La novela pone el acento, al igual que la película La vida es bella, en la ingenuidad y el humor. Por eso Gárdos no expone más que en unas pocas líneas lo que vivieron sus padres en el Holocausto.
Publicado el 12.01.2017
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Fiebre al amanecer es la primera novela de Péter Gárdos, uno de los directores de cine más reconocidos de Hungría. Tiene como punto de partida el centenar de cartas de amor entre sus padres tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Gárdos no se enteró de que era judío hasta los 10 años, a propósito de una pelea en la calle, y no fue hasta la muerte de su padre en 1998 que descubrió el pasado de éste y de su madre en el campo de concentración de Belsen. Que las cartas se mantuvieran escondidas por tanto tiempo es algo que Gárdos no se explica, ya que la historia que revelan es de una pureza, una energía y una fe en la vida que conmueve. Como si el infierno del Holocausto traducido en el milagro de estos supervivientes diera como resultados la esperanza y la fe absolutas, la propia de un niño.

Tras la liberación de Belsen, Miklos (de 25 años), es enviado por la Cruz Roja a Suecia a un campamento de rehabilitación. Sobrevivió al Holocausto pero enfrenta una nueva sentencia de muerte: la tuberculosis. Sin embargo él no le destina tiempo a la enfermedad, piensa que, contra todo pronóstico, volverá a sobrevivir. Mucho menos le preocupa su sonrisa metálica, por ningún momento se imagina que podría espantar al amor de su vida -cosa que ocurrirá-, porque no ve contratiempos, solo avanza en su único propósito que es encontrar a una futura esposa. Así comienza a enviar cartas a 117 jóvenes de distintos hospitales, una de ellas la madre de Gárdos, que es de las pocas en responder.

La novela pone el acento, al igual que la película La vida es bella, en la ingenuidad y el humor. Por eso Gárdos no expone más que en unas pocas líneas lo que vivieron en Belsen. Al hecho de que su padre se dedicara a incinerar los cadáveres durante tres meses concede menos de un párrafo. Lo mismo ocurre con la madre, quien el día de la liberación fue encontrada viva debajo de los cuerpos. Tampoco es algo que contuvieran las cartas. Estando ambos comprometidos únicamente con la vida, quisieron borrar ese pasado. Fue común que sobrevivientes se convirtieran al cristianismo y ocultaran sus raíces por temor a que volviera a sucederles lo mismo. La madre de Gárdos le pide Miklos convertirse al catolicismo y a él, lejos de incomodarle la situación, toma este desafío como propio. Si no es el obispo quien los convierta será el cura, pero un rabino consigue persuadirlo únicamente por conveniencia.

Gárdos partió escribiendo la novela, pese a que pensó primero en una película que ya ha rodado en una coproducción húngaro-sueca-israelí. Es probable que quisiera devolverle el lugar a su padre, quien dejó de escribir poesía para trabajar como periodista de izquierda durante el régimen comunista húngaro. Pero había expresado en vida su proyecto de escribir sobre el viaje en un vagón de carga. Como Jorge Semprún se adelantó con El largo viaje, Gárdos escribió en su lugar esta entrañable historia de amor que ha sido traducida a 36 idiomas.