Un París otoñal, de invierno y triste, acoge el decimoquinto largometraje de ficción del realizador holandés Paul Verhoeven, famoso por títulos como “El libro negro”: así, la capital francesa se erige en un espacio que transgrede la búsqueda del amor atormentado, cuajado de traiciones y altura dramática, para convertirse en el fotograma audiovisual de una urbe donde se extienden disfuncionalidades familiares, secretos incómodos y afectividades truncas. El rol principal justifica el filme por sí mismo. La cinta está en la cartelera de la clásica Sala Normandie hasta la próxima semana.
Publicado el 22.12.2016
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“Ya está. No hay una forma fácil ni delicada de decir esto, así que simplemente te lo diré. Fue tu madre. ¿Ya lo habías adivinado? Supongo que sí. Fue tu madre la que te dejó ciega”.

Jonathan Coe, en La lluvia antes de caer

La idea de una cartografía citadina donde prima la censura emocional angustiante, por momentos con asfixia y falta de aire: semejante a la “Violette” (2013), de Martin Provost, esos calificativos reflejan con sinceridad los atributos artísticos y cinematográficos de la nueva entrega del director tulipán, oriundo de los Países Bajos, y seguidor inconfeso de los creadores galos Francois Truffaut, de Claude Chabrol y del austríaco Michael Haneke.

En este largometraje, eso sí, reina por sobre cualquier otra arista de comprensión, los adjetivos que merece la actuación de Isabelle Huppert: la intérprete nacida en 1953 brilla como en los mejores papeles de su carrera, especialmente los abordados en producciones conducidas por los dos últimos realizadores, mencionados en el párrafo anterior.

Bajo los cánones de una historia de quiebres familiares, y de una intimidad erótica y sentimental partidas, Paul Verhoeven (1938) entrega las señas de una temática analizada desde siempre por el séptimo arte francés. Transgresión amorosa, pérdidas afectivas, distorsión de los orígenes sociales, identitarios, y hasta biológicos. La cámara del holandés es sintética y pulcra, forjada en base a planos que esgrimen una realidad de cuadros teatrales. Exteriores y tomas de estudio que se basan en un sentido del imaginario diegético establecido escénicamente, desde un orden revestido por lo oculto, por lo inadvertido, por lo que ocurre en la soledad de nuestros pensamientos y deseos, odios, recriminaciones y autoengaños.

Michèle Leblanc (el rol de Huppert), es una empresaria exitosa que esconde un pasado filial escabroso, y un presente en idéntico ámbito, que navega por el río de coordenadas afines: un ex esposo con una relación ambigua hacia ella, un hijo “larguirucho y sin ambición”, una madre presa de la desesperación existencial, a puertas de la muerte, y un progenitor encerrado en la cárcel por un crimen atroz, masivo e inexplicable.

La violencia sexual, entonces, surge como un motivo dramático y audiovisual con el propósito de compensar la imposibilidad de hallar el amor verdadero, en tanto y reemplazados por encuentros furtivos, agresivos, lazos adúlteros, en premisas dictadas por el rencor, el dolor, la sed de una pasión jamás avizorada. Verhoeven, así, combina su estrategia de desarrollo escénico (el de una ciudad postrada en recuerdos fatídicos, propios de la literatura del Nobel Patrick Modiano), con el uso de una música incidental que alienta el misterio y la necesidad cinematográfica de delinear un thriller que tribute a los maestros del género.

“Elle” (2016) es una biografía familiar y sus confluencias argumentales verifican la credibilidad de una convicción. La ambientación corre en tanto sinónimo del espesor espiritual de un elenco, que a fuerza de temblores. y espasmos internos, afloran en la necesidad de transformar en uniones valederas, el padecimiento que los acontecimientos y los hechos, nos niegan con holgura. Todos se mienten, aunque sea una quimera pensar en la posibilidad y la emoción de alcanzar el conjunto de las realizaciones que anhelamos.

Una mujer fuerte, autoritaria, victoriosa, triunfante, versus un hijo débil. Un padre homicida y ausente, una madre desbordadamente presente: parejas que huyen ante ese derroche de traumas, peculiaridades y coyunturas abismantes. Silencios, música que agrava una sensación de fatuidad, de hastío vital, de fracaso total. El París de Paul Verhoeven, no es casualidad, asemeja una capital sitiada por expediciones anímicas e invasoras extrañas. Siempre el cielo está nublado, y las aspiraciones de los personajes se confunden con esa variabilidad escénica, pero que también es una opción audiovisual, ya lo dijimos, y por supuesto que un modo de expresar un simbolismo de complejidad espacial y psicológica.

El contexto de este filme resulta una apología al suspenso dramático y a una forma de sentir el rodaje, bajo los parámetros de una obra de teatro capaz de engarzarse con las técnicas de un montaje clásico y arbitrario en su linealidad temporal. Conversaciones que ceden pistas, planos cerrados, primerísimos enfoques, posturas de los actores que otorgan la insinuación de un París mustio, enfermo, marchito, a punto de vomitar, de que el agua y la lluvia, lo arrastren todo. Detención, silencio, la pausa de una idea, la abstracción de una escena, el efluvio de un pensamiento. Las claves de un cine de autor que se atestiguan.

Isabelle Huppert es un portento. Muestra en sus gestos, en la manera como se inclina, dialoga, camina, se detiene, observa y escucha. Las condiciones de una intérprete de un nivel altísimo y superior. Dentro de veinte años, luego de medio siglo, cuando los futuros críticos repitan ejemplos de grandes actrices en la historia del cine, el caso de la artista francesa saldrá a colación rápidamente: su efigie y sus talentos, se acomodan perfectamente con el apellido de “inolvidable”.

Besos que no satisfacen, uniones que distan de cumplirse, amistades que refuerzan una percepción de la inviolabilidad, y de cierta moralidad añorada. “Elle” es un largometraje que desafía la tensión, la concentración en puntos difuminados de la cotidianidad criminal: recreaciones que son asunto de a dos, que irrumpen en el desacato, en una bofetada lasciva, en un grito de excitación que estallan en la manipulación de una cariño auto infringido.