“Happy Valley” apuesta por un discurso profundo e inquietante sobre el sufrimiento íntimo, de la mano de actriz Sarah Lancashire. Una serie que ya está en Netflix y que hay que ver.
Publicado el 10.08.2017
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“Happy Valley” es un drama discreto que parece desdibujarse en medio de la variada oferta televisiva actual. Pero gracias a la magnífica actuación de la actriz Sarah Lancashire y el excepcional personaje que encarna, la serie se convierte en algo más que un show procedimental al uso. Se trata de una apuesta arriesgada que funciona gracias a un inteligentísimo guión pero, sobre todo, la solidez argumental que sustenta la historia y la convierte en una expresión concreta y eficaz sobre la violencia, el temor y la soledad moderna.

No hay manera sencilla de definir a “Happy Valley”, una producción inglesa que estrenó la cadena BBC One en 2014, específicamente por el hecho de encontrarse a la mitad de varios géneros disimiles. Es un drama policíaco, pero también una visión muy cruda sobre el desarraigo moderno, la soledad, el aislamiento y el duelo. Entre ambas cosas, la serie avanza con una franqueza que desconcierta por su solidez, pero también una sensible comprensión sobre los dilemas que atraviesan sus personajes, que la dota de una personalidad única. Sin pretensiones, sin humor, y mucho menos una percepción blanda sobre la tragedia y las angustias existenciales que aborda, “Happy Valley” apuesta por un discurso profundo e inquietante sobre el sufrimiento íntimo. El guión atraviesa los lugares más oscuros y difíciles de la naturaleza humana con una percepción sobre el dolor, el miedo y la violencia, cercana a lo estoico, lo que convierte al guión en una reflexión sostenida sobre la percepción de la identidad y quienes somos más allá de nuestras tragedias.

Con su sobria propuesta, el argumento no sólo aprovecha el escenario de una Yorkshire granítica y hostil sino que además, convierte al contexto en un elemento imprescindible para comprender la trama. Los asesinatos y actos de violencia se perciben como estructuras que nos permiten comprender no sólo a la ciudad como sustrato sino también, la especialísima psicología de sus personajes. Especialmente la de la policía Catherine Cawood (interpretada por Sarah Lancashire) cuya hija se suicidó luego de ser violada. La tragedia devastó a Catherine pero también, la hizo mucho más consciente de los alcances de la violencia, el temor y las implicaciones del crimen. Además, el sufrimiento residual del luto afecta a Catherine a diario: su visión sobre los hechos violentos parece transformarse a medida que la consciencia de su padecimiento privado se hace más evidente y poderoso. No obstante, Catherine se esfuerza en no permitir que el sufrimiento a cuestas influya en el enfoque que tiene de su trabajo. Y es justo esa ambigüedad y contraste lo que brinda al personaje sus mejores momentos. Una comprensión inteligente y meditada sobre la forma como entendemos los dilemas profesionales y personales, pero más allá de eso, el peso de la historia personal que llevamos a cuestas.

Su mayor acierto consiste en el valor agregado de un personaje de enormes graduaciones morales y sobre todo, la sensibilidad como el argumento analiza y profundiza en la percepción de la individualidad como piedra angular de toda propuesta argumental. No sólo se trata de la percepción de la profundidad emocional e intelectual del personaje y cómo influye en la manera como la serie racionaliza la experiencia de la violencia, sino también los intrincados matices que sostienen su forma de percibir la noción sobre el sufrimiento moral. Con su ritmo pausado, bien construido e inteligente manejo del argumento como acto exploratorio, “Happy Valley” es una mirada compleja y bien planteada sobre los terrores culturales invisibles.

La serie consta de dos temporadas (ambas ahora mismo incluidas en Netflix) y entre ambas propuestas, hay un notorio equilibrio de tono y forma que facilita su visión de la historia que cuenta como un todo coherente. Para el espectador, se tratará casi de una experiencia sensorial: “Happy Valley” jamás deja de sorprender y además, asume el carácter simbólico de la historia con cierta filosofía anecdótica. A pesar de la dureza de los tópicos que toca, los personajes jamás rozan el melodrama o lo edulcorado: la reflexión sobre el dolor, el arrepentimiento y la naturaleza humana es comedida, justa y casi siempre realista.

Se trata de un espectáculo curioso sobre la bondad desde una visión moderna — y al contrario, la maldad como tópico — que convierte a los postulados de la serie en una reflexión inagotable sobre el individuo contemporáneo. ¿Por qué actuamos de manera decente? ¿Por qué el crimen puede ser una opción? El equilibrio entre lo utópico y lo venial logra crear un discurso verosímil por momentos conmovedor y siempre efectivo.

Claro que “Happy Valley” es una historia sobre la resistencia estoica y saca mayor partido a sus personajes cuando los despoja de toda vulnerabilidad y los hace avanzar a través de los momentos más complejos y duros con mano sutil. La frugalidad y la firmeza moral son parte de la forma de vida de la ciudad de Yorkshire y mientras que en la primera temporada, apenas se anunciaba la influencia de esa noción sobre la narrativa, en la segunda el impacto es evidente.

El personaje de Catherine pendula entre la noción del bien y el mal hasta encontrar un lugar consistente en su manera de expresar la noción de lo legal y también, de su fino instinto para ejercer la ley sin menospreciar al ser humano que sostiene la regla. Hay todo tipo de subtextos interesantes en “Happy Valley”, tratados con guante de seda y también, asimilados bajo un discurso en apariencia simple. El ritmo de la trama asume los cambios de dirección — desde las conversaciones privadas hasta las investigaciones — y lo hace con una persistente sensación de realismo que se agradece.

La Catherine de Sarah Lancashire es un personaje compasivo y a menudo desinteresado, pero también puede ser brusco, mal hablado y malhumorado. Es un buen policía que también puede cometer errores. Y esa dimensión de la falibilidad es lo que dota a la serie de su inmejorable tono y discurso. No es sólo una visión sobre la policía o la singularidad de los agentes que le representan, sino una interpretación del ser humano en medio de un dilema moral cotidiano.

En la segunda temporada, Catherine sigue luchando con las consecuencias de la muerte de su hija, pero lo hace  de una manera nueva y, sobre todo, con una renovada consciencia que su comprensión del dolor es su mejor arma. La fiereza y mal carácter del personaje crean un original sustrato de la forma en que percibe ese sufrimiento y avanza hacia una percepción de la ley como límite de algo más personal que lo legal. Con una tenaz devoción por su comunidad, Catherine llega a la nueva temporada de “Happy Valley” renovada y convencida del valor de la bondad.

En general, la última temporada de “Happy Valley” continúa explorando con mano firme la naturaleza humana y hace un buen trabajo para transmitir las vicisitudes que atraviesa un policía en una ciudad pequeña. No obstante, su mayor logro consiste en mostrar que todos somos capaces de comprender el valor de la empatía como una forma de comunicación intrínseca pero sobre todo, la percepción del bien y el mal como valores reales. Una renovada visión sobre la esperanza cotidiana.

Aglaia Berlutti es fotógrafa y escritora venezolana. 

“Happy Valley”

Temporadas: 2
Capítulos: 12
Creador:  Sally Wainwright
Dónde verla: Netflix
Calificación en IMDb: 8,5

Tráiler: