El polémico y virtuoso Mel Gibson vuelve al ruedo con este filme que disputó hace poco los Globos de Oro, y que tiene más de una posibilidad para competir por los premios de la Academia, en las listas que se definirán durante los próximos días. Drama de iniciación existencial, en el contexto del frente asiático de la Segunda Guerra Mundial, el presente largometraje examina con una cámara pulcra y sobria, y una dirección fotográfica de superproducción, el derrotero vivencial y afectivo del soldado Desmond Doss, y de su desempeño como médico militar y de campaña, pese a su confeso pacifismo.
Publicado el 20.01.2017
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“Esos tipos creen que hay que estar dando / guerra / sin cesar / sólo estoy tomándome / un respiro / cuando por fin apriete el botón / rojo / desearán que volviera / a estar regando los / gladiolos”.

Charles Bukowski, en Guerra sin cesar. Poemas 1981-1984

El actor y director de origen neoyorkino Mel Gibson (1956) es un “genio loco”. Controvertido por sus opiniones políticas y religiosas (adhiere a una vertiente del catolicismo crítica del Concilio Vaticano II), un puñado de profesionales del ambiente Hollywoodense, entre ellos Leonardo Di Caprio, se negó a trabajar con él, hace unos años, debido a sus comentarios acerca de la política mundial, que rozan lo incorrecto y la provocación. Pero en su labor como director, que es la motivación de estas líneas, podemos referirnos a un artista que domina el oficio cinematográfico como pocos en la millonaria industria norteamericana. Y eso basta, y valga la paradoja, por supuesto que “sobra”.

Después de un silencio prolongado (su último filme en calidad de realizador data de 2006), regresa a las carteleras con este curioso drama bélico, titulado “Hasta el último hombre” (“Hacksaw Ridge”, 2016), en un texto argumental basado en la biografía del militar norteamericano Desmond Doss, en su figura y trayectoria, y en su labor como médico militar y de campaña, durante la sangrienta batalla de Okinawa, inserta en los combates del frente oriental de la Segunda Guerra Mundial.

En efecto, la siguiente es una película que calificamos de “correcta”. Su narrativa es lineal, y ascendente en cuanto a la complejidad de la trama, y las soluciones que propone el director, literariamente clásicas y ya “probadas”. La cámara, en tanto, sin ser brillante, cumple su rol de fisgona curiosa y omnímoda, que fabrica fotogramas que destacan por su composición, y por sus tácticas de movimiento circular, y horizontal. Sin duda, que lo mejor al respecto, corresponden a las secuencias que representan propiamente una batalla, y donde Desmond (encarnado por el actor Andrew Garfield), se debate entre su pacifismo a ultranza y la imperiosa necesidad de rescatar y ayudar a sus compañeros heridos por el fuego y la artillería enemigas.

Una religiosidad exacerbada, y la ingenuidad de un muchacho sano y sensible, de agradable apostura, se unen en la figura de Doss, en un filme de guerra atípico, que ocupa gran parte de su tiempo de relato ficticio y diegético, con la finalidad de exhibir el desarrollo de una personalidad de fuertes e inconmovibles convicciones éticas y emocionales, inserta en un escenario de temblores abruptos y violenta movilidad, que obligan a despojarse de ciertas creencias, por lo menos, con el propósito legítimo de sobrevivir y de seguir adelante.

El diseño de arte cumple un rol destacado en esa fracción de la cinta, en que la ambientación pasa a representar el islote pedregoso y terroso de Okinawa. La fotografía replica los cánones de un periodismo de “batalla”: foco en contrapicado, cámara en mano, desplazamientos inesperados, caídas vertiginosas, un lente sometido a los apremios de una granada, de un cañonazo, a la explosión de un mortero, a la ráfaga de una metralleta, al silencio de un viento herido por la muerte y a la tragedia de las balas. Igualmente a los besos fugaces de una enamorada, en el tranvía de una estación de ferrocarril.

Le restan atributos audiovisuales a “Hasta el último hombre”, sin embargo, su fijación para retratar los días iniciales de Desmond, a modo de explicar la fortaleza de sus ideas de abstinencia y su posterior comportamiento en las lides acontecidas sobre la bombardeada isla nipona. Un poco más de la mitad del relato dedicado a esos fines, resulta desproporcionado (como concesión) en cuanto a estrategia de legitimación discursiva y de retórica estética.

Pese a ser un largometraje eminentemente biográfico (el centro es el protagonista), y en ningún caso los avatares adscritos a la batalla de Okinawa, la elección de esa opción le quitan intensidad y atención dramática a la historia: demasiados minutos abordan los años de formación filial y amorosa del joven doctor militar, en estropeo de sus acciones irrestrictamente bélicas y de su cometido como profesional de la sanidad en tan frágil escenario hacia la vida y la tranquilidad de las formas de convivencia.

La música incidental es un acierto. Obra del artista Rupert Gregson-Williams, aportan una ambientación acorde a esas encrucijadas de decisiones y caminos trascendentales, que aquejan al rol principal. Novela de iniciación audiovisual, “Hasta el último hombre” configura una pieza correcta y regular, aunque demasiado discreta para competir por el Oscar para mejor película. Tiene un trasfondo estético e ideológico claro en su enunciación dramática (un logro importante), y la creación de una realidad cinematográfica (la de la isla de Okinawa, en plena conflagración), se expresan de forma satisfactoria y confirmativa del talento específico de Gibson, con el objeto de filmar combates bélicos: el testimonio de “Corazón valiente” (“Braveheart”, 1995), es elocuente a este respecto.

Respetuoso de los rituales y de las ceremonias guerreras del derrotado bando japonés, un magistral fotograma rescata la valentía y el misticismo del sacrificio o “Harakiri” nipón: un ayudante procede a guillotinar la cabeza del oficial a cargo, previa inmolación y auto acuchillamiento en la base del estómago, por parte del primero. En esa línea, “Hasta el último hombre” conforma un cierto “homenaje” al heroísmo de esos soldados, tal como antes efectuaron dicha reverencia cinética, Steven Spielberg (en “El imperio del sol”, de 1987), y Clint Eastwood, y su satinada y melancólica “Cartas desde Iwo Jima” (2006), a los súbditos vencidos de esa milenaria civilización.

La fuerza de las convicciones. Aquel es el tema de esta obra, que sin ser la mayor de su director, equivale a un respaldo de su talento y genio innatos. También ocupan sus planos los motivos del primer amor, y la ayuda de la religión para enfrentar las interrogantes de la existencia, múltiples, confusas, duales, obtusas, en la creencia de que un Dios misericordioso nos acogerá una vez atravesado el río, el puente de la vida, para siempre. Porque a fin de conseguir gestas heroicas, se necesitan la generosidad de lo majestuoso, de lo divino y de lo imperecedero. Y las proezas audiovisuales, conjugan una realidad semejante: un soldado que salva a decenas de sus camaradas, por obstinación, por imposición moral, llámenle como gusten, tiene “la mixtura del aire en la pieza oscura, como si el / cielorraso hubiera amenazado / una vaga llovizna sangrienta”. (Enrique Lihn).