Este jueves 27 de octubre, en el Teatro CorpArtes CA660, escuchamos "Ein Deutsches Requiem", de Johannes Brahms. Desde Alemania, llega el conjunto vocal de la capital teutona, junto a la Orquesta L'Arte del Mondo, para entregarnos esta conmovedora composición en siete movimientos. La conducción vocal de Leenaars fue minuciosa y expresiva, alcanzando la humanidad de la pieza. Dedicada más a los viudos que a sus muertos, la obra reside en un optimismo profundo que surge desde la pena de la muerte. Una experiencia memorable que permite acceder a la profundidad del compositor germano y a la belleza de su música.
Publicado el 02.11.2016
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“Su Idea es el divino Nombre que le ha sido entregada forma, Es rezo desmitologizado, librado de magia eficaz”.

Theodor Adorno, en el ensayo On Popular Music

A sala llena, va disminuyendo el barullo del público a medida que entra solemne el numeroso coro y la orquesta. Los artistas no intercambian palabras, se mantienen mirando al frente. Llegan juntos, con un fuerte aplauso, la soprano Anne Bretschneider, el barítono Artem Nesterenko y el conductor Gijs Leenaars. El conjunto no tiene pauta ni partitura, sus ojos sólo ven a Leenaars. Los bajos y los cellos establecen un bajo y pulsante pedal, se mantiene la nota con un corno suave. Bajo y lejano comienza el coro creciendo a una rica textura, los tres acordes ascendientes se convertirán en uno de los más importantes motivos de la partitura entera.

“Selig sind, die da Lied tragen, denn  sie sollen getröstet werden”, bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación (Mateo 5:4). El coro conducido por Leenaars envuelve en su precisión y expresividad. Este réquiem no es litúrgico, encerrado en lo sacro, sino una aproximación a la espiritualidad terrenal. El primer movimiento hace énfasis en los deudos de los muertos. Toda la obra ensaya en la experiencia de la pérdida de los seres queridos, y observa los lugares en los que se encuentra consuelo, como los asuntos del espíritu.

“Toda carne es como la hierba,/ y toda su gloria como la flor de la hierba./ Secase la hierba,/ caese la flor”, “Denn alles Fleisch es ist wie Gras” (1. Pedro 1:24). El movimiento está cargado de un cariz reflexivo sobre la vida afectada por el peso escatológico de la corrupción de la carne. Desde esta aflicción se traza un camino hacia una esperanza en la fe.

Johannes Brahms (1833-1897) compuso este réquiem entre 1861 y 1866, estrenándolo parcialmente en la Catedral de Bremen un viernes santo de 1868, y su versión completa la exhibió en 1869 sobre el escenario de la sala de conciertos Gewandhaus, de Leipzig. La obra se titula Ein Deutches Requiem (un réquiem alemán), el cual no pretende ser nacionalista, sino humano, alejándose del latín. Brahms quiso acercar la naturaleza de la muerte a su experiencia terrenal, al alivio de la misericordia en los textos cristianos y este optimismo en el buen pasar de sus muertos. Se dice que dos sucesos inspiraron al compositor: el fallecimiento de su protector, Robert Schumann (1810-1856), y la pérdida de su adorada madre (1965).

Christiane Jacobsen (Hamburgo, 1975) ha dicho del método de Brahms: “Cuando introduce algún matiz especial, se cerciora antes de si existen precedentes en maestros anteriores. Otra vez el rasgo del pensamiento revolucionario-conservador y de la humildad. Respecto a la utilización de los signos dinámicos previos puede afirmarse que no les da demasiada importancia, solo sabe que le gusta definir con modestia, pero con la mayor exactitud posible”. La línea conservadora o clásica, de Brahms partía del criterio de que la música y no la palabra, debía ser el centro de interés. Sin embargo, en su obra pierde relevancia el viejo dilema de si la música ha de someterse a la palabra o viceversa.

El afamado barítono y ensayista Dietrich Fischer-Diskeau da cuenta de la complementariedad: “Los sonidos se bastan a sí mismos y no necesitan ninguna otra justificación. Y, sin embargo, la melodía emana de la recitación, como si al leer lentamente no pudiese surgir ninguna otra serie de notas”. Refiriéndose a la obra de lieder del autor, esta afirmación se mantiene correcta para este réquiem, especialmente en las arias para el barítono y la soprano.

“Herr, lehre doch mich [dass ein Ende]”, que se traduce como “Señor, hazme conocer mi final”, más en la biblia castellana corresponde a “He aquí, tú has hecho mis días muy breves” (Salmos 39:5-8). La melodía escueta del verso crece hasta una nota prolongada en “Ende”. El barítono Nesterenko no alcanzó la impostación y la expresividad necesarias para esta sección, independiente del balance que Leenaars introdujo para darle protagonismo.

“Wie lieblich sind deine Wohnungen”, “Qué amigables se ven esos tabernáculos” en español. Corresponde a “Anhela mi alma y aun ardientemente desea los atrios del Señor” de la biblia castellana (Salmos 84:2,3,5). Un movimiento coral sobre la adoración terrenal de lo sagrado.

“Ihr habt nun Traurigkeit”, “Por tanto, ahora vosotros tenéis también aflicción; pero yo os veré otra vez, y vuestro corazón se alegrará, y nadie os quitará vuestro gozo” (Juan 16:22). La voz de Cristo es reemplazada por Brahms por una femenina, haciendo del consuelo del texto incluso más penetrante y recordando, quizás, la inspiración del compositor en su madre. La soprano Anne Bretschneider hace una mejor ejecución vocal en este pasaje.

La demostración que entrega el Gran Coro de la Radio bajo la batuta de Leenaars deja una conmovedora sensación de esperanza y de compasión en torno a la muerte. Este conjunto vocal representa excelencia y detalle en su ejecución, permitiéndole alcanzar la expresividad que quiso para su creación, el propio Brahms. Si bien las voces principales no le hacen justicia, son de un buen nivel y hacen posible la empresa de este gran conjunto que recorre el mundo entero con su genio sonoro y talento musical.