía sinuosa y fría, y quizás, porque fue un organista consumado, era que Ingmar Bergman se sentía tan cercano a él y lo citaba (sonora y constantemente) en sus títulos filmográficos: una culpa que emerge desde el fondo, con el objetivo de paralizar los sentimientos y la sensibilidad de los oyentes, en un torrente caleidoscópico que tendría por finalidad corromper, evaluar, cuestionar las debilidades y las trampas de la fe.

La versión de Francisco Rettig comprendió esa dicotomía (las deudas a Brahms y a Wagner, sin ir más lejos, del creador de la música), pero pasar de Mahler a Bruckner fue una decisión arriesgada, que tanto la orquesta como el maestro enfrentaron con la mejor disposición artística y cometido profesional. La Filarmónica de Santiago respondió al desafío, de alguna forma “contenida”: sin dar pasos en falsos, y pensando en cada uno de sus desplazamientos de volumen y textura, sostenida por la gestualidad y las erudiciones precisas del director chileno.

El Concierto 3 del Municipal de Santiago tendrá lugar este miércoles 22 y jueves 23 de marzo, en el histórico escenario de la calle Agustinas, y se interpretará el siguiente repertorio, dedicado a Wolfgang Amadeus Mozart: sus Vísperas solemnes de confesor en Do mayor, K. 339, y la Gran misa en Do menor, K. 427.

UN STRAVINSKY ESPIRITUAL Y UN BERLIOZ ESPLENDOROSO

La segunda presentación de la Orquesta Sinfónica Nacional de Chile (jornadas del viernes 17 y el sábado 18 de marzo), se perfilan como uno de los mayores días vividos en la órbita musical docta, en lo que va del año. El conjunto perfeccionado por el maestro Leonid Grin emprendió una ruta artística que derivó en minutos que nos llevaron a la felicidad y al placer melómano, en un teatro repleto y que aplaudió de pie durante largos minutos después de transcurridas las funciones.

Todo comenzó con la obertura de la opereta cómica “El murciélago”, de Johann Strauss II: ocho minutos de algarabía estética y sonora, de alegría existencial, y de un júbilo de ritmos, percusiones y vientos. Un buen aperitivo que, Leonid Grin y sus dirigidos nos sirvieron alegres, de memoria, y con el estilo de los grandes: sin titubear, seguros, apuntándole rápido a la esencia, en un sorbo ejecutor, de un escrito popular y maravilloso.

Luego, irrumpió en el escenario el violinista sueco Sasha Rozhdestvensky. Junto a Grin recrearon una pieza musical de variantes inesperadas, neoclásicas, antirrománticas, inclusive, aunque de alta efusividad emocional e interpretativa para los músicos y sus oyentes. Es un privilegio poder escuchar en Chile el Concierto para violín en Re Mayor, del compositor ruso Igor Stravinsky: y entendido de la manera en que lo comprendieron el solista y el maestro Grin. El intérprete principal se adentró en la dura y tamaña labor de transformar en sonidos y expresiones propias las virtuosas ideas que tenía el autor acerca del instrumento, y de las confluencias estéticas que se mezclaron en la gestación de esta pieza: los modelos de Bach y de Schoenberg, sin ir más lejos.

Por eso, los caminos que colindan con una textura que anuncia ciertas atonalidades, en compañía de las exigencias que el intérprete debe resolver apoyándose en su intuición y sobre su talento. El solista sueco se comprobó un artista de una calidad muy por sobre la media, y Grin lo “asesoró” como el ejecutante maduro que es: no sólo le indicó soluciones, sino que también le ayudó a responder a los profundos problemas musicales y técnicos de este concierto, especialmente los que plantearon las Arias I y II (el segundo y el tercer movimientos, respectivamente).

El Capriccio final correspondió a un epílogo que, además de referirse estéticamente a la búsqueda y a cierta confusión artística por la que atravesaba el compositor al momento de escribirlo (1931), termina por diluirse en combinaciones que recuerdan a los maestros del género (violín): a Mendelssohn y a Brahms. Escuchamos un concierto, una oración, y también un lamento musical: por ello es que nos referimos a un Stravinsky espiritual: el de las armonías clásicas, que asimismo interpone disonancias espeluznantes, sorprendentes, abiertas a la discusión crítica y teórica.

Se cerró la presentación con la Sinfonía Fantástica del compositor francés Héctor Berlioz. Brillaron otra vez Grin y su orquesta: en cinco movimientos que apelaron a la grandiosidad interpretativa como forma de expresión. Una partitura romántica en la abundante aceptación del término, que fue ejecutada con el característico toque eslavo del director titular de la agrupación: ciertos pasajes establecieron un diálogo con autores como Pyotr Ilyich Tchaikovsky, por ejemplo.

El manejo de los tiempos, la fuerza singular de las cuerdas y de los vientos, guiadas por Grin con la propiedad que entregan el conocimiento, el ejercicio y las instrucciones de un maestro, nuevamente, y tal como en el primer concierto, permitieron a la Sinfónica Nacional alcanzar cotas sonoras y musicales dignas de una grabación para el recuerdo. Fue un Berlioz en marcha victoriosa, absoluto, evocador de amores que salvan y redimen; pero, también, encarnó la insinuación penetrante de un Stravinsky hacia adentro, en retórica consigo mismo, meditabundo, recogido, casi religioso.

Y la vida es sencilla cuando se tiene la posibilidad de escuchar buena música.

Así, la temporada 2017 de la Orquesta Sinfónica Nacional de Chile, continúa este jueves 23 y viernes 24 de marzo, con su tercera fecha regular en el tradicional Teatro del Ceac, emplazado en plena Plaza Italia, en el corazón neurálgico de la ciudad de Santiago.