El cierre de la temporada lírica 2016 del Municipal de Santiago, marca un final estético e ideológico: lo que viene para el próximo año será, ahora, exclusiva responsabilidad de la actual administración del recinto. Así, la exhibición de la pieza de Héctor Berlioz encarnó ese afán por expresar el sentido de un título operático total, donde interpretación musical y puesta en escena dramática, se acompañaran en equivalencia de talentos y de recursos artísticos. La Filarmónica brilló bajo la batuta de Maximiano Valdés (era su estilo), y la régie a cargo de Ramón López (reiterativa en su propuesta), acompañó dignamente al dulce timbre de la mezzo Ewelina Rakoca-Larcher.
Publicado el 11.11.2016
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“¿Es esto amor? –me pregunté. Y respondí-: No, es soledad”.

Isaac Bashevis Singer, en El certificado

“Un mosaico fragmentario, una estructura aleatoria repleta de los más bellos detalles, pero sin un claro y consciente objetivo”, fue la cita de Hugo Wolf que recogió el crítico Tomás I. Montealegre -en su adelanto para “El Líbero”-, preparándonos para lo que sería la presentación de “La condenación de Fausto”, en el Municipal de la capital metropolitana. La advertencia efectuada por mi colega, distaba de ser casual y gratuita: esta ópera de Berlioz es una delicia del género, aunque un remilgo de temas y de incoherencias argumentales, en el juicio de quien busca una historia dramática coherente y un relato literario ceñido a normas y parámetros ecuánimes de creación musical.

En resumen, esto fue lo que se pudo apreciar, arriba del escenario de la calle Agustinas, durante las primeras semanas de noviembre: un concierto “sentido”, en el nivel interpretativo que demandaba la partitura escrita por el francés (no en vano el maestro chileno Maximiano Valdés Soublette es un experto en la lectura de melodías galas, propias del siglo XIX). La delicadeza y las referencias sonoras de los arreglos de Berlioz -que asumen las florituras y los encantos de unos auténticos sonetos instrumentales-; y la voz de Mefistófeles (personificado por el bajo barítono estadounidense Alfred Walker), también se escuchaba sonora y acertadamente sombría, en las funciones del elenco internacional, intercalada con el dulce timbre, y la facilidad para pensar y reproducir los ornamentos propios de esta obra, exhibidos por la mezzo polaca Ewelina Rakoca-Larcher.

La novedad de este montaje, radicaba en observar lo que ofrecería la versión del régie chileno Ramón López, quien ha gozado de sorprendentes oportunidades en el principal teatro del país, por lo menos desde el año pasado. El desafío era difícil, y su elección difirió de ser errada, aunque sí demasiado retórica, y repetitiva en sus recursos fundamentales.

Valiéndose de técnicas y de efectos cinematográficos, el ex decano de la UC instaló un gran espejo y pantalla en la parte posterior del escenario, a fin de que se apreciaran la vasta perspectiva y amplitud de miradas, dimensiones, y mundos de otras realidades, que permiten la evocación de lo mágico, lo legendario, lo esotérico y lo desconocido (el contacto con el mal, con el diablo, sin ir más lejos). Entonces, tal apertura de visiones (un contraplano en diagonal), posibilitaron dilucidar la correcta y milimétrica ubicación y disposición de los cantantes y actores, arriba del escenario, aproximándonos a una concepto bastante teatral y pleno de resonancias creativas, en la comprensión del papel infinito que cumple lo ficticio, durante la comprensión y la praxis del fenómeno operático.

El problema era que salvo esa inesperada proposición (impensado por los trabajos anteriores del profesor López Cauly), el imaginario de la puesta en escena ofreció la proyección de unas bucólicas acuarelas, y el resto sólo corrió a cuenta de lo que podían efectuar los intérpretes y de las agradables impresiones que derivaban del diseño de vestuario (un elemento que destacó con adjetivos particulares), y que en esta oportunidad estuvo bajo la responsabilidad de la artista chilena Loreto Monsalve. Clásica y audaz (a la vez), la autora entregó un referente cronológico y estético, a una régie que se olvidó de situar a los espectadores en un lugar y en un espacio dramático inequívocos.

Lo demás fue sólo retórica audiovisual, que se renovaba gracias a los movimientos expertos de los cantantes. No quiero decir con esto que la ideologización de Ramón López fuese precaria en su pensamiento alrededor de “La condenación de Fausto”. Pero apostar la totalidad de imaginarios, que contienen cuatro actos y diez cuadros a una sola y singular variable escénica (apoyada por un diseño digital), además de ambicioso, dificulta enormemente cualquier atisbo de manifestar una meditación integral acerca de ese sentimiento transgresor que significa entrar en contacto con el mismísimo demonio, la mayor representación del maligno, conocida por la cultura occidental.

Apuntalaron los fundamentos del montaje, los excelentes y engarzados desplazamientos coreográficos (débito de José Vidal), y la complicidad y la compenetración de diálogo dramático, que existió entre el papel de Margarita (Ewelina Rakoca-Larcher), y el rol de Fausto (abordado por el tenor francés Luca Lombardo). Este último, un superlativo actor de tablas, en desmedro de un cantante de voz cansina, ya agotada por una larga y respetable trayectoria internacional (consignemos que, según el programa, debutó como solista en el lejano año de gracia de 1989).

Alfred Walker y la polaca Rakoca-Larcher fueron los nombres propios de esta ocasión. El primero, situándonos con el potente sonido de sus atributos técnicos, en la frecuencia modulada características de las tinieblas, la seducción, el pecado, y el sacrificio que implican la condenación eterna. Su voz fue sinónimo de una estética musical e interpretativa, coherente con la direccionalidad de conjunto, que demandan el ejercicio del arte lírico, enmarcado en la representación de una ópera.

Otros puntos altos de ejecución artística lo constituyeron el coro (quizás el mejor cuerpo estable del Teatro Municipal, en cuanto a su riqueza, capacidad y ductilidad musical), y el repertorio vocal ofrecido por el bajo-barítono chileno Sergio Gallardo, en su encarnación del personaje de Brander, y por el desempeño que mostró cuando dio cara a las exigentes intervenciones del segundo acto de la pieza, acometidas con llamativo oficio y dominio de la situación.

Un cierre acorde a la línea temática que ha seguido el proscenio de Agustinas, durante sus últimas temporadas líricas. Pensar la maldad desde la trama y la música, en una rebelión escénica contra la frustración y la imposibilidad de conseguir la felicidad humana: representar el anhelo de negarse a padecer la soledad, aunque sea a través de un espejismo, en la culpabilidad y en la ilusión, del amor falso y engañoso.

FOTO: AMANDA TORRES.