Ganadora de seis Globos de Oro 2017, el segundo largometraje del precoz director Damien Chazelle, el autor de la recordada “Whiplash, música y obsesión”, otra vez se perfila como el creador de una de las piezas favoritas para quedarse con la estatuilla a la mejor película, en los venideros Premios Oscar. Protagonizada por Ryan Gosling y Emma Stone, y rodada en sugerentes ambientaciones de California, la obra transita como una imaginación audiovisual en derredor al jazz, las decisiones que marcan un destino humano, y la naturaleza filosófica del nacimiento y el derrumbe de una pasión.
Publicado el 21.01.2017
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“Y la vida –símbolo de la rueda- se adelantaba a / pasar tempestuosamente haciendo girar la / rueda a velocidad acelerada, como en una / molienda de tiempo, tempestuosa. / Yo solté a mi cautiva y caí de rodillas…”.

Enrique Lihn, en La pieza oscura

La cinta que analizaremos en estas líneas, se encuentra sobrevalorada, demasiado, me parece. Tiene fotogramas hermosos y sublimes, incluye las actuaciones de Ryan Gosling y de la pálida y frágil y elegante Emma Stone, y ambas interpretaciones son para aplaudir y ponerse de pie. La banda sonora es un elemento independiente que respira y danza junto a las secuencias y el trabajo rutilante del elenco. Pero su libreto, aunque haya ganado el reciente Globo de Oro que se entrega en esa categoría específica, hace decrecer la calidad del conjunto, mengua el juicio que se debe a la totalidad y a la firmeza de este edifico estético, artístico y cinematográfico, pretencioso y con sed de triunfo.

El libreto presenta incoherencias y confusiones argumentales, y al relato le cuesta de sobremanera hilar los detalles, las pequeñas minucias, explicar las turbulentas decisiones y reacciones emocionales, que azotan y provocan las fracturas y las separaciones irremediables, suscitadas entre la pareja estelar. Y ese diagnóstico dramático y narrativo, genera que el brillo de ciertos pasajes netamente audiovisuales, desciendan por una evidente dicotomía: planos y tomas “sublimes”, que se expresan en las señas semióticas de unos diálogos y montajes, signados por las letras de un guión de menor categoría, que los artefactos producidos por esa dirección de fotografía.

Damien Chazelle (Rhode Island, 1985) posee magnánimas dosis de talento y de intuición audiovisual, pero tampoco es un niño genio: a la edad que tiene hoy, por ejemplo, el francés Francois Truffaut ya había filmado “Los 400 golpes” (1959), una de las mejores óperas primas que se rodarán nunca jamás. Después del éxito y del triunfo que le reportaron a su creador “Whiplash, música y obsesión” (2014), grabar con el apoyo de los grandes estudios era una situación lógica y una mínima cuestión de tiempo y consecuencia.

Debido a aquello, las diferencias de orden técnico con su primer largometraje resultan claras y evidentes. En ese título inicial, el director apostaba por retratar interiores oscuros con escasos elementos de diseño artístico y de utilería. En esta ocasión, sin embargo, la cámara desde el comienzo se inclina por recorrer autopistas, callejones de inmensos set de grabación, salas de estar de restaurantes, espacios de cafeterías, calzadas, plácidas y tranquilas veredas urbanas.

El foco elige inspeccionar las caras, los rostros, indagar e investigar en las arrugas y señas alrededor de los ojos, de los párpados, con giros y movimientos, bruscos, rápidos, pero elegantes y llenos de sentido audiovisual, en la finalidad de recoger la mirada más global y abarcadora que se desea de una perspectiva de esa peculiarísima realidad diegética, preñada de jazz, de tristeza, de morriña y de añoranza, por sueños truncos y fracturados.

Tomen nota. El inicio del largometraje es un pensamiento estético y narrativo en torno al transcurso del tiempo ficticio. La cámara dialoga, conversa, pestañea, se desplaza, en tanto los automóviles de una concurrida vía urbana permanecen detenidos, mientras sus conductores (los actores), meditan, razonan, piensan en sus preocupaciones cotidianas, se esmeran por dirigirse a los lugares donde continuarán la labor de alcanzar un sitial en la ciudad de los sueños (Los Angeles, California), que todavía conserva su denominación hispana y castellana, castiza. Un procedimiento semejante, utilizó la directora catalana Isabel Coixet, en su festejada “Cosas que nunca te dije” (1996): un murmullo místico y masivo.

De “La La Land” (2016) podría decirse que es la contraparte dramática y simbólica, a fin de mostrar las vísceras de Hollywood, de la “Polvo de estrellas” (2014), de David Cronenberg. Donde en Damien Chazelle se radiografían la lucha por superar obstáculos que semejan insalvables, la creencia y la fe en el amor puro, en la pieza del realizador canadiense, empero, se rastrean lo torcido, y las manipulaciones horripilantes que vincularían a la gente de la industria cinematográfica, más allá del glamour y de la luz enceguecedora de los proyectores de iluminación.

Esta es una película de un inmenso soporte cinético y audiovisual, pero carece, ya lo postulamos, de una estructura dramática, literaria, y argumental, sólida, que mantenga el ímpetu, la fluidez, la coherencia, de una historia tortuosa, con esquinas de miseria, un relato como éste, con la fuerza y la sensibilidad de una fábula de amor nacida entre un hombre y una mujer, en suma. La fotografía, así, aspira a entregarle pasos de baile y de movimiento, a una historia de pasión y de esperanza, que se construye con paradigmas verificables y repetidos, los que sin embargo, y debido a las actuaciones de Gosling y Stone, son transformados, mutados, en declaraciones originales, en juramentos y en promesas parecidas a un rito, a una imagen, a una metáfora, a una invocación al cielo. Mia (Stone), le dice al pianista Sebastian (Gosling): “Te quiero”. Y las estrellas titilan, y por ahí ronda, el paraíso perdido, cuando suave es la noche.

Chazelle queda en deuda con sus intérpretes. Y la desesperanza, o una modalidad del fracaso y del derrumbe de una relación afectiva, es otra de las variantes que ofrece el realizador en este guión de su autoría. Las decisiones, las afinidades electivas que seguimos, más allá y en perjuicio de los sentimientos, en la opción de corrientes rígidas, que se moverían por la conveniencia y por los esquemas, de una reproducción ideológica y constructivista de la realidad amorosa. Pese a que el corazón, o los discernimientos sentimentales, dicten otras localizaciones, el reproche de que la pasión, se encontraría en el lugar sin límites, en esa coordenada que ni siquiera nosotros tenemos pensada como “probable”.

Un montaje de ánimo perfeccionista, que se dibuja con las letras y las palabras de un discurso narrativo flaco, hambriento, débil y desnutrido, sin tanta garra y sustancia, para la gigante y desmesurada ambición que demuestran la composición de esos fotogramas, rodados, cincelados, al ritmo de una canción de  Pyotr Ilyich Tchaikovsky, Giuseppe Verdi, o de Justin Hurwitz (el compositor y el “arreglista” de la mayoría de estas partituras, el encargado del departamento respectivo). Gosling y Stone, mientras, caminan por las calles de Los Angeles, cruzan puentes, se toman de la mano, en una obra en la que convergen diversos géneros dramáticos y audiovisuales, también se abrazan, bailan, conversan, beben y balbucean declaraciones, al borde de la barra de un bar, y en los reflejos provenientes de la luz de la noche, soplan los efluvios de la luna, que tiñen con su huella el color, derivando hacia la magia y lo onírico, de los criterios de esta formidable dirección de cinematografía.

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