Sentirse distinto y diferente a los demás. Desde ese nudo asombroso, amplio e inverosímil, es que filma su nuevo largometraje de ficción, el célebre Night M. Shyamalan, un director que sorprendió al circuito y a la industria, con sus primeras películas: “El  sexto sentido” (1999) y “El protegido” (2000). Ahora, en una sorprendente continuación del segundo título, el realizador de origen indio subraya sus motivaciones y ambiciones tanto estéticas como audiovisuales: sensibilidad, inteligencia, locura, graves trastornos a la personalidad, que son enmarcadas por una cuidada fotografía, y el universo escenográfico de una ciudad populosa e indiferente.
Publicado el 23.03.2017
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“Sintió su propio destino con tanto patetismo como si fuera el de otro e imaginó vívidamente la estampa de la escena cuando encontraran su cadáver por la mañana. Repasó sus posibilidades mientras le daba vueltas a la blanca con el índice y el pulgar”.

Robert Louis Stevenson, en Más mil y una noches

“Fragmentado” (“Split”, 2016) es una obra que confirma un par de presunciones y juicio fundados: que el escocés James McAvoy, por ejemplo, es un actor para tener muy en cuenta, y que Night M. Shyamalan, asimismo, es un autor que amenaza con idear un mundo, un imaginario audiovisual peculiar y distintivo, y que retorna a su génesis creativo, cuando ya parecía que podía difuminarse o bien perderse en intentos y especulaciones vanas. El cineasta indio recupera su genio y su impronta, apoyándose en primer lugar, en la formidable interpretación del artista británico (McAvoy), y en la entrega y talento escénico de la joven promesa y revelación, la actriz Anya Taylor-Joy.

En Filadelfia, al borde de sus calles, parques y zoológicos, crece el despojo, madura el resentimiento, se cría la destrucción, germinan la insensibilidad y la rutina de un diálogo médico insatisfactorio y menesteroso. Una cámara que apela, en la expresión de esa descripción onírica, a los códigos y lineamientos estéticos y literarios, propios de la ciencia ficción, sin insistir, casi en sordina. Un protagonista que se desdobla en veintitrés personalidades, las que le hacen adquirir características biológicas, físicas, conductuales y psicológicas, en la probable referencia al personaje de una fábula, de un cómic, antes que en la cita al conjunto de atributos semánticos restringidos, de ser humano común y corriente, normal.

Como en la gran mayoría de sus títulos, Shyamalan le proporciona a sus roles, la posibilidad de transformarse, de mutar, de hacer palidecer a la realidad frente a un espejo (el lente), a modo de mostrarnos la precariedad de las formas, y de la complejidad que se esconden al reverso de una mirada, de un rostro, de la fatalidad que subyace en el pasado de una biografía. El sentirse distinto y diferente a los demás, la orfandad, la singularidad (interna, “espiritual”, de razones íntimas), que necesitan para manifestarse, del talento de un intérprete de vuelo mayor y superior: en este caso concreto, debido a las condiciones encarnativas de  James McAvoy (quien encarna a “Dennis” y a su legión de personalidades y demonios mentales).

Los espacios cinematográficos redundan en el encierro y en la multiplicidad indiferente de una ciudad inmensa. Al lado de una caseta, de una oficina, de un hogar, es que ultrajan, maniatan, profanan, asesinan, acarician y besan a la fuerza, y nadie se da cuenta, y la incapacidad de observar, de sentir, y de ponerse en el lugar del otro, se hayan ausentes, se proporcionan inexistentes.

Cámara, montaje y guión, refuerzan sus prerrogativas artísticas en una conjunción y asociaciones de elementos narrativos tradicionales y seguros. El relato es unívoco, y claro, Shyamalan desea llegar a las audiencias masivas, pero también reflexionar acerca de temáticas profundas, y encrucijadas viscerales: la sensibilidad extremas, la inteligencia enmarañada y la locura con tintes delirantes, geniales y asombrosos. Por  eso, el desempeño de McAvoy resulta notable: con una sola herramienta corporal y expresiva (él mismo), debe resolver el dilema, abordar la tarea, de entregar credibilidad, honestidad, sinceridad, y rasgos humanos triviales, reconocibles y universales, a esa veintena de caras, dos decenas de identidades, que atormentan al dolido, ofendido, enfermo y golpeado Dennis.

La animalidad, las áreas circunscritas, lugares sin límites de la opresión, y de los decibeles ficticios de la esquizofrenia: la impureza, y lo cristalino, las frecuencias insondables de la sexualidad, el contacto lúcido y etéreo, enigmático de un beso, la desafección familiar, las carencias sentimentales, el desapego a grupos nucleares y de pertenencias. Las temáticas del director no eluden precipicios ni caídas libres, son los códigos de una ideologización audiovisual impecable y permutable en sus pasos, variables, volúmenes, sinuosidades y centros de atención. La fotografía se detiene en atardeceres ahogados, en el crepúsculo atmosférico y anímico del otoño septentrional.

“Fragmentado”, así, aúna inquietudes mediales y cotidianas de los norteamericanos y de la modernidad industrializada y urbana: el suceso de los secuestros múltiples, y la capacidad que tienen algunos sujetos de transformar ese hecho en una minucia oculta, transparente, invisible para los ojos y la observancia escrutadora de los demás. Psicopatía, el enigma de una mente, lo prodigioso de un pensamiento, la singularidad de una visión, lo incomprensible de un daño gratuito y obsecuente en su fascinación. Un thriller intenso que adeuda a la categoría de su libreto, a la inteligencia de un lente, y al talento en profusiones de su elenco actoral.

La ciudad ausente, como en una cinta de Roman Polanski, o de Hitchcock, o del maestro Welles, o de Michelangelo Antonioni. Un largometraje que combina exigencias de una producción popular y taquillera, con los formatos exclusivos de una filmografía de autor. La emoción, el suspenso, la atención, se mantienen hasta la última secuencia, y se transmiten acontecimientos reveladores, inesperados, sorprendentes, porque la vida, para M. Night Shyamalan es un acertijo de contrariedades, de  miseria, de insultos que dejan huellas, marcas, cicatrices, volcanes de odio, de venganzas, de juramentos y promesas de batallas futuras y expiatorias.

Abusos que se aprecian en silencios, en gestos de ocultamiento, y en rencores feroces, mientras la memoria permanece, y se forjan culpas, se crean enemigos, secretos ancestrales, personales, traumas colectivos e individuales. Gracias a repertorios breves, el director concibe universos y estéticas propias, sólo pensadas y meditadas por él, y donde, ya lo insinuamos, se cruzan los géneros del thriller, el drama de autor, y la más exquisita ciencia ficción, en la estela novelística de un Philip K. Dick, pero aquí en un registro audiovisual, cinematográfico.

Dolores que se reúnen, multitudes que sangran sus penas juntas. El relato enaltece las virtudes del flagelo emocional, de las transgresiones físicas, y la cámara, y la fotografía de esta pieza, les devuelve un sentido y un significados hondos, la pictografía de una pena, las huellas, las manchas de un sentimiento transformado en una imagen, convertida en una idea abstracta, evolucionada en un concepto filosófico, artístico, técnico, formal, cinético.

“Fragmentado” es una radiografía audiovisual, un “grabado” fílmico encima de la cabeza, una copia en movimiento a la materia gris de un lunático extraordinariamente inteligente: y surge la fantasía, la épica de una tristeza urbana, la hondura de una lágrima, la fatalidad de la muerte, el anonimato y la carencia, la luz de la poesía, los gemidos de una multitud, de una legión innumerable de heridas eternas e incuestionables, las infinitas hendiduras que conforman una sonrisa, una caricia.