La nueva producción de Netflix que estrena este 21 de abril, medita sobre esa percepción de la fama y la ambición basada en la identidad y el reconocimiento inmediato, con una historia comienza en el 2006 en la ciudad de San Francisco, en la que Sophia Amoruso recorre calles y avenidas hasta conseguir el éxito al vender ropa usada.
Publicado el 20.04.2017
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El libro “Girlboss” de Sophia Amoruso causó revuelo desde su publicación en 2014. Se trata de una historia que parecía consagrar la cultura millennial — si es que realmente existe algo semejante, que la misma autora cuestiona — y su ambición, basada en una percepción desmesurada sobre la identidad. Amoruso pasó de la pobreza a la riqueza de la forma más literal. De vestir ropa vieja y usada pasó a ser una de las personalidades más relevantes de Estados Unidos, por vender en Ebay algunas piezas que conseguía en tiendas de segunda mano. Y así estar a la cabeza de una empresa cuyo valor ascendió con casi excesiva rapidez a los 280 millones de dólares. El New York Times calificó a la autora — y su divertida narración — como “la cenicienta de la era tecnológica”. No obstante, nada es lo que parece en esta extraña aproximación a la cultura contemporánea, sus virtudes, privilegios y oscuridades. Como si se tratara del reverso de la moneda, la historia de Amoruso resultó estar a mitad de camino entre la deslumbrante estela del éxito y algo más retorcido.

Es justamente esa ambigüedad lo que convierte a la serie del mismo nombre de la cadena Netflix que se estrena este viernes 21 de abril, en un elemento incómodo en medio de su producción televisiva. Cuando se anunció la producción del show en febrero del 2016, Amoruso era sin duda una estrella por mérito propio. No sólo se trata de una rara mezcla de éxito y carisma, autora de éxito y personalidad pública, sino además, una figura lo suficientemente sólida como para sostener todo el trasfondo juguetón y malicioso del libro que pronto se convertiría, probablemente, en el nuevo éxito de la casa productora. No obstante, de pronto pareció que el brillo de Amoruso declinaba muy pronto: el 9 de noviembre del 2016 su empresa “Nasty Gal” se presentó en bancarrota, al mismo tiempo que la llamada celebridad, trendy por excelencia, dimitía como CEO. Todo al mismo tiempo y sin duda, como una vuelta de tuerca inesperada en una sucesión de acontecimientos que hasta entonces tenían toda la apariencia de un resonante éxito. La serie de Netflix hereda parte de esa distorsión y como si se tratara de un reflejo del desastre venidero, un cierto brillo hiperbólico que intenta mostrar la misma agilidad de la historia original, sin lograrlo.

Por extraño que parezca, los acontecimientos al extrarradio de la historia original no hacen más atractivo el show, aunque reafirman el tono desenfadado e irreverente que quizás es su mayor logro. No obstante, la producción no parece haberse beneficiado del escándalo real y se limita a mirar la historia con cierta miopía intelectual. La serie — con sus cortos y dinámicos capítulos de media hora — tiene un tono ligero que se agradece y que de hecho, brinda a la historia sus mejores momentos. Aun así, padece de la misma blandura del libro y es que en ambos productos, lleva esfuerzo digerir el irreal modelo de éxito que Amoruso muestra con una combinación de malicia, maldad y también, una cómica perspicacia.

Toda la serie medita sobre ese trayecto al estrellato entre lo barato, lo vulgar y las pequeñas trampas aparejadas que llevaron a Amoruso a la cúspide y además, lo hace desde cierto convencimiento de su poder para engañar como una simpática forma de triunfo personal. Por supuesto, es el mismo mensaje del libro — y la base de su éxito — pero en el show televisivo, el resultado no es tan logrado ni tampoco desenfadado como su gemelo en tinta.

“Girlboss” medita sobre esa percepción de la fama y la ambición basada en la identidad y el reconocimiento inmediato tan de nuestra época. La historia comienza en el 2006 en la ciudad de San Francisco, en la que Sophia (interpretada por una maravillosa y brillante Britt Robertson) recorre calles y avenidas huyendo de sus propias desgracias personales. La cámara sigue a la protagonista en tiendas de ropa vintage, bares de moda y pequeñas tribus urbanas . Es muy obvio que la serie intenta mostrar esa sensibilidad estética que Amoruso monetizó y convirtió en su mayor triunfo. Después de todo, la serie es un reflexión sobre el motivo de su triunfo inmediato, la noción sobre el vencer . De pronto, Sophia colma la pantalla, asistimos a su época trash con una sensación de asombro y complicidad. Para el final del primer episodioca, cuando Sophia vende y revende una chaqueta de cuero vintage y obtiene su primer triunfo, es evidente el tono y el ritmo de la serie. Pero no resultan tan claras sus intenciones.

Sophia Amoruso — el personaje — es un héroe a trozos, que no termina de galvanizar su afán y ambición. La energía de Robertson — maníaca, chirriante y abrumadora — sorprende y también sostiene las rápidas escenas coloridas, el guión ágil y los pequeños golpes de efecto que se suceden con tanta frecuencia que por momentos, llegan a resultar fatigosos. A mitad de camino entre el joven adulto y un fastuoso espectáculo adolescente, “Girlboss” no parece encontrar un punto de equilibrio entre el desenfreno y las montañas rusas emocionales que llenan la historia. Y aunque en algunos capítulos resulta efectiva la combinación, en otros avanza y se deshace en arcos argumentales incompletos, más interesados en la risa fácil y el gang humorístico que sostener la trama. El resultado es una combinación efectista y poco congruente, que no termina de definirse a pesar de los buenos intentos de la trama por hacerlo.

Quizás ese es el mayor problema en “Girlboss”: el espectáculo tiene algo de amateur, mal terminado y apresurado. Y aunque podría achacarse esa rapidez incidental a la necesidad de mostrar los extraños giros y traspiés en la vida de Amoruso, el recurso no resulta lo suficientemente creíble. El tono biográfico termina por caer en el tedio, en medio de la batería de colores radiantes y escenas levemente surrealistas. La combinación entusiasma, seduce pero al final, se desploma por no sostenerse de otra cosa que sobre los trepidantes golpes de efectos a través de lo que avanza la trama.

Con todo, la serie termina cumpliendo su objetivo de impresionar, disgustar, divertir y emocionar. Es casi imposible mantenerse indiferente en medio de la evolución deslumbrante de un personaje como Sophia Amoruso, que podrías odiar o amar, pero que jamás te resultará indiferente. En medio del desorden, es ese brillante nihilismo — esa pretensión de mostrar sin juzgar — lo que hace de la serie un espectáculo digno de verse a pesar de sus fallos y momentos bajos.

¿Quién es Sophia Amoruso? La trama no está interesada en revelarlo y lo deja muy claro. Frenética, frustrante pero divertida, la serie tiene una consciencia plena y profunda sobre ese trayecto enloquecido desde el anonimato y una fama rotunda.  Una fast food televisiva que parece rendir homenaje — sin desearlo — a esa percepción disonante y profunda sobre la identidad contemporánea, tan incompleta como sagaz.

Aglaia Berlutti es fotógrafa y escritora venezolana. 

Temporadas: 1
Capítulos: 13
Creador: Kay Cannon
Dónde verla: Netflix