Toda información que publicamos en las redes sociales es susceptible de ser revelada. Siempre existirá alguna forma de acceder a lo que ingenuamente suponemos privado. El escándalo de Facebook y Cambridge Analytica es un claro ejemplo, al que se suma la más reciente medida de Trump. Si se aprueba la nueva ley de inmigrantes se exigirá que los postulantes muestren cinco años de historia en las redes sociales antes de permitir su ingreso. Así nuestra “huella digital” puede convertirse en nuestra peor enemiga.
Publicado el 05.04.2018
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El escándalo de Facebook y Cambridge Analytica evidenció cómo la información que compartimos en las redes sociales se utiliza para fines que jamás imaginamos. Tras obtener los datos de más de 50 millones de perfiles CA envió a esta apetecida audiencia antecedentes que buscaban modificar o confirmar su tendencia política en vísperas de las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Todo gracias a una aplicación llamada “This is your digital life”, una plataforma supuestamente investigativa que luego vendió los antecedentes a CA.

La reciente medida de la administración Trump viene a reafirmar lo anterior al exigir como requisito para el ingreso a su territorio que los postulantes entreguen su historial en redes sociales. Pese a la oposición de quienes defienden a rajatabla la privacidad y las libertades civiles, todo indica que no habrá pie atrás. Aunque el proceso resulte cada vez más caro y complejo estas medidas son consideradas de vital importancia para la seguridad nacional.

Nuestra “identidad online” puede cerrarnos o abrirnos puertas. Y los principales responsables no son Mark Zuckerberg ni sus secuaces, sino que nosotros mismos. Nadie nos obliga a publicar lo que publicamos. Lo hacemos libre y espontáneamente. Si bien confiamos en que esta información es privada, no hay contrato que asegure que así sea (y si hubiese uno, éste tampoco impediría que alguien  la “robara”). No existen medidas disciplinarias ni castigos. Confiamos porque queremos confiar. Entregamos datos sin que nadie nos obligue, convirtiéndonos de paso en esclavos de nuestras palabras e imágenes.

Razones hay varias. Muchos argumentarán que en los tiempos actuales es en la red donde interactuamos y nos comunicamos, y que pecamos de excesiva inocencia al no visualizar la borrosa frontera entre la información pública y la privada.  Para algunos expertos lo que se experimenta es un ‘espejismo ontológico’, ya que quién no está en las redes, no existe. Es un espejismo porque obviamente no es necesario tener presencia en Facebook o aplicaciones similares para existir.

Somos lo que informamos en el mundo virtual. Tenemos una egocéntrica urgencia porque nos vean, una necesidad de que el ciberespacio cobije nuestra “identidad digital”. Facebook, Twitter, Linkedin, Instagram, Google+, todas redes sociales en las que debemos “existir” y donde vamos dejando nuestra “huella digital”, pequeños detalles que se suman y construyen un perfil online que escapa a nuestro control y que, sin darnos cuenta, puede convertirse  en nuestro peor enemigo. Un enemigo creado por nosotros mismos.