“La mujer de la libreta roja” es un salpicón de lugares comunes parisinos, lista para ser llevada al cine como la nueva Amelie, pero está bien equilibrada; Laurain es un escritor hábil y culto.
Publicado el 22.12.2016
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En literatura y cine, Francia produce un cliché tras otro. No se los puede culpar con ese escenario de edificios antiguos, cafés, parques con nombres románticos; y ellos, etéreos, refinados; todo lo que es amor casual, único y auténtico. Puede atosigar un poco tanta delicadeza tipo Amelie. Pero funciona.

Como en La mujer de la libreta roja. Posiblemente Antoine Laurain, cineasta, guionista, más tarde asistente de anticuario, autor de El sombrero de Mitterand, calculó antes de redactarla: ¿qué les gusta a los lectores y quedaría adecuado a París? Y puso a continuación todo lo que le vino a la cabeza para luego salpicarlo en la novela. Ahí están la libreta roja Moleskine, dos gatos con nombres raros, muchas librerías, un librero, una restauradora, una hija rebelde y descarada.

La trama: Laurent, un librero de cuarenta y tantos encuentra una cartera tirada en el basurero y se la lleva a su casa. Quiere devolverla pero antes lo atrapa la lectura de la libreta roja. Se empeña entonces en conocer a la dueña de tan intensos y apasionados pensamientos. Por otro lado, Laure también se verá intrigada por la existencia de este hombre que ha hecho por ella lo que ningún otro y además lo sabe todo.

Hay que decir, sin embargo, que la novela corre, razón para entender que hayan amontonado ejemplares en las librerías. No es un mal regalo de mujer o para un amigo romántico ahora que viene la Navidad. Al menos no tiene diálogos cursis. Y cuenta con logrados momentos, tanto por los razonamientos del autor, que no son obvios, sobre por ejemplo el concepto de “la nostalgia de lo posible”, aquello que pensamos, pudimos vivir y sentimos perdido (variable del remordimiento, escribe), como por las alusiones a escritores franceses. El premio Nobel Patrick Modiano aparece como personaje y le da a la historia un toque de realidad que es muy efectivo porque la sitúa en un tiempo determinado y hace parecer a estos personajes tan maqueteados, el librero, la restauradora, como posibles. Seguramente Laurain no inventó que el escritor de Villa triste se pasea de vez en cuando por un parque y es afable, como queda expuesto en estas páginas. Hay muchas observaciones así, que parecen de un París perfecto pero verídico.

Pero también está esta frase que a lo mejor en francés no suena tan mal: “…los demás hombres habían tenido acceso a su cuerpo, pero jamás habían abierto la puerta de su alma. No porque no lo desearan, era Laure quien se negaba a entregarse”.

 

*Crítica publicada en www.lectambulos.cl