El séptimo largometraje de ficción del realizador chileno Pablo Larraín se ha concebido, sin duda, para hacer brillar la estela de su protagonista: a la hermosa y distinguida intérprete de origen israelí. Los pensamientos de la cámara, sus acercamientos, distancias, el excelente libreto de Noah Oppenheim, el trabajo de montaje, los recuerdos, las confesiones, la mirada realista hacia la introspección de la viuda de JFK, parecen coordinados a fin de realzar el talento, la femeneidad, y la estampa artística de la profesional que postula para el Oscar respectivo, el de mejor actriz, y que ya ganó en 2010.
Publicado el 18.02.2017
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“Recuerda que cuando un hombre sale de una habitación, se lo deja todo en ella. Cuando sale una mujer, se lleva todo lo que ha ocurrido allí”.

Alice Munro, en Demasiada felicidad

UNA CÁMARA PROPICIA

Pablo Larraín Matte (Santiago de Chile, 1976) regresa con “Jackie” (2016) a sus mejores estrategias de filmación, esas que le conocimos en sus primeras cintas, y que modificó y mejoró con acierto y audacia en “Neruda” (2016): planos cerrados, frontales, y su contraposición obvia y lógica, en el propósito y aspiración audiovisual de destacar la imagen compleja, profunda, sensible, consciente de su posición social y de su alcurnia, de Jacqueline Lee Bouvier, esa norteamericana que fue un ícono de la moda, la elegancia, la belleza y el “buen” gusto, durante la imperecedera década de 1960.

jackie-7El lente ideologiza acerca de la naturalidad de una mujer en estado de shock, de trance y golpeada, por el histórico, inesperado, artero y conspirador asesinato de su esposo en la rebelde Dallas, en la reaccionaria Texas. El director despliega un plan inteligente: se detiene en los recuerdos anteriores y posteriores de Jackie, en torno al instante del atentado, el que es reproducido de buena manera, en torno a los dos tiros que hirieron mortalmente a “Jack” Kennedy: uno en el cuello, y el restante violento, desollador, encima de la sien. Portman, entonces, especula sobre el hecho que cambió abruptamente su vida en un continuo “flashback”, en un intercalado “racconto”, que se estanca en el momento mismo del magnicidio, en los minutos, horas y días que se suceden hasta el funeral, y encima del tiempo ficticio presente, que se desarrolla durante la entrevista que sostiene apenas una semana después del hecho con un periodista de la revista “Life”, interpretado por Billy Crudup.

La actriz es reclamada al máximo de sus capacidades exegéticas, y se esfuerza por reproducir con credibilidad el acento, el modo de hablar, las muecas, las posturas y la gestualidad corporal, características de la más famosa de las primeras damas estadounidenses. El resultado general es notable, y ese foco tiene como único tema audiovisual las reacciones de Jackie y el retrato de su impotencia al verse despojada de un día para otro, de ese reino de lujo, belleza y aristocracia (tanto artística, mobiliaria, genealógica, como intelectual), que había forjado la esposa del católico e irlandés JFK, en los asépticos salones de la Casa Blanca.

Cuando la cámara sale de los estudios de grabación interiores, volvemos a contemplar un Larraín que semeja a un Terrence Malick, con ganas, voluntad, energía y deseos de volar en sugerentes, logrados y pretenciosos planos secuencias: a contraluz, modificando los ángulos, las medidas longitudinales y físicas del ancho del foco, con el objetivo de crear una atmósfera fotográfica y compositiva distintiva y especial, que el director ya probó en su premiada “El club” (2015), hace justas dos temporadas.

Esa mezcla de estilos (meneos, traslados), visiones técnicas y estéticas de filmación, generan que “Jackie”, luego de “Neruda”, sea la película más ambiciosa audiovisualmente hasta la fecha, por parte de la mente creativa del exitoso realizador chileno.

UN GUIÓN “LITERARIO”

Esta superproducción de capitales e inversionistas norteamericanos, le sirvió a Pablo Larraín para despojarse de la influencia del dramaturgo y libretista nacional, militante y comprometido con un reiterativo discurso político, llamado Guillermo Calderón, quien a mi juicio ha cosechado éxito fuera de nuestras latitudes (acompañó al cineasta en “El club” y “Neruda”) gracias a la culposidad gratuita que siente la intelectualidad europea y estadounidense por cualquier retórica que suene a revolución social, reivindicación de la marginalidad y a extremismo cívico.

Ahora, el narrador literario de “Jackie” es Noah Oppenheim, un escritor consciente de las preocupaciones y virtudes de una estructura dramática coherente y centrada en el personaje y en rol principal de un largometraje, que prescinde de obsesiones, extravagancias y egos perniciosos, que deberían ser omitidos por el autor de un texto conductor y vertebral.

Un guión excelente es sinónimo de un montaje claro, conforme, lúcido y constante en sus definiciones y metas artísticas y conceptuales. El director, sin ir más lejos, incorpora en su relato cinematográfico la recreación actualizada de archivos, registros documentales y televisivos, grabados históricamente al rol protagónico, reiterados y nuevamente concebidos en blanco y negro, ahora, por el espectacular desempeño de Natalie Portman.

La calidad argumental y literaria del liberto, persiguen la definición de Jacqueline en tanto sujeto central de la acción fílmica, motor de la historia cinética, y objeto privilegiado de los encuadres creados y pensados por la cámara. Secuencias notables y memorables hay varias: la Primera Dama conversando con un sacerdote católico, por nombrar; Jackie y la compañía tensa, vulnerable, obsequiosa, atenta, anunciadora del romance que tendrán en un futuro próximo, de su cuñado, Robert “Bobby” Kennedy (en un rol casi perfecto, realista, generoso y derrochador, a cargo del notable  Peter Sarsgaard).

jackie-1Una crisis histórica, crucial, vital, preponderante del siglo XX mundial (vista por un chileno), en un privilegio que pocos creadores nacionales pueden enarbolar y decir en su bitácora: es la demostración del talento y del genio artístico, audiovisual, de Pablo Larraín Matte. Un realizador ambicioso, que no elude indagar en la intimidad psico afectiva, sexual y romántica de la joven y atractiva viuda, quien se pregunta por cómo la mirarán desde ahora en adelante los hombres, que se cuestiona ante un ministro de Dios por los escasos y distantes encuentros que sostenía con su fallecido marido. Sensualidad mustia, torturada, fracasada, culposa por los abortos y los hijos perdidos “¿Me desearán cuándo me observen, lo varones, después de esto?”, se interroga.

Y así como en “Post Mortem” (2010) el autor se atrevía a exhibir la hipotética autopsia al cuerpo suicida del Presidente Salvador Allende, en el Hospital Militar de Santiago, en septiembre de 1973; similar procedimiento cinematográfico, transgresor, novedoso e inaudito, efectúa el artista chileno en esta ocasión, con los restos biológicos del acribillado gobernante norteamericano, nacido en Massachusets, en una sala médica emplazada en la capital del Estado de la Unión.

Noah Oppenheim le ayuda con inteligencia artística y de designios a Pablo Larraín: el personaje, el núcleo y el corazón de la trama, son Jacqueline y la crisis existencial que se desata en ella, posterior al incidente mortuorio y traumático que padece su marido; el cual en ningún caso ocupa un lugar importante en esta ficción audiovisual. El asesinato, ni las motivaciones que tuvieron los posibles conspiradores para apagar la vida del Presidente demócrata, se ubican entre las preocupaciones del escritor y del director. Cámara y guión caminan en un maridaje de diálogo y de sincronía, a fin de enmarcar la condición humana y femenina de una mujer que fue un modelo en su condición universal, para el resto de sus congéneres.

Se trata de una autopsia cinematográfica al fondo de un personaje cuya trascendencia mediática, popular y masiva, marcaron a generaciones de madres, jóvenes y abuelas, y por supuesto al temple de una nación entera, sacudida por un acontecimiento sangriento y criminal.

LA MÚSICA DE LOS INCIDENTES

Otro rasgo aplaudible que atestiguamos de “Neruda”, que se repite en el largometraje que analizamos, deviene de la banda sonora o soundtrack aquí utilizados: concebida por la compositora Mica Levi (la misma que ideó la música de “Under the Skin”, el largometraje del inglés Jonathan Glazer); así, las melodías que en “Jackie” se escuchan, también compiten por el Oscar específico: Best Achievement in Music Written for Motion Pictures, Original Score, así la definen los miembros de la Academia.

El elemento sonoro, en efecto, se equipara a la voz de Portman, y a su acento singular, imitador del original, y biográfico del personaje real, en relación a la gravitancia que tiene en la estética y en la consecución artística de la cinta. Rasgo eminentemente teatral, los acordes y partituras de Levi aumentan, impresionan el suspenso, la tragedia, el impacto, el aroma a muerte, la sensualidad constreñida de una Jacqueline que asume tempranamente el fin de su reinado, de su estela, un cambio, una nueva forma de vida, la caída de un sueño, de un Camelot americano.

Docta, clásica, penetrante, insistente, minimalista, reiterativa, seductora y a ratos agobiante, y de símbolos vanguardistas, qué duda cabe, las armonías creadas por Mica Levi apuntan hacia una sensibilidad y a la estética de un abrupto final, de cara al derrumbe de una ilusión, focalizada en el espíritu, en las raíces sentimentales y esenciales, de una mujer que se sentía, actuaba y era diferente al resto de sus pares, durante una época y de un pasaje perenne de la política estadounidense, en plena arteria central, saturada y conflictiva, de la antigua Guerra Fría.

LA APOLOGÍA (DISEÑO) DEL VESTUARIO

Este es el tercer Oscar por el que compite “Jackie”, gracias a la labor de la francesa Madeline Fontaine, de idéntico desempeño en la recordable “Amelie” (2001), de Jean-Pierre Jeunet: la categoría de Best Achievement in Costume Design. Los vestidos que utiliza Portman, se encuentran dibujados, confeccionados, con la intención de hacer destacar la esencia de la esposa de Kennedy, en cuanto a un ser majestuoso y llamativo en su puesta en escena frente a sí misma y ante quienes la rodeaban. Los modelos de la “costurera” gala semejan la ropa, las faldas de una cantante lírica, los bocetos para adornar la garganta, los ecos y los delirios de una diva de ópera. Aquel es el talanto y la impresión, que se anhela dejar a Portman en la “memorabilia” audiovisual.

jackie-8Los trajes de dos piezas y los sombreros y los velos de Jacqueline, dictaban cátedra y mandatos sobre la moda de su tiempo. Portadas de revistas, diarios, fotogramas de películas, reportes de noticiarios, estaban influenciados por las tendencias con que se arropaba la Primera Dama, la amiga íntima del escritor Truman Capote, la organizadora de conciertos, de recitales de piano y de sonatas para cuerdas en las habitaciones y salones de la centenaria Casa Blanca; afectados, tatuados, inspirados todos, en el carácter y las aspiraciones de una viuda, que persiguió homologar y situar a su asesinado esposo, en un lugar equivalente al del mártir Abraham Lincoln.

El funeral, la procesión por las calles de un Washington inventado, una ciudad de tramoya, una urbe de “cartón”, que lamentablemente se nota a leguas que es la París cercana a la Torre Eiffel, edifica quizás la única falencia, pero importante desliz estético, cinematográfico y estético, detectable en el mayor filme de Pablo Larraín hasta la fecha. Imagínense: donde fracasó el español Luis Buñuel, en la industria a la que el chileno Raúl Ruiz le hizo el quite –igual como le sigue haciendo Almodovar- y en el territorio artístico y laboral en el que el único realizador hispanoparlante triunfador ha sido el mexicano Alejandro González Iñárritu, un santiaguino, el cuarentón Pablo Larraín, despunta como una estrella.

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