A pesar de lo criticado de su bizarro y gratuito desliz sobrenatural, la historia tiene un gran punto al mostrar -sin salir de un elegante y sobrio salón de reuniones- que la mentira, la manipulación y la corrupción están instaladas en la vida de los políticos. Y quizás en la de todos nosotros.
Publicado el 22.08.2017
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El domingo partió Sanfic13 (ver programación completa aquí) y con un estreno que dará que hablar. Se trata de la película argentina “La Cordillera” (presentada este año en el Festival de Cannes) con un tema desafortunadamente oportuno en épocas electorales: la corrupción de los políticos.

Pero no es una cinta clásica de denuncia. Al contrario. A partir de una cumbre de presidentes de América Latina, de lo más protocolar, muestra con soterrada desfachatez cómo el dinero inclina las decisiones. Más viejo que el hilo negro.

Esta “summit” se desarrolla en un conocido centro invernal chileno y nuestra cordillera majestuosa como nunca, preciosa, es el telón de fondo… lo único blanco y puro.

Todos los líderes políticos esconden intereses personales en las negociaciones en torno a la creación de una organización petrolera continental, con Brasil y México encabezando posturas antagónicas. Por suerte, la encantadora presidenta chilena, interpretada por la gran Paulina García, sólo se queda en su rol de anfitriona, alejada al parecer del juego sucio.

En esta trama de muñequeos presidenciales –thriller político- se inserta el presidente argentino Hernán Blanco (Ricardo Darín), que llega atribulado por conflictos con un ex yerno y, por tanto, decide traer a su hija Marina (Dolores Fonzi) para calmar la situación.

Sin embargo, ella se presenta hosca, en una especie de shock emocional, y luego de ser atendida por un psiquiatra que la hipnotiza (Alfredo Castro) la historia se pone más oscura y extraña. Quizás habría sido mejor que el director Santiago Mitre no hubiera optado por historias paralelas… bastaba con el enredo de la cumbre presidencial.

De ahí en más, como dirían los argentinos, todo se pone turbio: pistas de pasados oscuros, deslices sobrenaturales, crisis familiar… hasta que los gringos golpean la mesa y de un suácate se acaba todo. Uno se queda sentado en actitud ¡plop!

A pesar de lo criticado de su bizarro y gratuito desliz sobrenatural, la historia que dirige Santiago Mitre tiene un gran punto al mostrar -sin salir de un elegante y sobrio salón de reuniones- que la mentira, la manipulación y la corrupción están instaladas en la vida de los políticos. Y quizás en la de todos nosotros. Si no, a preguntarle al Frente Amplio, ¡ups! Terrible.

Se las recomiendo.

 

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