Vale la pena recordar que esta serie es una obra de ficción y que, hasta donde sabemos, no cuenta con ningún guionista chileno, así que no tenemos a nadie a mano para echarle la culpa por el mal sabor que nos deja esta historia en la boca.
Publicado el 25.03.2016
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La serie House of Cards es un placer culpable para quienes pensábamos que la política es la búsqueda y confrontación de legítimas posiciones para alcanzar el bien común, y nos deja un sabor amargo al comprobar que un “alto servidor público”, por ficticio que sea, va logrando cada uno de sus objetivos mintiendo, manipulando y aplastando a sus adversarios, convirtiendo a sus camaradas más leales en marionetas, y corrompiendo a su mujer, que fue quien financió las primeras campañas con el dinero de su familia, en algún momento remoto, cuando ese debutante llamado Francis Underwood seguramente soñaba con cambiar el mundo y hacer de su país un lugar más justo.

Ver House of Cards es comprobar que la política se fragua en las catacumbas y las cloacas, donde fluyen las pasiones y perversiones más primigenias, y donde los matarifes como el fiel consiglieri Doug Stamper despiezan a sus víctimas, aliados infelices que ya son de ninguna utilidad, como el narco-dependiente Peter Russo, o pusilánimes que se dejan manipular fácilmente, como el Presidente Walker, pues según Underwood, alguien tiene que cumplir el papel del carnicero que destaza de vez en cuando a algún sacrificado para que los ciudadanos de la superficie podamos seguir disfrutando de nuestra pulcra democracia, sin querer enterarnos de que este -el menos malo de los sistemas- requiere de vez en cuando de algún mercenario dispuesto a apretar el gatillo en la oscuridad.

Seguir los diálogos de House of Cards -o leer los pasajes de la novela homónima escrita por el inglés Michael Dobbs-es traer a la memoria tantos autores y personajes literarios que han recorrido con maestría pero descarnadamente los vericuetos y las arrugas del poder, como el traicionero Macbeth de Shakespeare, el cínico Galio de Aguilar Camín, el incontenible chivo de Vargas Llosa, o el lascivo Jack Stanton, el gobernador que protagoniza la novela “Colores Primarios”, que no era otro que el carismático alter ego de un jovencísimo Bill Clinton.

En la cuarta temporada de House of Cards, que se acaba de estrenar, y que está lejanamente inspirada en una trilogía de la BBC, que por cierto se puede ver subtitulada en YouTube, la lucha que afronta Francis Underwood por ganar su primera elección presidencial lo lleva a enfrentarse a su astuta esposa, cansada ya de ocupar un lugar secundario en la Casa Blanca, aburrida de ser una actriz de reparto en la hoguera de las vanidades, convencida de que tiene más agallas y una mente más estratégica que su marido. Es entonces que Underwood debe elegir entre plegarse a los deseos de Claire o arriesgar sus posibilidades de convertirse en el digno sucesor del Presidente Walker.

Hasta ahora, Underwood nunca se ha enfrentado a un enemigo tan poderoso, alguien que guarda bajo siete llaves los despojos de todos sus muertos en el armario. Pues para derrotar al advenedizo candidato del Partido Republicano que le saca tantos cuerpos de ventaja en las encuestas, Underwood debe rendirse ante su aliada y contrincante más inmisericorde. Esta vez el triunfo viene cubierto por un caballo de Troya.

A medida que avanzan ante nuestros ojos los capítulos de esta cuarta temporada y de preferencia se repasan los anteriores, vale la pena recordar que House of Cards es una obra de ficción y que, hasta donde sabemos, no cuenta con ningún guionista chileno, así que no tenemos a nadie a mano para echarle la culpa por el mal sabor que nos deja esta historia en la boca, especialmente a quienes creíamos que la política era una actividad digna, noble y gratificante.

 

Ricardo Leiva, periodista y académico.

House of Cards

Temporadas: 4
Capítulos: 53
Creadores: Beau Willimon
Dónde verla: Netflix
Calificación en IMDb: 9
Trailer: