La nueva entrega del realizador británico Stephen Frears, un creador especialista en concebir filmes de época, retorna a la cartelera santiaguina con esta pieza inspirada en la biografía de una desafortunada cantante lírica norteamericana, que se encuentra ambientada sobre un Nueva York “fabricado” y situado en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial. Con las recordables interpretaciones de Meryl Streep, Hugh Grant y Rebecca Ferguson (¡qué reparto!), se debe mencionar la adecuada música incidental, el tratamiento de los fascinantes tópicos de la melomanía, la naturaleza del amor y su necesidad.
Publicado el 29.12.2016
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“Seguro que nadie imagina cuánto sufrí, lo hondo que caí cuando ella se marchó. No, es imposible que alguien se haga una idea. Porque ni siquiera yo logro recordarlo. ¿Cuánto habré sufrido? ¿Cuánto me dolió el alma?”.

Haruki Murakami, en Hombres sin mujeres

La ciudad de las segundas oportunidades, de cualquier índole o significado, ese es el significado de la Gran Manzana. Más todavía en una película como “Florence” (“Florence Foster Jenkins”, 2016), de una hondura emocional, artística, audiovisual y actoral de otra esfera., de esa área cualitativa que se llama calidad cinematográfica. Por sus desplazamientos narrativos, procedimientos de montaje, diseño escénico y de vestuario, y por la categoría de ese elenco liderado por Meryl Streep y Hugh Grant. Ya sólo por esa virtud, escribir acerca de este largometraje de ficción resulta un privilegio.

Stephen Frears (1941) es un director que sabe expresar estados emocionales difíciles, sutiles y complejos, valiéndose de un relato cinético, mediante referencias teatrales, literarias y musicales. Aquí se mencionan a Jane Austen, a Richard Wagner, a Camille Saint-Saëns, a Ludwig van Beethoven, a Cole Porter. El autor también lo hizo en “Alta fidelidad” (2000) y “Chéri” (2009). Sin ir más lejos: que hasta el momento no haya obtenido un premio Oscar, demuestra lo arbitrario e injusto de los criterios a los que con frecuencia adscribe la Academia norteamericana.

“Florence” presenta estrechas semejanzas con un filme de estreno reciente en la cartelera nacional: “Marguerite” (2015), del francés Xavier Giannoli. En ese título, igualmente, una mujer sufre su soledad y la ausencia de talento vocal, acompañada por el amor frío de quien prescinde de amarla físicamente, ya sea por un impedimento médico o simplemente por una decisión de orden electivo o afectivo. Ante ese dolor, frente a esa desazón y desgracia vital, la pasión musical surge como un salvavidas preciado, insobornable y consolador, aunque la sonoridad sea pésima, pero el “carácter” y el esfuerzo sean de un volumen sanguíneo y poderoso.

Un montaje característico del cine de los años 40 y 50 y un lenguaje y una corporalidad teatrales. Rasgos estéticos con que Frears piensa su película. Así, la manera en que se hilan las diversas escenas de esta obra, además de recordar a la industria de la época, insertan claves de representación televisivas y temporales respectivas (de idéntico período en el desarrollo fotográfico y tecnológico). A ese diagnóstico y estilo de relato audiovisual, se debe añadir una forma de manifestar emociones, estímulos, sensaciones y reflexiones, que los actores asumen con una postura exagerada, en no escasas instancias secuenciales del largometraje. En esa línea de verificación, se hace deber transcribir, que el director participa con frecuencia de los montajes que efectúa el National Theatre de Londres.

Asimismo, “Florence” arguye con claridad conceptual (gracias a la calidad de su elenco interpretativo), una tesis audiovisual elocuente en torno a la esencia de los afectos humanos, las razones y motivos de los gustos sentimentales y sus cariños, los caminos del engaño, el interés y la entrega franca, honesta y sincera. El guión se acopla con lucidez a esas técnicas de engarce notorio, que aplicaba el séptimo arte de la época, a fin de dividir y separar hechos y tramas distintas.

El personaje encarnado por Meryl Streep es maravilloso en cuanto a su profundidad psicológica y existencial. La cantante Florence Foster Jenkins, peca de orfandades, tragedias íntimas y deslealtades. En contraste, observa en su esposo, cierta incondicionalidad recatada y constante. El rol de St Clair Bayfield (Hugh Grant), esconde crueldades, obstaculiza las maledicencias, y en ese trabajo, en aquella táctica de compromiso, también se atestigua un sinuoso y tranquilo cauce de adhesión y de estima, desplegadas con limpieza y moralidad. No obstante, las dobles vidas, las mezquindades y los triángulos amorosos.

El tópico del abandono, entonces, se encuadra en construcciones escénicas de sensibilidad admirable. Meryl Streep, le solicita a su compañero de ocasión, que permanezca junto a ella, recostado a su lado, y el personaje de Hugh Grant la abraza, le acaricia la frente, se acurruca a centímetros de su cuerpo. Son decibeles intensos, notas débiles, acordes sutiles, también, de la pasión erótica (incomprensible), suscitados entre un hombre y una mujer.

La cámara de Frears intercala los interiores y las canchas de golf de los Hamptons (este de Long Island), con una naturalidad digna de inmortalizar en estas sencillas líneas. El Nueva York de “cartón y de mentira, de tramoya” (intervenido por las facilidades digitales de esta hora, sin duda), otorgan su realidad y verdad, en la respuesta y densidad ambiental y de “vida”, de los vientos y el mar que golpean al lente, cuando el plató se traslada a esa plácida geografía, localizada en las afueras de la gran ciudad.

Alexandre Desplat es el encargado de la música incidental, y su inteligencia y sentido particular del “drama” íntimo de esta mujer, en el año de gracia de 1944, impulsan a esa reflexión del amor y la soledad femeninas, que en este título, se relacionan con un concepto del autoengaño y del refugio que brinda la actividad artística, dignas de un tratado psicoanalítico. La vida brinda segundas oportunidades, y en esos giros, las corporalidad de las caricias, se observan desde una posición diferente.

Se puede “querer” a otro y ni siquiera rozarle un pelo, pero cuidarlo, atenderlo en una reciprocidad espiritual y material, igualmente se aprecian como sinuosidades verídicas y respetables, objetos de admiración y de comunión. Sin juzgar ni presumir razones turbias y espurias, cito una frase del escritor argentino Manuel Mujica Lainez, tomada de su novela “El escarabajo” (anoto de memoria): que no existe amor ridículo, y que todo amor sincero es posible. “Florence” transita por esas coordenadas hermenéuticas y cinematográficas, en desmedro de que gran parte de su propuesta parezca fatalmente teatral, y que se haya expuesta como una hermosa farsa, o lo que es peor, bajo el envoltorio de un bello engaño.