Esta nueva y larga película de Paul Thomas Anderson, trata de la cotidianeidad neurótica y obsesiva de un diseñador de modas en una mansión londinense en los 50.
Publicado el 08.03.2018
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Parafraseando lo que sería un taller de costura, creo que al “El hilo fantasma” le faltó una prueba de vestido y quizás por eso no tiene un calce perfecto. Está llena de buenos elementos, partiendo por el talentosísimo Daniel Day Lewis como Reynolds Woodcock, pero la historia es tan extraña que no aterriza… es como si le faltara un cierre éclair que amarre el guión.

Esta nueva y larga película de Paul Thomas Anderson, trata de la cotidianeidad neurótica y obsesiva de un diseñador de modas en una mansión londinense en los 50, que de tanto vestir a millonarias y aristócratas europeas, ha creado también en torno a sí mismo, un estilo de trabajo/vida casi intocable, al que muy pocos pueden acceder –salvo su staff de costureras perfectas en delantales y guantes blancos- y, menos, participar.

Es idolatrado y temido, especialmente por sus parejas. Se nos presenta ya pasada la cincuentena, cuando aburrido de su amante de turno, acepta las sugerencias de su escalofriante hermana Cyril (Lesley Manville): despedir a la doncella y tomarse unos días fuera de la ciudad para descansar. En este alejamiento, Woodcock cae flechado por la joven y risueña Alma (Vicky Krieps), camarera de un restaurant. Comienza el romance y la obsesión. Desde la primera cita la hace probarse sus vestidos y la convierte en su nueva musa, pero a distancia, callada, sometida. Es cierto cuando dicen que tiene mucho de Hitchcock en su atmósfera. A pesar de lo intolerable de Woodcock, nos conquista con su misterio, su silencio, su elegancia y una banda sonora ad hoc.

Mientras dura una suerte de luna de miel, la genialidad de Reynolds fluye y disfrutamos de desfiles, terciopelos y glamour. Pero Alma es mantenida a raya por la “cuñada”, evitando que moleste a su malcriado hermano, ni con el ruido de enmantequillar una tostada.

Y en este camino de mutuas obsesiones, Alma no está dispuesta a ser una chica más de la que se deshagan fácilmente y decide poner en marcha un plan, no para vengarse, sino para ganar el corazón de su modisto. Tiene éxito y se casan, pero la lucha no termina.

En este laberinto de pasiones narcisistas de un lado y otro, ya no esperamos a que se nos aparezca Audrey Hepburn (como en la primera mitad de la película) para que su dulzura y elegancia calmen los ánimos, a pesar de la genial resistencia a la palabra “chic”. Tampoco da para thriller. Ni romántica historia de amor. Es una mezcla de todo, cansadora a ratos. Paul Thomas Anderson esta vez está alambicado.

En todos los cines. Premio Oscar 2018 a Mejor Vestuario, linda de ver. 130 minutos.